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Tanizaki reload

Elaine Vilar Madruga, 20 de noviembre de 2018

Seikichi ha vuelto a la vida. Sus tatuajes se extienden por la piel de este relato. Seikichi disfruta el renacimiento y Anna Castillo se lo concede. Es ella la mujer que habita la historia. Su espalda y su cuerpo se disponen a recibir la marca… pero es preciso advertir que ahora Tanizaki es el tatuador. 

Tanizaki reload. Quienes conozcan la obra de este novelista, cuentista y ensayista japonés sentirán, de inmediato, que las líneas de sentido exploradas en su cuento "Tatuaje (o El tatuador)" son coordinadas claves que Anna Castillo (re)crea a modo de homenaje en su cuento. No es esta una ficción que se sostiene por sí misma, requiere del influjo de Tanizaki para respirar. Un influjo que hereda no solo al protagonista del relato —ya se ha mencionado a Seikichi— sino al hecho primordial que destaca la acción de realizar un tatuaje como centro temático en una y otra historia. La mujer bella y destructora (némesis), el tatuaje imposible, el alma desplegada en la obra son coordenadas que Anna toma de Tanizaki. Incluso podría decirse que ha bebido, también, de cierto nexo lingüístico, ya que su disposición narrativa —la forma en que construye su historia— obedece a una clara influencia del estilo de Tanizaki.

Entonces, es preciso preguntarse, ¿qué es lo nuevo? Realmente poco. Quizás sea meritorio destacar que Anna retoma la historia en un punto del futuro en la vida de Seikichi. Para llegar a este punto utiliza el espacio en blanco que el final abierto del narrador japonés ofreció. La capacidad de fabulación le ha permitido a la autora adentrarse en los terrenos de Tanizaki y mostrar a un Seikichi anciano, que ha renunciado a su vida como tatuador luego de que su última obra le robara parte de su esencia vital. Anna cierra el círculo. Culmina el proceso. Hace que Seikichi se disuelva en su propio dibujo y sea consumido por la hamartía. Cuenta saldada.

Como homenaje, un cuento como este —por otro lado bien narrado— podría funcionar. Sin embargo, es muy fina la frontera que la autora cruza: su objetivo es reciclar el material de Tanizaki como herramienta que le permitirá erigir una obra supuestamente autónoma. A mi criterio, no lo logra. Son demasiadas las líneas de fuga que conectan a este cuento con la obra de Tanizaki (adviértase esta afirmación desde, incluso, la selección del título del relato). Tomar las esencias que otro autor ha desarrollado es tema común en esta guerra de la escritura, siempre y cuando el nuevo relato —la nueva obra— se sostenga por sí mismo y no requiera de muletas para facilitar sus pasos.

Si Tanizaki no existiera, si su cuento no fuera una referencia tan sólida en la narrativa, elementos como los reseñados anteriormente pudieran ser borrados con un pincelazo. Pero no sucede así. La elección del reciclaje del tema y de los elementos narrativos que Anna utiliza no es cuestión afortunada. Repito: es una lástima, porque este relato es interesante y utiliza recursos narrativos que, si bien llanos, resultan atractivos en contexto. Sin embargo, el influjo de Tanizaki es tan fuerte, su presencia es tan viva en el tejido textual de Anna Castillo que la advertencia no puede ser soslayada.

Para el lector resultará, de todos modos, un relato que bien puede disfrutarse. Breve y conciso, recoge en sus páginas diversos motores de obsesión de los creadores: la búsqueda de una obra perfecta, la persecución de los sueños, el cómo un artista puede llegar a ser atrapado por su propio trabajo. Cierto toque espectral, hasta onírico si se quiere, penetra el acto de la realización del tatuaje. Hay belleza en esta narración siempre y cuando se olvide a Tanizaki, a esa referencia que destila sobre la tinta del dibujo.
Esta destilación, sombra y luz, puede ser entendida como la bestia que —en el tatuaje que el Seikichi de Anna proyecta sobre una piel— posee al creador y, de una forma u otra, lo desvanece.

 

 

 

Anna Castillo Seguí (Camagüey, 1988). Poeta, narradora y editora. Licenciada en Estudios Socioculturales y egresada del  Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Miembro de la AHS.

 

 

 

 

 

 

EL TATUAJE
 

                                     a Junichiro Tanizaki

 

Al fin supo cuál era la imagen que había estado buscando. La imagen que simbolizaría su esencia y que quedaría inmortalizada en su cuerpo.
Día tras día, al contemplar el alba y también el ocaso, al iniciar y concluir el año, en los nevados días de enero o bajo el canto de la alondra, esbozaba una y otra hoja de papel para recrear el objeto de su búsqueda. Debía tener precisión en las tonalidades, incluso, más que en las líneas, pues entre la hoja y su piel no había mucha diferencia. Ya comenzaba el invierno a acariciar la primavera y aún nada.
Esa mañana salió al jardín, los últimos rastros del hielo colgaban de los árboles como finas agujas de cristal, la tenue luz del amanecer las atravesaba creando un sinfín de matices. La frialdad de la fecha calaba en sus ideas por lo que no podía pensar con exactitud. Pero de algo sí se había convencido: los colores en los árboles serían los escogidos, rojo y dorado para la bestia, y azul para su aliento. Solo faltaba quien realizara el trabajo.

Iría a buscar a Seikichi. No debía ser ningún otro, a pesar de ser muy viejo ya, el antiguo dibujante era sin dudas el mejor. De inmediato partió en su búsqueda hacia una lejana ciudad en la que alguien dijo haberlo visto. Pero ya no estaba en esa, sino en otra. Volvió a partir. Y una vez más. Hasta que, al fin, lo encontró. El anciano residía en una choza rodeada de bambúes a orillas del río. La vivienda estaba envuelta en una neblina que provenía de las aguas y que parecía no irse nunca.
Medio temerosa se aproximó a la puerta y tocó, esta se entreabrió. Se fue adentrando en la choza. La luz del alba resplandecía en el río y se reflejaba en las largas cortinas que pendían por todas partes. Lo divisó a orillas de las aguas, sentado en la terraza de bambúes.

—Si viene por un tatuaje, la respuesta es no —pronunció sin haber visto a la intrusa—. Ya he realizado la obra de mi vida y casi me llevó a la perdición. Por eso me aventuré tan lejos de mi tierra, huyendo del pasado. Tanto huí que dejé atrás los tiempos. Mi continuo escape ha sido tan riguroso que ni siquiera la muerte ha podido alcanzarme.
—¿Y no estás cansado ya de huir? —la voz, leve y dulce dejó petrificado a Seikichi.
—¿Quién eres? —preguntó temeroso, como si sintiese que el pasado lo encontraba—. ¿La muerte?
—No, no soy la muerte —respondió de entre las cortinas la intrusa—, pero puedo concedértela si lo deseas.
—¿Y qué harás exactamente para conseguirlo? —cuestionó él.
—Yo nada —respondió—, será la bestia quien lo haga.
Desde el sitio donde estaba el viejo no conseguían ver sino una sombra de la intrusa, tras las telas.
—Si estás tratando de confundirme para que te haga un tatuaje, pagarás las consecuencias.
—Le aseguro que no miento.
—Sufrirás de cualquier modo, así que me arriesgaré. Las agujas te harán daño, pero yo me complaceré con tu dolor.
—Eso no importa —replicó, como quien ha estado expuesto al sufrimiento toda una vida.

Sin decir más palabras de entre las cortinas se deslizó la sombra. Tomó las manos del anciano y depositó un dibujo en ellas. Al estar frente a frente, aumentó la convicción de Seikichi para efectuar el trabajo. La sombra tenía una piel más exquisita que la seda.
El tatuador sacó un baúl muy viejo y empolvado donde guardaba sus instrumentos. Mientras los acomodaba la sombra se convirtió en víctima de las agujas. Se colocó de bruces sobre la alfombra dorada de la terraza. El anciano contempló aquel lienzo viviente y el boceto varias veces. Alzó las agujas en el aire y comenzó a grabar. El dibujo era demasiado grande. Supo de inmediato que le tomaría largas horas. Pero igual que la última vez no pararía hasta terminarlo. A cada punción que daba brotaba la sangre, que comenzaba a confundirse con los cabellos de la víctima. "Escogió bien los colores", pensó Seikichi. La escena se había transformado en un ocaso de octubre. El rojo se desbordaba entre el pigmento, la sangre y la llameante cabellera. El dorado, se derramaba por la piel y se unía a la alfombra formando una misma imagen. Recordó un antiguo haiku: Rojo y dorado. / El otoño se alza / entre las hojas. Las garras de la bestia acariciaban la piel que le servía de soporte como si tuviera vida propia. Y a medida que avanzaba el viejo en su labor, la suya parecía consumirse con cada trazo. El enorme dibujo no solo cubría la espalda, sino también el torso. La cabeza de la criatura se situaba en el pecho, justo entre los senos, prominentes y blancos como las montañas nevadas.

Las huesudas manos de Seikichi comenzaron a temblar. Era demasiado viejo. Ella permanecía inerte, ni un leve movimiento ni la más mínima queja. La volteó despacio, pero solo para pedirle perdón, porque ya no le acompañaba la fortaleza para terminar. El día concluía. Su visión tampoco le permitía seguir. Allí, bajo la incipiente luna, el antiguo tatuador se daba por vencido.
La víctima abrió los ojos. Eran tan azules como los mares que rodeaban el Japón. Los rayos lunares refulgieron en la mirada de la intrusa, de la sombra, de la víctima, de la mitológica princesa japonesa de cabellos rojos. A pesar de estar tan lejos, Seikichi se sintió de nuevo en aquella habitación a orillas del océano, donde transcurrieran sus primeros años. Fue inundado por el azul, por la mirada, por el aliento de la bestia, por los mares de su juventud.

—¡Qué si escogió bien los colores! —pronunció en un murmullo.
Alguna clase de poder recorrió su cuerpo. Levantó la aguja y continuó bajo la frialdad lunar. La princesa cerró los ojos. La sangre brotó toda la noche. Y con la primera luz del alba la bestia abrió los suyos. Seikichi quedó moribundo tendido sobre ella, en tanto la fiera se erigía ante la borrosa mirada de su creador. El dragón la tenía entre sus garras. Dos corazones latían ahora en un mismo cuerpo. La cola había cambiado su rumbo original para deslizarse entre las piernas y adentrase en su interior. El dolor comenzó a transformarse en placer. La princesa sudaba. El aliento, antes azul, se volvía fuego. Gemía. La bestia la estaba poseyendo.

Esta era la imagen que simbolizaría su esencia. Y mientras ardía a merced de las llamas, el viejo tatuador se desvanecía entre las líneas del dibujo.


 

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