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De Ignacio a Amalia. Cartas de amor

Leonardo Depestre Catony, 11 de mayo de 2018

Las cartas de amor son tan antiguas como la propia correspondencia. Porque, ¿acaso existe tema más universal que el amor? Las letras cubanas guardan epistolarios de amor nutridos por las cartas de algunos de nuestros compatriotas más ilustres: José Martí, Carlos Manuel de Céspedes, Antonio Maceo, Ignacio Agramonte, Rubén Martínez Villena, Pablo de la Torriente Brau…

Pero si en efecto se reconoce la existencia  del género epistolar, de que exista además el género de las cartas de amor se ha encargado en Cuba nuestra compatriota la poetisa Liudmila Quincoses, quien no solo ha cumplido brillante servicio a las letras sino también a Cupido.

Y es que los amores románticos sí existen cuando son enteramente reales. Y llegan a ser más hermosos que los de la ficción. También pueden entrar en el  imaginario y la leyenda. Los amores de Amalia Simoni e Ignacio Agramonte fueron así: eternos.

En este mes de mayo se cumple un aniversario más de la caída en combate, el 11 de mayo de 1873, del mayor general Ignacio Agramonte, a quien erróneamente no acostumbramos incluir entre nuestros intelectuales… y sí lo fue. Brillante orador, polemista, escritor de prosa elegante, sus cartas a Amalia idolatrada nos lo revelan como un escritor de fina sensibilidad.

Ella, hija de familia acomodada y de anhelos patrióticos de Camagüey, e Ignacio, abogado, apuesto, jinete experto, valeroso hasta la temeridad, se casaron el 1 de agosto de 1868.

Amalia mía, Amalia adorada:

Qué tarde tan agradable he pasado. Tu recuerdo ha venido de una manera muy especial y que tú no sospechas, en un día que jamás tuvo para mí esta dicha. (30 de julio de 1867, aún siendo novios)

La guerra de independencia fuerza a la familia Simoni a abandonar su casa-quinta en Puerto Príncipe para mudarse a la finca La Matilde, un lugar más seguro dada la filiación mambisa de los Simoni. En La Matilde nace el primogenitico, Ernesto, que el padre llama El mambisito.

Adorada Amalia mía:

Continúo sin novedad pero sin noticias de ti ni del Mambisito que constituyen todo mi amor.

Escríbeme, Amalia mía, ya que no puedo estar a tu lado. (4 de junio de 1869).

Cuando la situación en Cuba se hace insostenible para Amalia y los suyos, embarca hacia Nueva York, donde nace Herminia, su hija, a quien Agramonte no llega a conocer.

Ángel mío, Amalia idolatrada:

¡Con cuánta alegría, leí ayer tus cartas del 26 de agosto y 29 de septiembre! ¡Muy atrasadas son; pero hace tiempo que no leía carta tuya! Antes solo había recibido una, creo que del 7 de septiembre. ¡Cuánto he gozado con la pintura que me haces de nuestro Ernesto y de sus gracias! ¡Ay, quién te viera y quién lo viera a él! De nuestro segundo chiquitín, nada sé. Supongo por una de Simoni del 28 de diciembre que habrá nacido en los primeros días, de este año. ¡Como lucha el corazón, bien mío, uno y otro día, en todos los momentos de la vida, con esa separación de las prendas que así adora! ¡Qué honda amargura encierra el pecho, porque no te veo, y vivo lejos de ti! Y sin embargo, me siento dichoso cuando pienso en que me amas y que con frecuencia piensas en mí.

(Desde el campo insurrecto de Camagüey, 1o de abril de 1871)

Hallándose en Yucatán, México, ella tiene conocimiento de la caída en combate del esposo. Amalia regresó a Puerto Príncipe a la terminación de la Guerra de los Diez Años, con la irrupción de la del 95 de nuevo emigra a Norteamérica, donde recauda fondos para la insurrección. En Cuba, una vez proclamada la república, rechaza una pensión gubernamental que como viuda del Mayor se le pretende dar: “Mi esposo no peleó para dejarme una pensión, sino por la libertad de Cuba”, expresa entonces.

Amalia lo sobrevivió casi cuarenta y cinco años: ella falleció en La Habana a los 73 años, un siglo atrás, el 23 de enero de 1918. Finalmente en 1991 sus restos fueron trasladados a Camagüey. Jamás pudo descansar junto a su amado Ignacio porque los restos de él fueron incinerados y aventados por los españoles… como si con ello no contribuyeran a eternizarlo en la memoria.