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Ciento cincuenta y cinco años de la muerte de José Jacinto Milanés

Virgilio López Lemus, 14 de noviembre de 2018

Aquel 14 de noviembre de 1863, siete días tras el nacimiento de Julián del Casal (1863-1893), José Jacinto Milanés, ya hundido en los inciertos roces de la locura, se fue del mundo. Había nacido en 1814 en la provinciana Matanzas, que nunca abandonó. Sus poemas "La madrugada" y "Vagos paseos" pudieran ser tomados como antecedentes de los Versos sencillos de José Martí, quien apreció altamente al poeta de "La fuga de la tórtola", su poema más conocido y más antologado.

Con Gertrudis Gómez de Avellaneda, nacida en el mismo año que él, Milanés fue uno de los teatristas cimeros del siglo XIX cubano, y más allá de los límites insulares. Unas quince piezas editadas dejan destacar a El conde Alarcos, o El Mirón cubano. Todas en versos de arte menor, el poeta tuvo una magia peculiar en el ritmo octosilábico, que a veces matizaba con metros mayores o menores, para ofrecer un ritmo propio a sus poemas y obras teatrales. Nunca usó rimas difíciles, su llana palabra batalló con las ideas para expresarlas con altura y a la vez sencillez.

"De codos en el puente" es uno de los más bellos homenajes a su ciudad natal, eligió el verso de doce sílabas para enfatizar, con sus naturales encabalgamientos, el fluir del río San Juan; "San Juan murmurante que corres ligero / llevando tus ondas en grato vaivén". Esa musicalidad del verso la observamos incluso en sus décimas, que son testimonio de criollismo, pero también de la delicadeza como de filigrana, como de tejido decorado que asiste a su poesía. La suite decimista de "Su alma" entraña este buen ejemplo:

Yo podré, cuando a mi anhelo
noble inspiración socorra,
hacer un verso que corra
manso como un arroyuelo.
Puedo en él pintar un cielo
azul, un lago tranquilo,
una selva, fresco asilo
de pajarillos cantores,
sembrando en todo las flores
espléndidas del estilo.

En el drama Un poeta en la corte dejó ver su atenta lectura de los clásicos del Siglo de Oro, y no hay que esforzarse mucho para hallarla aquí:

PEREIRA: Háblame, adorada mía,
De ti, de tu amor, de Dios,
Como si fuéramos dos
A quien la dicha sonría.
Como si fueras mi esposa,
Y en este huerto encantado
Donde hay un cielo azulado,
Brisa fresca, olor a rosa,
Notara yo en tu pupila
Clavada en alguna estrella,
Cuánto es angélica y bella
La mirada que cavila.—
¿No es verdad que es embeleso
Amar con pureza?

Las dos citas nos sirven para notar cómo el romanticismo cubano hace gala del paisaje, de la vida campestre o de la exaltación de la naturaleza, todo lo cual está firmemente arraigado en el lenguaje de Milanés. Él, sin embargo, no es un poeta de lo puro externo, del exterior remarcable, porque su espiritualidad, su íntima vocación expresiva, le llevaron a desdoblarse y ser un fuerte "yo" lírico.

"Triste como el corazón de Milanés", dice José Martí en una crónica de Patria, de 1892. Me gustaría subrayar, más que la evidente tristeza de muchos de sus versos, la agilidad versal de Milanés y la diversidad de estrofas en que movió sus poemas, pasando del soneto al romance, de este a la décima, a la redondilla, cuartetas, sextillos. Mostraba un profundo dominio de las formas métricas tradicionales hispánicas, y una conciencia creativa notable. Él fue un poeta-músico, por lo que los similares del Modernismo no lo habrían de olvidar, aunque Milanés muriese varias décadas antes del esplendor de esa corriente literaria que entre nosotros tuvo dos cumbres, Martí y Casal.

Su modo de cantar al amor muestra la fineza de su espíritu, con cierta inclinación hacia el imposible, hacia el ardor doloroso de un amor inasible, que en "El recuerdo de amor" se hace patente en una nada llevada por la brisa marina, en tanto el amante queda triste: "gime y baña su semblante / en lágrimas de dolor". Una eticidad bondadosa crece en su "El negro alzado", donde subraya la fiereza del mayoral, o en "El esclavo", solidario con el hombre que ha de huir buscando salir del oprobio y la violencia del yugo. Otras veces, Milanés se ata a la belleza agreste para paliar su tristeza: "Ya una errante mariposa / con su matiz me atraía; / ya olvidado me ponía / a contemplar una rosa". O se va con menos tristeza al amor, como en "El beso", poema muy conocido y recitado en todo el siglo XIX.

Claro que Cuba está en sus versos como patria y sitio paradisíaco, así comienza "Un pensamiento": "Rica y hermosa eres, Cuba, / y es bien que yo que te adoro, / entonando un himno de oro / al cielo en tu honor lo suba". Cuánta interpretación acerca de la libertad y de la misma Cuba se ha visto en "La fuga de la tórtola", lo cual ya estaba en su poema igual de 1840, "El nido vacío", con ese simpátrico ritornelo de "¡Ay! Los mis lindos amores / idos son, que yo los vi: / quedóseme el nido aquí".

Triste sí, pero simpática, vibradora, la poesía de José Jacinto Milanés desborda cubanía, vive toda ella en un fulgor de estrella solitaria, es rica ante la agradable lectura y la declamación incluso enfática.

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