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Una visita a Chacón y Calvo

Ciro Bianchi Ross, 29 de octubre de 2018

Durante más de treinta años, desde 1936 hasta su fallecimiento en 1969, un erudito cubano, don José María Chacón y Calvo, sufrió en secreto la angustia de creerse culpable indirecto de la muerte de Federico García Lorca. «De no haberse encontrado conmigo aquella noche, me dijo en marzo de 1969, quizás no hubiesen asesinado a Federico». Con voz apagada y triste, aquel hombre solitario y un tanto resignado ya ante la muerte, añadió:

Pocos días antes de la sublevación, Lorca estuvo a verme. Como siempre, fumaba incesantemente, pero contra su costumbre habitual apenas hablaba y lucia como ausente y distraído. En un momento de la conversación expresó: «De buena gana me iría a Granada, pero no dispongo del dinero para el coche-cama. Si lo poseyera saldría para allá enseguida». Aunque sabía que nunca más vería el dinero —Federico jamás pagaba sus deudas— le presté 250 pesetas. Esa noche durmió en mi casa y al día siguiente partió para su ciudad natal. La revuelta se hacía inminente y Lorca no quería que lo sorprendiese en Madrid…

EL ÚLTIMO CABALLERO

Conocí al autor de Las cien mejores poesías cubanas ya al final de su vida. Yo tenía veinte años y él, con 75, era un poco más viejo de lo que yo soy ahora. Era el sexto Conde de Casa Bayona. Católico, conservador, apegado a la tradición, defensor de una ilusoria neutralidad de la cultura. Presidía entonces la Academia Cubana de la Lengua, el Instituto Cubano de Cultura Hispánica y el Ateneo de La Habana, que dejó de existir casi al mismo tiempo que Chacón, y hasta muy poco antes había mantenido una colaboración más o menos habitual en el periódico El Mundo, donde yo velé mis armas como periodista y fuimos, por tanto, vecinos de página.

Durante nuestro primer encuentro me dijo que vivía fuera de la realidad, lo que era verdad y mentira. Cierto es que estaba muy solo, con toda su familia fuera de Cuba, que los amigos se le iban muriendo y que, abroquelado en sus prejuicios, le tocada asistir al derrumbe de su mundo. Pero procuraba estar al día, al tanto de lo nuevo sin olvidar por ello sus grandes devociones, y la labor al frente de la Academia Cubana le reportaba no pocas complacencias, como cuando la Real Academia Española aceptó sus propuestas para crear el Archivo-Seminario y la Cátedra Rubén Darío.

Hacía aún una intensa vida social. Una tarde, poco antes de las siete, andaba yo por El Vedado buscando cómo matar el tiempo, y decidí pasar por su casa de la calle I, sin previo aviso, a saludarlo. Desde que me abrió la puerta me percaté de lo inoportuno de mi visita. Chacón vestía de traje y corbata y lucía en la solapa sus condecoraciones. Al verme, abrió los brazos en cruz. «Llega en mal momento, amigo mio, dijo. Hoy es el cumpleaños de la reina Juliana, de Holanda, y voy a celebrarlo en la embajada». El Conde de Casa Bayona vivía esos pedacitos.

Una noche se sintió mal y comprendió que era el final. Pidió a uno de sus empleados que le trajera, no a un médico, sino a un sacerdote. Llegó, creo recordar, el padre Seisdedos, de la cercana iglesia de San Juan de Letrán, que le administró la extremaunción y lo confortó en los momentos finales. Lo enterraron vestido con el sayal de los franciscanos. Fue su última voluntad.

Cintio Vitier, en un poema de 1971, lo recuerda como «un niño filólogo y Académico (…) íntimo ya de los tesoros, abacial y reverente, con su cara sana de primero de la clase (…) Extraño, fiel, último caballero cristiano». Alfonso Reyes decía que con él se podía conversar sobre «(…) todas las cosas del cielo y de la Tierra», en tanto que Max Henríquez Ureña no vacilaba en calificarlo como el continuador de la tradición del humanismo cubano. «Chacón habla de los grandes maestros de la cultura cubana como si todos ellos pertenecieran a su familia, y deja un encanto de hermandad en el oyente», escribía Medardo Vitier. Y Raymundo Lazo lo veía como un espíritu de ancha, comprensiva y cordial tolerancia, de noble y persistente idealismo. Entendió la investigación como pasión y aventura, aseveraba Salvador Arias, y por su búsqueda de datos y documentos en archivos españoles Pablo de la Torriente Brau se lo representaba como «un desenterrador de verdades».

Mucho escribió Chacón y Calvo. Una obra bastante desperdigada en prólogos, opúsculos, diarios y revistas. Con su fineza de Azorín criollo, dice Cintio, su prosa mediadora se deshiló en el Diario de La Marina, donde publicaba quince artículos mensuales por los que le pagaban, me dijo, diez pesos por cada uno. Quizás lo mejor de su obra esté en Estudios heredianos (1939).

Se desempeñó, entre 1918 y 1936, como Consejero cultural de la embajada de Cuba en Madrid. Miembro del Consejo Editorial del Diario de La Marina. Profesor titular de la Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva. Como director de Cultura del Ministerio de Educación auspició la Revista Cubana y los Cuadernos de Cultura, y dio vida a la importante colección de Grandes periodistas cubanos.

EL CANDOR Y EL MISTERIO

Fue amigo de Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado. De Azorín y de Ortega y Gasset. La última página que escribió Ramón Menéndez Pidal fue el prefacio a un libro dedicado a su amigo cubano. Quiso mucho a Torriente Brau, a quien acogió en su casa cuando llegó a España a pelear por la República. Cintio Vitier, que era ya la gran figura que alcanzó a ser, seguía siendo para él, «el hijo de don Medardo», y Fina, «la hija del doctor García Marruz, médico de señoras».

Comentó una vez: «Fina es muy fina, es de oro. Las mejores páginas que leí obre Martí salieron de su pluma». Tenía en su casa manuscritos originales de Heredia y conservó hasta el final el archivo de Jorge Mañach que se creyó perdido en 1960.

¿Y Lorca? Conoció al autor de Yerma en 1922, en Sevilla, durante la Semana Santa, jornadas que el ensayista cubano calificaba de «inolvidables y maravillosas», y a partir de ahí el poeta fue visita frecuente en su casa de Madrid.

Lamentablemente, José María Chacón y Calvo no pudo conocer las acuciosas investigaciones de Ian Gibson y José Luis Vila-San Juan sobre el asesinato del autor del Romancero gitano, pues ambos libros aparecieron mucho después de su muerte. De haber podido hacerlo, se hubiera ido a la tumba mucho más tranquilo. Pues con el pretexto de aquel fatal viaje a Granada, Lorca «sableó» a unos cuantos amigos y conocidos.

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