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En un mes de julio nació y murió el Poeta Nacional

Leonardo Depestre Catony, 10 de julio de 2018

Que Don Nicolás no sea otro que Nicolas Guillén es algo que el lector probablemente ya intuía. Una vida larga y literariamente tan activa como la del Poeta Nacional tuvo que acompañarse de un humor cubanísimo.

En su poesía asoman con frecuencia los guiños picarescos, el giro que provoca la sonrisa, el pasaje coloreado por la carcajada contenida. También la prosa de Nicolás Guillén, su periodismo, sus crónicas, sus recuerdos, están no solo tocados por el matiz autobiográfico, también por la amenidad, algo que tanto agradece el lector.

Como ″una anécdota banal, pero indudablemente bastante divertida“ considera Guillén esta, incluida en sus Páginas vueltas–Memorias. El escenario es Brasil y el año, 1948. Aquí les va:

En uno de mis viajes a Sao Paulo, fui invitado a presentarme con una lectura de poemas ante los oyentes de la gran ciudad. Era una transmisión que tenía lugar al mediodía, y según me parece recordar, dicha hora se llamaba Ticu-ticu o algo parecido. Yo acepté desde luego, y el día de mi debut ahí estaba yo a la hora convenida. El locutor que tenía a su cargo la presentación del programa era un hombre simpático y activo, que conocía, además, perfectamente el español y se vanagloriaba de ello. Fue entonces cuando se produjo esta escena: El locutor, con ese lenguaje altisonante característico de los locutores:
-Y ahora, señoras y señores, tendré el gusto de presentar ante ustedes al ilustre poeta cubano (aquí demorando y arrastrando la voz, como es de rigor) A-rís-ti-des Gui-llén, etcétera.
Una evidente agitación se produjo en la sala de la emisora, que creció de punto cuando el locutor se volvió hacia mí para preguntarme:
-¿No es cierto, poeta, que Guillén se pronuncia así, Guillén?
Yo, tan sorprendido como el resto de la audiencia, me limité a contestar:
-Sí, Guillén se pronuncia Guillén, pero Arístides se pronuncia Nicolás.

Excelente ejemplo de respuesta rápida y simpática, ¿no cree usted?

Nicolás Guillén y Emilio Balagas fueron ambos camagüeyanos, nacido uno en 1902 y el otro en 1908. Poetas ilustres, se dio el caso de que el primero era mulato y comunista, en tanto el segundo era blanco y católico. Uno al otro se consideraron siempre colegas de talento y se admiraron recíprocamente. Afirma Joaquín G. Santana, suerte de secretario de Guillén, que el Poeta Nacional le contó lo siguiente:

Para demostrarle su aprecio personal al poeta mulato, [Ballagas] le sugirió que visitara su casa. Sin intenciones peyorativas, a la sugerencia le agregó una frase:

-Nosotros no discriminamos a los negros.
Guillén, siempre ingenioso, le respondió que también lo recibiría gustoso en su hogar. Ballagas no podía imaginarse el agregado de esta invitación, que era una respuesta cariñosa pero aleccionadora:
-Porque tampoco nosotros discriminamos a los blancos.

En realidad, Ballagas previamente le había escrito, en 1930, sorprendido “por el hallazgo de veta tan rica y tan nuestra” que le revelaron los Motivos de Son de Guillén, pues tampoco a Ballagas le resultó ajena la vertiente de la poesía de raíces afrocubanas. Fue pues, solo un brevísimo duelo de palabras entre dos escritores imprescindibles en la literatura cubana.

Pero hay más, porque para Guillén el trabajo político es fundamental. En discurso pronunciado el 13 de febrero de 1967, Carlos Rafael Rodríguez contó esta anécdota casi del todo olvidada:

Nicolás Guillén era ya, entonces, una figura nacionalmente respetada, que si hubiera tenido una situación siquiera complaciente con la burguesía y neutral con los gobernantes, habría tenido una holgada posición económica. Prefirió (sin ser entonces militante del partido), compartir con los comunistas los azares de la lucha revolucionaria. Y uno de sus modestos ingresos en aquel momento era el salario de cinco pesos a la semana que cobraba como redactor de nuestra revista Resumen.

Ello dio origen a que una tarde, apremiado por las necesidades económicas, Guillén llegara a nuestra redacción, buscando al compañero Enrique Llarch, que era el administrador de la revista. Pero Guillén no encontró a Enrique Llarch y le dejó este pie forzado:

Mi querido Enrique Llarch:
Quiero cincuenta centavos
para poderme pelarch
y luego con treinta clavos
una camisa sacarch.

El semanario Resumen vio la luz en 1935, estuvo dirigido por Andrés Núñez Olano y Carlos Rafael Rodríguez fue el subdirector. Se publicaron solo cuatro números y en la Redacción figuraban Guillén y Ángel Augier.

Ingeniosidad y respuesta inteligente caracterizan las tres anécdotas aquí recogidas protagonizadas por don Nicolás. Pudieran también tomarse como ejemplo de lo que es un sentido del humor elegante, ríspido y eficaz. No ya para generar la sonrisa, sino también para estimular la reflexión.

Y aunque siempre es válido recordarlo, el mes de julio resulta especial: nació el 10 de julio de 1902 y murió el 17 de julio de 1989. En estas líneas va nuestro tributo.

Foto tomada de Cubasi