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Lillian Álvarez: una melodía sobre el humo del mundo

Reyna Esperanza Cruz, 27 de febrero de 2018

Toda mujer lleva en sí una carga emotiva que la diferencia, y al mismo tiempo la identifica, con sus semejantes. Cierta dosis de misterio. Otra dosis de atrevimiento y sinceridad. Sobre todo esto último, si ha nacido con el don de la poesía: ser poeta es ser sincero hasta las últimas consecuencias.

Lillian Álvarez Navarrete (La Habana, 1962) es alguien que escribe sin afeites ni fingimientos. Sus textos nos muestran la complejidad de su ser, y el mundo visto a través de la peculiar mirada de la poesía, más fiel que una máquina fotográfica, porque es capaz de mostrar el alma de lo que retrata. Hay en su manera de escribir una aparente sencillez, un dominio del oficio de la escritura capaz de exhibir, de manera vigorosa, los sentimientos que se plasman.

Prefiere la prosa poética, al parecer más dúctil en sus manos para exteriorizar un universo, real o imaginado, donde domina lo onírico, el devenir, la muerte, la soledad ontológica, expresado todo con alto grado de plasticidad y eficacia comunicativa. Sus imágenes, que parecen conducirnos a la representación de una obra teatral o un filme surrealista, nos convierten en partícipes de lo que le duele o atormenta, y suscita con ello un sentimiento de solidaridad, una sensación de pertenencia a un grupo que comparte vivencias y preocupaciones, aun cuando sus miembros se revelen diversos y en disímiles circunstancias.

Conmueve su poesía, con su peculiar gestualidad de dejar constancia del dolor sin desentono, del miedo con entereza, de la tristeza con dignidad. Muerte y resu-rrección, amor y desamor, se funden vivamente en estas páginas. El conjunto que presentamos —agua de luna en el cristal de la existencia— tiene los ingredientes precisos para tornarse memorable. Ante las palabras que dice o deja traslucir, ante el silencio con que también nos habla, resulta imposible quedar indiferentes.

REYNA ESPERANZA CRUZ





En los balcones de la multitud me asomo:

Han llegado aves de todos los inviernos, hojas de todos los otoños. Flores antiguas brotan, confiadas, en sus cúspides.

Pero una primavera puede ser un aguijonazo del destino, una diminuta ventana por donde ver nacer el mundo o desangrarse.

Una mujer con mi rostro se cruza de brazos, recuenta sus agujas, da la espalda.

Una mujer con mi piel se cubre el vientre con las ramas de la noche y calla.

Una mujer a solas se estremece cuando un aleteo de pájaros le anuncia la fecunda-ción del tiempo.


II

De nada sirven las vibraciones del tiempo
ni las brújulas,
ni las consignas,

Nada resiste esta obstinada pendiente.


III

Rota en pedazos mi sombra me asomo a mis ventanales, deambulo, corro por mis aleros, por mis lunas sin temor a caer, arranco frutas de tu sien, de tu cuerpo, raíces tiernas que devoro con avidez, y anudo a mi cintura las hebras de tu pelo, y me fijo tus palabras al pecho, al vientre, a las piernas, como un antiguo y sabio remedio contra el mal, y dibujo sobre mí trazos interminables, líneas concéntricas que se abrazan, y mis árboles se empinan para reverenciarte y me escondo de los lentes, de los registros, de los mapas, y huyo de los espejos.

Nube que corre y engendra la tormenta soñada. Río que ruge orgulloso fuera ya de su cauce.

Germen de la memoria, desatadura, vuelo.


XII

Correría a contarte este silencio
alucinaciones
naufragios

¿A qué mundo pertenece esta soledad
atravesada por lanzas?

¿Dónde está el espectro que deshice?
¿Por qué tanta ruta
tanta magia?

Todo fluye
nace
muere
en mi torrente.


XVI

Descubro las orillas del tiempo sobre el calendario. Cicatriz del mundo. Espacio interminable donde tierra y mar se juntan, se aman, se poseen.

Presencia-ausencia que se invaden, forcejeo inútil, danza cotidiana al compás de una melodía sin origen, sin edad. Presencia: vientre, germinación. Ausencia: blanca distancia. Presencia: verdor, placidez, burbujas en la piel de un mundo que pretende elevarse. Ausencia: fluir, tránsito, acunar de naves. Presencia-tierra y yo en el andar, en el camino sin fin. Ausencia-mar, abismo, y la espera del grito que anuncia definitivamente el arribo a tierra.


XVIII

Una melodía se dibuja en tu rostro. Una humedad que te llega de lejos, desde calles que no transité, desde el vientre de tus lagartos capturados, desde la enigmática lucha de tu rey y tus peones cuando no imaginaban siquiera la batalla. No quiero quedar en los balcones, ni en las salas de espera. El espectador aplaude y se marcha, se sienta o se pone de pie, se agita, se estruja los párpados, pero siempre se marcha.

No quiero ser cosecha ni viento de primavera. No quiero ser la viñeta que se tuerce y te mira desde el sitio absurdo del homenaje.Quiero volver a donde fuiste, a los caminos ciegos de tus primeros laberintos, a donde pensaste que todo era un error, que no era ese el camino. Quiero saber dónde cayó rendida la parábola de tu mirada cuando perseguías por primera vez el horizonte. Quiero ser la hoja seca que cae y se pudre, el aguaque corre por la comisura de tus labios, el sillón que te columpia a un lado y a otro de tu angustia. Quiero ser la partícula pequeña que te habite, que te ensucie la piel, que se revuelva en tu prisa. Quiero asistir a la fiesta en donde nacen tus letras, presenciar la caída de tus barrotes de cristal.

Quiero ser la melodía que se alce sobre el humo del mundo y te devuelva, una mañana como esta, la sonrisa perdida.


XXXV

No están las palabras, las palabras que me rodearon, que revolotearon sobre mí como un enjambre de pájaros. Ni aquellas que me balancearon sobre el mundo y de las que escapé como una mariposa avergonzada del color de sus alas. No están los llamados, ni los quejidos que murieron al pie de mis ventanas. No está la música temblorosa y húmeda que me hizo encorvarme tantas veces sobre el vientre, ni los violines que arrancaron sus notas de mi espalda, ni los rayos de luz que rozaron mi piel y cayeron al suelo rotos, calcinados. Miro hacia arriba y no veo a nadie, miro hacia los lados y no veo a nadie. Me sostengo apenas sobre una calma irreal, parecida al no ser. Hace frío. En el fondo de mi sombra hace frío. Siempre pensé que sería un lugar cálido donde estarían todos mis versos escritos en las paredes, los versos que atrapo y los que me atraviesan el cuerpo y escapan, dejándome vacía. Siempre soñé que sería este un lugar para la luz, donde la música no cesaría nunca. Mas no hay nada. Solo un viento frío que me llega en ráfagas y soledad, la soledad.


Lillian Álvarez Navarrete (La Habana, 1962). Poeta, ensayista y editora. Ha publicado los libros De-recho de ¿autor? El debate de hoy (Editorial Ciencias Sociales, 2006), que obtuvo el Premio de la Crítica para libros científicos, y los libros de poesía Ni el aire ni el espejo (Editorial Extramuros, 2002), Ya los reyes no existen (Editorial Abril, 2011), y Como un cristal temblando (Cubaliteraria, 2015).
 

Foto tomada de Granma

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