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Teresa Fonseca: Herida de Fulgor

Reyna Esperanza Cruz, 21 de agosto de 2018

Cuando la noche se cierne sobre nuestro mundo, ahí, al alcance de los dedos del alma, están los versos. Es posible, sin que interpongan la más mínima queja, depositar en ellos toda la oscuridad, vendar, sin que se opongan, las heridas, hacerlos confidentes de nuestra ansia de matar o morir, confesarles que la única tabla para mantenernos a flote pueden ser los amigos, o el recuerdo de quien tendió la mano alguna vez. La poesía conoce de dagas y de rosas, y sabe que la daga suele abundar en los jardines por donde cruza el poeta. Ella se encarga, con suave reconvención, de que ese caminante prefiera ser asesinado antes que asesino, ser parte y no juez, ser testigo y no protagonista del suceso.

La poesía de Teresa Fonseca, nacida de las honduras del abismo, sacada de entre las llamas, confirma que la vida suele tendernos trampas —mortales las más veces— y que los arrecifes están bajo las aguas más azules prestos a provocar otro naufragio. Pero también confirma que la mejor manera de evadir esa trampa es mirar al horizonte, dispuestos a llegar a la otra orilla, llevando como brújula el propósito antiguo que ha mantenido al ser humano sobre la piel del mundo: el deseo de sobrevivir, para dar testimonio de lo andado, y dejar a los futuros náufragos la tabla de salvación de las palabras.

La lectura de estos poemas da fe de lo que algunos tenemos prueba suficiente. Acompañar al ser humano es la gran misión de la poesía. Nunca, si nos aferramos a su estrella, tendremos verdadera soledad. Nunca, si quien guía su voz, nos perderemos en el amado laberinto que es la vida. Ella es hilo de Ariadna en nuestra mano.

Soliloquio y circunnavegación  

Porque a la eternidad le faltan manos
para compadecer y descreerme.

Soy quizás una pústula
girando en círculos de la peor sangre.

Apenas puedo andar si en mis rodillas
late la podredumbre de la aldea,
y oscuridad y maledicencia son el aire.

Me falta caridad para mis trazos
(la adusta confirmación de los amigos) 
y suelo llorar a veces de otras bocas
cuando por mis entrañas
 asoma un arcoíris.

Y qué decir del sueño, el inventario
de pérdidas y salones que se anulan
entre los dientes del tiempo.

Ya no sé que esperar,
cuál sombra acuso.
Herida de fulgor, muero en la acera
y me socava lentamente un trapo.

Quiéranme como soy
jueguen a ser la Madre
tierra y agua
que me  acoge sin caricias
mas con dedos para delimitar otra ceguera.

Pero salvada soy si una sonrisa se desclava
cuando los hombres se juegan su aguacero,
y hay unos niños que llaman a la abuela
con la inminencia de un teléfono en desuso.

Y así es que soy salvada:
a solas con mi estupefacción
y aquel espanto
de descubrir
mi rostro en otro rostro.

Ego

Tengo un oficio raro:
mis manos en la rabiosa intimidad del Otro,
donde a ratos destrozo los claveles
con la irresponsabilidad del elefante.
(Espinas de cristal serán sembradas
al sudeste del cielo de la boca).

Protejo simplemente monedas de comer.

Tengo una casa:
cerrada a todo viento, sin retratos ni vino.
La cal que en las paredes desmenuzo
se guarda en telarañas para desorientados.

Tengo
dos muertes que morir:
a lentas cucharadas, a gotas o inyecciones,
y una larga e infecta trayectoria
que divido entre blancos y nostalgias.
Soy
un rojo parásito del viento,
noctámbula manera de hacer versos,
(también de masturbarme)
sacando a cada objeto el corazón,
subastando mi sexo en cada hachazo.

Mías
tengo dos alas:
cruz de mi espalda, resguardo de mi vientre,
desde cada mañana aleteando en mi lecho,
celebrando en la luz
que no me he ido.

 


Salidos de mi sexo

                                   de algún hombre volviendo o sin volver
                                           con diez   con siete   con infinitas cicatrices.
                                                                       Sonia Díaz Corrales

Vengan a mí todos los hombres tristes.
Entre mis senos se beberán la música.
Enlazaré en mis piernas tanto sueño
que ahogarán su estampida en mis sudores.
Gotearán de mis manos las promesas,
melodía que agiganta los latidos del vientre,
y con húmedos ritos les cicatrizaré.
Deshuesando palabras escucharán aedas,
las más antiguas voces en la piedra del pecho.
Perderán los caminos en mis muslos,
entre tanto cristal puesto de punta.
Alguno tratará de pisotear el cáliz
pero lo encontrará bloqueado de campanas.
Su inútil ademán se esparcirá en el piso
retorcido en los pozos de la lengua.
Finalmente, desharé los acordes del viaje,
les haré caminar por mis escalas.
Y cuando macerados por su culpa vuelen de mí,
 salidos de mi sexo, hombres tristes,
mis bestias de la Ingenua Mentira
voy a favorecerlos de infinito.

Miedo a los fantasmas  

Detrás de aquella elipse está el comienzo. Yo corro en vano fatigando mi vanidad tras la última carta. Un pedazo de cielo se dibuja en mi muslo. Se me aparecen los minutos del insomnio mientras desde mis venas desangro crispaciones. ¿A quién puede acariciar la lengua de los astros? Insertada en otro cuerpo, hondo es el palpitar que circula en mis vísceras. Por sobre el estrellerío que me ha nublado el vientre, se perfila su aliento de llovizna. Y cuando me dilato en mis acordes últimos, descolgándome al punto de pañuelo, me sorprende la elipse. Comienzan los fantasmas.

 Epitafio  

Una mujer mordida por la luna,
un ángel que extravió su condición.
Tuvo
su semen original, su dolor, su desidia.
Deshiló gota a gota su coraje
entre la extraña lluvia de las sombras,
y se creyó poseída del amor
cuando cantaba un himno largo a la pobreza.
Por entre las hendijas de la lumbre
penetraron los hijos, la marchitez, el golpe.
Ya para entonces su alma era un espejo
por donde desfilaban los peces obstinados.
Ah, de cuánta blasfemia se aderezó la cena
para los que aplaudieron la estocada.
Como por una suave colina lentamente
ella tocaba el fondo de su mano.
Derramada en el aire a pesar de sí misma
una mujer pudiera conjurar sus fantasmas,
en las horas oscuras coser cartas y versos,
con el humo de azufre asesinar el falo.
Rasgando el celofán brotan las uñas.
Lo más difícil es la inspiración, la sangre.
También puede ocurrir que a borbotones
vuelen del cuello las flores extraviadas.
Pero es sólo el instante de quemar las promesas.
Cuando entre la putrefacción
 los huesos se hagan públicos
esa mujer mordida por la luna
exhibirá su yugular, la huella de paciencia.
Vengan todas aquellas con pretensión de cielo:
Mi elíxir no se paga.

Todo hombre tiene dos jaulas  

Benditos los barrotes, la dócil cerradura
con que el hombre protege cada día su silencio.
La mano encallecida donde engañar el hambre
simula una caricia al vientre carcelario.
Vasto es el amor que late entre sus ojos,
resacas donde el sueño empoza las paredes.
Mientras el hombre inventa las puertas para el sexo
Dios contempla la jaula que dibujan los pasos.
Acaso los senderos se cruzan en el rostro
(cree el hombre caminar indemne los sonidos)
pero a cada segundo que las sombras retocan
siente mucho más cerca la opresión de la sangre.
Y cuando al fin entiende su vocación de techo,
estrellas y lloviznas le conminan
de la mano de un niño que juega a ser el aire
descubre que en su pecho cruje el orín, la reja.

 Madres  

Las fiebres a la espalda.
Madrugadas de espanto
en que el futuro desteje sus madejas.
Cuando el llanto es señal
mal anda el sueño, llagado es el camino.
Ansiosas en la espera del mendrugo y las ropas,
ingenuas mendicantes de cariño.
Alguna transacción gravó sus frentes
cual en su gravidez interminable
no palpó los latidos de los días.
Cuando en el seno flácido el amor
agotara su sed, con qué aceites untó,
con qué saliva las bisagras del pecho,
para abrirlo cada vez sin condiciones
con el sagrado impulso de la risa.
Lenta e inmemorial, madre del agua
que rindes tu esbeltez a todas cruces.
No caben lágrimas con que unir tus fragmentos.
La soledad te aguarda.
Tu óbolo son sus guiños.

No te vayas ahora,
no te esfumes entre el polvo, los árboles y el sueño.
Acaso la distancia preparó este poema
donde suplico un poco de paz para mis manos.
Inútil tentativa porque sabes construir las figuras
con más gracia.
Como el viento que seca las ropas en mis hilos.
esta es soledad que escribe por mi nombre.
No te vayas, escucha los relojes,
el color de los grillos, la madrugada inmensa.
No dejes que en mis sábanas se extinga tu fantasma.
Donde tal vez pensaste terminado el insomnio
estaba casi extinta
Necesito tus manos para arropar mi sueño.
Quiero apenas un sueño en tanta pesadilla
y necesito arder lenta provocación
al fin mártir o hereje de todas mis orillas.
No te vayas.
Me asustan
la palidez   el sexo.

 Al hijo

Con qué miel envenenada te deshago.
Con qué golpe de gris desapareces
si descolgado, nube, de mis preces,
letal es la tristeza, corto el pago.

Lejana punta de madeja incierta
prisionero del sol, del amarillo
cuando te acercas a besar cuchillos
mi corazón es una reja abierta.

pues de ti es inocente la mordida.
para cualquier distancia, esta tu vida
y en fatal estallido en que te nombro

escucho los relojes en su huida
pretextando mi insania, la caída:
"el hijo es una herida bajo el hombro”

 He de saltar

He de saltar: de piedra seré al fondo.
Cala mi pecho con batir de aurora.
Cuando en picada el sueño penas dora
me sumerjo en el aire, en lo más hondo.

He de saltar. De piedra es el destino
con qué atenuar el vértigo y el salto.
Mi corazón reza su adagio, y alto
y claro es el canto, cómodo el camino.

Porque cuando me aguarda la caída
renazco como flor y es desoída
la tenaz ilusión de descansar.

Y reencarnada en el descenso mismo
preparo otra caída a mi espejismo:
 Como arpegio de piedra, he de saltar.

 Donde doy gracias a dios por mis amigos 

                                                   María,  Gipsy, Tundidor y Zoraya
Ellos me alzaron a un pedestal de tierra.
Ya para entonces iba comiéndome la noche,
era solo una tabla flotando en remolino,
cadáver de la risa, blasfemia del oráculo.
Señor, los tengo a ellos:
los viejos, los distintos, los fatales.
Cuando en mis manos arde la soledad del frío
tengo siempre sus hombros a prueba de conquistas.
El viento se pasea en sus cabellos   anda
No saben cuánto temo les toque el sufrimiento.
Señor, nunca les des  hambre de infinito.
Los necesito aquí
para quedarme.
 

 


Teresa Fonseca Valido (Puerto Padre, 1961). Poeta y narradora. Ha obtenido reconocimientos y premios municipales, provinciales, nacionales e internacionales. Aparece en varias antologías en Cuba, España y Venezuela. En el año 2010 publicó el libro de poesía Pecio, por la Editorial Sanlope. Se desempeña  laboralmente como psicóloga.

 

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