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Cuando La Habana era chiquita

Ciro Bianchi Ross, 16 de noviembre de 2017

Fue el licenciado Antonio de Chávez el primer gobernador de la Isla de Cuba que decidió fijar en La Habana la residencia del gobierno. Esa determinación adquiría carácter oficial, en 1556, bajo el gobierno del capitán Diego de Mazariegos. Impulsaba la resolución de Mazariegos el hecho de ser la villa «el lugar de reunión de las naves de todas las Indias y la llave de ellas», sin olvidar las espléndidas condiciones topográficas del lugar y en especial de su puerto. A partir de ahí todos los gobernadores españoles se asentaron en La Habana, que no mereció hasta 1592 el título de «ciudad» que le otorgó Felipe II, aunque desde sesenta años antes era la localidad más importante de la Colonia.   

La Habana, pese a todo,  seguía siendo un caserío pobre y despoblado. El 5 de septiembre de 1566 el ayuntamiento habanero dejaba constancia de que, con excepción del gobernador y sus colaboradores y de los miembros del cabildo, la villa contaba solo con 19 vecinos, que a la hora de elegir al alcalde, se reunían en la plaza al llamado de una campana.

POR EL MEDIO AMBIENTE

De 1550 data la que quizás sea la primera disposición que a favor del medio ambiente se tomó en la villa cuando, a fin de proteger el arbolado de la urbe, se prohibió la tala de cedros y caobas, maderas que la vecinería empleaba sobre todo  en la confección de bateas. Esa disposición no impidió, sin embargo, que se exportasen a España, en grandes cantidades, maderas preciosas cubanas, lo que obligaba a los habaneros a trasladarse a lugares cada vez más lejanos en su busca  cuando necesitaban construir o reparar su vivienda. Las personas que recibían solares para erigir sus moradas, debían edificarlas en un plazo de seis meses. Si no lo hacían en ese tiempo, se les retiraba el permiso de fabricación, se les multaba y se les quitaba el terreno entregado. Todavía en 1555 el gobernador de la Isla residía en una casa de tabla y guano, pero cinco años antes, dos de los vecinos más ricos se habían hecho edificar viviendas de piedra y tejas.

Durante sus primeras dos décadas de vida, después de su asentamiento definitivo junto al puerto de Carenas, La Habana no fue más que un pobre caserío de bohíos que se extendía entre el comienzo de la calle Tacón o Sanguily, al  fondo del  actual Castillo de la Fuerza, hasta el lugar donde se halla el edificio de la Lonja del Comercio.

Entonces, el centro de la villa era la plaza situada donde después se construyó la Fuerza. Se trasladó dicha plaza a un sitio que hoy ya no puede precisarse  hasta encontrar su emplazamiento de la actual Plaza de  Armas. Desde allí irradió la población, extendiéndose por las calles Oficios y Mercaderes, como las más próximas al punto de desembarco de los bajeles.

Se extendió asimismo por la calle Real (Muralla) que era la salida hacia el campo al proseguirse el camino de San Antonio (Reina). También por la calle Habana y después por las de Aguiar y Cuba, que conducían al torreón de la Caleta donde, de día y de noche, se apostaban vigilantes que avisaban de la cercanía de corsarios y piratas.

Es también en 1550 cuando se toma la primera medida en lo que a política de precios se refiere: fijaba los precios de determinados productos del agro y se disponía que los taberneros dispusieran  de un solo tonel  de vino a fin de evitar las mezclas y las adulteraciones.  Es por entonces que empieza a estimularse la iniciativa privada a favor del bien público al sacarse a remate el surtimiento de agua de la Chorrera que se expendería a razón de cuatro botijas por un real. Se fija la vara (36 pulgadas) como unidad de medida y se establecen los primeros impuestos sobre documentos.

Es en 1526 cuando se ordena la fortificación de las poblaciones costeras del Caribe. La piratería había comenzado cinco años antes.

DINEROS DE VUESTRA MAJESTAD

La corrupción administrativa, la malversación y el desvío de los caudales públicos empezaron temprano en la Colonia. En 1539  el  Tesorero de la Isla de Cuba escribía al monarca español que desde años antes, cuando asumió dicho cargo, «siempre he visto hurtar la hacienda de Vuestra Majestad». Males que, se dice, llegaron desde la vecina isla de Santo Domingo y que, en definitiva, eran originarios de la propia España.    

Escribe el historiador Ramiro Guerra que durante el mando de Diego Velázquez, el primer gobernador de Cuba, la rudimentaria vida político-administrativa y la precaria vida social  se desenvolvieron en un ambiente de relativa paz, normalidad y honestidad. Muere Velázquez  y sobreviene  una época de decaimiento económico y moral, pobreza, brutalidad y concupiscencia. Están a la orden del día las rencillas, los pleitos, las riñas sangrientas. Escribe Ramiro Guerra que esa situación fue producto de la vida ruda y salvaje de los primitivos pobladores, incultos y aventureros, en su mayoría, del mando sin ley y sin freno, de la servidumbre y explotación del indio, por las encomiendas, y del negro, por la esclavitud, por la amenaza perenne de corsarios y piratas…   

Para los que lo sucedieron en la gobernatura de la Isla, Velázquez fue culpable en buena medida de todos esos males. No hay que olvidar que pese a la honestidad relativa que Guerra advierte en su mandato, el primer gobernador de la Isla fue acusado en su momento y multado después de muerto por haberse dejado comprar con presentes y banquetes, consentir exacciones, aplicar de manera selectiva impuestos y aranceles y beneficiar con las encomiendas de indios a amigos y allegados en perjuicio de aquellos que no les simpatizaban…   

No fueron mejores los que les siguieron en el cargo.

LA ILEGALIDAD Y EL IRERESPETO

Entre 1537 y 1541 se organiza el sistema de flotas, que asegura el comercio entre el viejo y el nuevo mundo y La Habana se erige en el punto de reunión de los convoyes. En 1561 las travesías quedan establecidas oficialmente.

Dice el historiador Emilio Roig que un sistema comercial de exclusivismo y monopolio obligó a los habaneros a burlarlo a como diera lugar, lo que los llevó a vivir en la ilegalidad, la trasgresión y el irrespeto a la ley. El contrabando fue válvula de escape de una población oprimida y agobiada por el monopolio. Para el  habanero, con el consentimiento tácito o explícito de las autoridades, se hicieron habituales el tráfico clandestino, el fraude, el cohecho, el robo de los bienes públicos… todo aceptado y justificado por razones de necesidad suprema, lo que disolvió la vergüenza en el hábito. Provechosa y fatal fuente de ingresos, precisaba Roig en 1963, el contrabando fue tónica para la vida y agente formidable de perturbación moral.    

Otro hecho que contribuyó a modelar de manera notable la fisonomía moral de la naciente Habana fueron las flotas. Escala de todas las Indias, era La Habana a mediados del siglo XVI, como ya se dijo, una villa pequeña, de población escasa y marcada pobreza. Los habaneros, en buena medida, vivían del alquiler de sus casas a los tripulantes de las flotas y de la venta de bastimentos para los navíos. La marinería era de nacionalidades diversas y de hábitos relajados.   

La ciudad  —mercado, garito, lupanar— engullía oro y volcaba concupiscencia, comentaba un historiador, lo que fue fuente de daños morales que entronizaron el hábito de vivir sin trabajar, la corrupción  y el escándalo.
 

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