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La metáfora de los naufragios

Elaine Vilar Madruga, 07 de noviembre de 2017

Julián Marcel Baldemira hila —su paciencia es de orfebre— esta historia construida sobre (y para) los sentidos. Esos sentidos de lo físico que a veces hemos olvidado, o tal vez tan solo sublimado bajo la apariencia de lo espiritual (una palabra, esa, de moda, contemporánea, de muy buen gusto). Marcel, en su cuento "Galveston", utiliza el recurso de cierta memoria emotiva, casi evocación, que nos trae una cinética espectacular, la posibilidad de estar ahí, junto a sus personajes, en la tina del baño, en la boca que prueba semen (no es dulce), en el olor a fruta del sexo (ciruelas), en la imagen de una playa de colores distintos, en la sutil metáfora de un tiburón blanco que ha encallado (curioso naufragio) en la arena de la costa.

Existe, sin dudas, un cuerpo metafórico que dinamita las posibilidades de lo real: sin llegar a convertirse en un filme surrealista, Julián acumula las anécdotas, en apariencia intrascendentes, el enfoque de acontecimientos que se gritan a sí mismos, el cadáver exquisito de una soledad que se va construyendo entre fingimientos, selfies alegres que no son tales, imágenes divorciadas de la tristeza, la playa, el niño y su padre, la estela de un avión, de nuevo el tiburón blanco, de nuevo el tiburón blanco. Sobre el eje de esa soledad (no compartida) aparecen los personajes de esta narración, criaturas que viven en un mismo espacio y tiempo, sí, pero que no obstante están divididos por un cristal finísimo, material de descomposición, material para el aislamiento. Cuerpo y cuerpo pueden tocarse, y no obstante, para Julián, todos permanecen a solas.

Sin recurrir a manifiestos filosóficos, a análisis de economía, sin avistar el nuevo estreno de Netflix, estos personajes surgen como eternos enmascarados, seres que portan antifaces, que ocultan sus rostros bajo imágenes de una presupuesta felicidad que no es tal (no hay recurso que pueda producirla). La idea de la indefensión, del personaje que simula y miente es, a mi criterio, uno de los más hermosos logros de un relato corto, bien construido, arquitectura de cimientos sólidos.

Se habla aquí de naufragios. No solo el metafórico cuerpo del tiburón blanco aparece como una constante, casi obsesiva, casi paralela a aquella imagen del cuerpo desnudo en la bañera (espuma y semen, agua caliente y fría). Se percibe, si es hábil el lector, que el cuerpo del personaje protagónico, el gran solitario, posee la misma condición de estar varado (hundido) que más adelante veremos, físicamente, en el tiburón de la historia. Agua —digamos líquido vital, amnios, recurrencia al útero materno, a la incapacidad de escapar de la claustrofobia, al concepto de permanecer— es el elemento que no solo cubre a los cuerpos, sino que los ampara, y hasta cierto punto —ventajas de la metáfora bien utilizada—, es recurso para el aislamiento y, más adelante, la unión, el esfuerzo compartido.

Repito: con cuidado de orfebre, Marcel construye esta historia, anecdótica, real, surreal, crónica de cierto mundo conocido. Sus recursos narrativos tienen la habilidad de conducirnos más allá de Hulu, del streaming, de la selfie, de la foto compartida en redes sociales (¡hay un tiburón encallado!, publicaría alguien en Instagram o en Facebook). Sus recursos narrativos nos adentran en este mundo de la humana sensibilidad, del humano naufragio, de la humana condición de los inadaptados, de los soñadores, de los despiertos.

Julián Marcel Baldemira: narrador, traductor, artista visual y profesor. Nació en Puerto Padre, Las Tunas, en 1989. Labora en la Universidad de las Artes, ISA. Egresado del Centro Onelio. Miembro de la AHS. En el 2016, obtuvo el XVII Premio Celestino de Cuento con su libro Nubes oscuras alrededor de la cabeza.

 


                         Galveston

Mi semen, impulsado por el movimiento de mis piernas, hace acrobacias en la bañera en forma de pequeños coágulos irisados. Se pega a mi piel, no se diluye en el agua caliente ni se mezcla con los restos de espuma. Lo puedo ver ahí, acercándose lentamente a mi abdomen, como pequeñas medusas blancas e inofensivas, portador de una vida que no comprendo. Pienso en por qué los fluidos y materias que expulsamos de muestro cuerpo regresan a nosotros en el agua, inquilinos rechazados a los que volver la cara y evitar frente a los otros. Como aquel tío de la adolescencia que al ver lo mucho que había crecido me preguntaba si ya orinaba dulce. Hacía énfasis en la pregunta y yo me sonrojaba volviendo la cabeza, huyendo su mirada. ¿Sabrá dulce mi semen? Nora, cuando estábamos juntos, comentaba acerca del olor a ciruelas que había en el cuarto después de pasar horas encerrados descubriéndonos. Ella y sus morbos, siempre buscando olores a los que aferrarse. Uno de los coágulos blanquecinos se acerca a mi abdomen. Lo tomo y lo llevo a mi boca. No sabe a ciruelas, tampoco es dulce; más bien salado, con la textura de la masa de un coco joven.
- ¡Isaac! Nos vamos a Galveston. Necesito ver mar, despejar un poco la cabeza. Acaba de salir del baño; si sigues tardando te quedas – grita Miriam desde el otro lado de la puerta.
- Ya salgo.
- Apúrate entonces.
Dejo ir el agua por el tragante de la bañera y me digo que bien, al fin saldré de este encerramiento perpetuo en el que estoy desde que llegué. Al salir veo que todos están listos. Los rizos rubios de Miriam dan la sensación de un caballo sin bridas en plena carrera. Hay veces en las que me pregunto si no estarán vivos; siempre que su cara refleja una emoción lo hace también su pelo. Cuando sermonea al adolescente púber de la casa, los rizos se arquean hacia delante y de manera proporcional Cristian se encoje y recula, en unos pasos de baile no pocas veces ensayados. Hoy lo regañan a causa de los Converse rojos que se ha puesto. Desentona con todo, dice Miriam, miro para un costado y con el rabillo del ojo los siento parpadear, hacerme señas como un semáforo. Además, los vas a estropear con el agua salada. Tomás, el padre de Cristian, observa la escena desde la puerta. Otrora bailarín profesional, fue el único de todos los que llamé que dijo ven al norte revuelto y brutal y te quedas con nosotros. Lleva lentes de contacto que le dan una mirada turbia en la que si profundizas puedes encontrar una inteligencia intuitiva, de las que desconciertan. Su carácter sereno, pasivo, complementa el de Miriam, impetuoso y envalentonado. Tomás me decía que una de las cosas que más le gustaba de ella era que cuando algo la emocionaba o la hacía sentir de verdad, ponía su mano encima del pecho (como agarrándose el corazón) y su dedo índice y el pulgar tocaban sus yemas por un momento para luego separarse. Yo nunca la había visto hacer ese gesto.
-Isaac, dile a David y Sofía que vamos a echar gasolina y que allí los esperamos – dice Miriam.
David y Sofía componen la otra pareja que vive en la casa. Él vino del mismo lugar que nosotros, ella no. Todo el día se la pasan encerrados en su cuarto, haciendo lo que Nora y yo en los inicios, quizás.
-Chicos, dice Miriam que nos vemos en la gasolinera. No se tarden.
Me voy al carro, abrocho el cinturón y googleo el nombre de la playa a la que vamos. Aparecen fotografías del lugar, todo se ve plano, perfecto; un muelle ancho penetra en el mar, encima, un parque de atracciones.
-Te vas a marear si sigues texteando. Deja el móvil un rato. Mira el paisaje, disfruta.
Tomás no sabe que me entretengo en el móvil para no pensar en los accidentes. Todo es muy rápido acá y siempre imagino que nos estrellaremos contra algún loco. Si veo que quitan las manos del timón doy un respingo y en mi cabeza veo una secuencia filmográfica en la que me destrozo en pedazos.
Toda la zona industrial va quedando detrás, de varias calderas en las fábricas que se pierden sale un vapor ceniciento, evanescente, que luego llega (invisible) a los suburbios donde vivimos. Extraño mucho el lugar de donde vine. A todos los que dejé envío fotos en las que sonrío desde museos y locaciones con mucha luz, parezco feliz, mas no saben que todo es un montaje. Una selfie puede dar una perspectiva errónea de lo que estás viviendo, pero otros se lo creen. Qué bien te va, comentan, y no saben que por dentro tengo todas las arrugas que aún no salen en mi cara.
- Mira el parque de atracciones, se parece a las ferias de las películas –dice Cristian a mi lado.
Es igual al de las fotografías que vi antes aunque la magnitud cambia, también las luces. Como aún no anochece no las han prendido, solo los bordes de algunas atracciones pestañean, te hacen olvidar la oscuridad de la arena de la playa.
Buscamos donde parquear en los alrededores. Nunca había visto tantas casas de madera juntas, con veletas, áticos y techos a dos aguas. Incluso las gasolineras, fabricadas en cemento y protegidas con cristales, tienen ese aire salobre de los pueblos costeros.
-Vamos mejor directo a la playa, quizás allí encontremos parqueo. Me estoy cansando de dar tantas vueltas. Cristian, abróchate el cinturón y estate quieto, me tienes nerviosa con tanto movimiento.
Al llegar a la playa encontramos estacionamiento cerca de un descampado que lleva a las dunas. A unos metros de nosotros unos niños lanzan comida a las gaviotas. Estas la cazan al vuelo y hacen espirales. Escucho al más pequeño preguntarle al que parece su padre qué es la línea blanca que hay en el cielo. La estela de un avión. ¿Qué es una estela? Es el rastro que deja tras de sí un objeto en movimiento, ¿ves cómo se va agrandando la línea? Es porque el avión sigue moviéndose.
-¡Isaac! Despierta y ayuda a Cristian a llevar la nevera a la playa. Y no mires tan fijo a la gente, eso molesta.
Está bien, solo miraba las gaviotas, no pasa otra vez, le respondo a Miriam. Es algo inevitable, por mucho que trate no puedo dejar de prestar atención a las conversaciones de los otros.
Cargo la nevera con las cervezas y siguiendo a Cristian me dirijo a la playa. Las mareas aquí deben ser espectaculares pues el espacio entre la arena mojada y el mar es enorme. Y gris. No estoy acostumbrado a estas playas oscuras, el olor es el mismo, cala los pulmones, más nada tiene que ver con los azules y naranjas guardados en mi memoria.
Dejo la nevera en la arena junto a Sofía y David, observo los alrededores en busca de un lugar donde sentarme y descansar un rato. Detrás de la franja ocre de arbustos veo una casa de madera en construcción, edificios y varias personas corriendo hacia el otro extremo de la playa.
-Voy a darme una vuelta por aquella casa, quiero ver cómo construyen aquí. Vengo en un rato -digo a Miriam.
-Ten cuidado. ¿Por qué todos corren hacia allá?
-Algún ahogado, quizás.
Pongo mis sandalias en el carro, bloqueador solar en mi piel y sigo la vereda que lleva al otro lado de las dunas. La casa, como un gran esqueleto de madera, se agranda al acercarme. El olor agudo de las resinas y los tablones entra en mi nariz. Me acerco a uno de los pilotes y orino en su base; al hacerlo viene a mi cabeza el alivio, no solo de mi vejiga, sino también de mis pensamientos. Rodeo las columnas y busco la manera de subir al primer nivel, cuando la encuentro, veo a Cristian venir hacia mí.
- ¡Corre! Hay un tiburón blanco encallado en la playa.
- ¿Cómo?
- Sí, uno bien grande. Allá, ¿ves aquel gentío?
Echo a correr hacia donde Cristian señala, dejo atrás todo, la casa, el carro, a Miriam y Sofía que me siguen rezagadas. Llego y me abro paso entre la gente, escucho a una madre decirle a un muchachito rubio ni se te ocurra acercarte que aún está vivo, vuelve con tus hermanos; entonces lo veo. Un tiburón casi blanco, enorme, con la boca en forma de arco, aletea varado en la arena. Entreveo mandíbula y branquias abriendo y cerrándose como si nos lanzara un grito mudo. Más personas se aglomeran alrededor creando un círculo del cuál formo parte. Sofía, Miriam y Cristian llegan a mi lado, me pregunto dónde estarán David y Tomás, los busco con la mirada y los descubro entre la gente.
- Hay que devolverlo al agua -dice Sofía-. ¡Hay que devolverlo! -grita-. Hagan algo.
-Cálmate -dice Miriam y frunce el ceño-, cálmate.
Tiene la misma mirada del día en que volvió a casa después de haber manejado sola por primera vez. Un hombre la había hecho parar su auto al bajarse y dirigirse al pretil del puente. Luego nos contaría que quiso halarlo por la espalda, impedir que se lanzara, mas nada hizo. Se quedó paralizada y dio media vuelta hasta llegar a casa.  
La veo caminar hasta donde se encuentran David y Tomás, decirles algo y luego arrodillarse en la arena. Comienza a cavar una zanja con sus manos, los otros la imitan y poco a poco vamos agrandando el círculo alrededor del escualo. Aparecen baldes de juguete, botellas de agua vacías con las que echamos agua encima de su piel.
-Diles que tenemos que hacer un canal que llegue al agua y luego arrastrarlo con una soga. Es la única manera. ¿Cómo dices “soga” en inglés?
-Creo que es rope.
Traduzco las palabras de Miriam a los demás y alguien dice tener una cuerda en su camioneta, que irá a buscarla. Seguimos cavando, convirtiendo la zanja en un canal que poco a poco se inunda del agua salobre y grisácea. Noto menguar los aletazos del tiburón, no digo nada. Aparece la cuerda en manos del que reconozco como el padre que hablaba a su hijo de las estelas de los aviones. La atamos de la cola envolviendo la quilla y la segunda aleta dorsal. Comenzamos a arrastrarlo, debe medir unos siete metros y pesar lo que una columna barroca. Apenas se mueve, pero cuando llegamos al agua y ésta lo empieza a cubrir es como si la electricidad volviese a su cuerpo. Miriam, ayudada por el dueño de la cuerda, desata la cola y junto a nosotros corre a la orilla. Estamos a la expectativa, Miriam a mi lado respira hondo, como queriendo llenarse de todo el aire de Galveston. El sol declina en el horizonte a través de las luces del parque. Observamos al tiburón destacar con su color blanquecino en el agua oscura. No hace por nadar, las olas lo tambalean, lo devuelven cerca de nosotros. Vuelvo la cabeza hacia Miriam y entonces la veo subir la mano izquierda hasta su pecho, agarrarlo como si le doliera. El dedo índice y el pulgar se tocan por un instante.