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¡10 de octubre!

José Martí, 10 de octubre de 2017

Señoras y señores:

 

Brevísimas frases, puesto que hemos empleado tanto tiempo, por el ardor inevitable del corazón, en dar salida a las pasiones evocadas por el recuerdo y la presencia de nuestros héroes, que ya no nos queda, a esta hora adelantada de la noche, espacio ni ocasión para rebajar con frías palabras, análisis, por mecesarias que sean, por indispensables que sean en la epoca que atraviesa sin gu&ia fijo ni ideal adecuado a nuestro país, el entusiasmo que inspira a nuestras almas leales, más que el recuerdo santo de la guerra, la determinación de que una política incompleta y parcial, floja con los enemigos y despótica con los propios, no  nos  arrebate  las  conquistas obtenidas por la grandiosa unión en la muerte, por la precipitación de tiempos, con que la guerra, necesaria ayer, justa hoy como ayer, probable en todo instante, restableció en Cuba, con divino calor, el equilibrio interrumpido por la violación de todas las leyes esenciales a la paz estable en las sociedades humanas. Miente a sabiendas, o yerra por ignorancia o por poco conocimiento en la ciencia de los pueblos, o por flaqueza de la voluntad incapaz de las resoluciones que imponen a los ánimos viriles los casos extremos, el que propale que la revolución es algo más que una de las formas de la evolución, que llega a ser indispensable en las horas de hostilidad esencial, para que en el choque súbito se depuren y acomoden en condiciones definitivas de vida los factores opuestos que se desenvuelven en común.

¿Pero cómo ha de detenerse ahora a demostrar eso, ni a censurar la locura de ir dividiendo, en vez de ir juntando, los elementos necesarios en Cuba para la vida nacional ni condenar la torpeza de los que propagan una política que puede parar en la guerra, sin ir ordenando desde ahora los elementos necesarios para ella; ni a castigar la arrogancia de los que aumentan con sus prácticas imperiales los odios de un país que necesita tanto amor; cómo ha de detenerse ahora en la exposición de nuestros misterios políticos, y en estudiar el modo de ir guiándolos por entre ellos, la palabra conmovida, la palabra arrebatada a casi sobrenatural trastorno, por las memorias, bellas como poemas y serenas como juicios históricos, de este hombre sacerdotal que vio en la hora de la explosión salir de la tierra, como soles de la noche y columnas de la soledad, a aquel floró de héroes? Siente fuerzas de Júpiter el puño al recordar tantas hazañas y el pecho estremecido conoce la furia del mal y sus tormentos: ¡acaso se necesita más valor para mantenerse en esta oscuridad que para volar a imitarlos!

La palabra ha caído en descrédito, porque los débiles, los vanos y los ambiciosos han abusado de ella. Pero todavía tiene oficio la palabra, si ha de servir de heraldo al cumplimiento de la profecía del  10  de  Octubre;  si  ha  de  impedir  que  a  la  tiranía  de  un  gobierno  secular,  sucedan  con  daño público y beneficio pasajero de una casta, las tiranías civiles o militares, con cuyos estragos suelen vengarse las metrópolis vencidas de los pueblos nuevos que han tenido más valor para vencer al opresor  que  para  extirparse  de  la  sangre  envenenada  los  hábitos  de  señor  con  que  la  gente soberbia y pedantesca antes prepara que estorba el camino a las cóleras de los humillados, harto justas, y a los despotismos militares que sobre éstas se fomentan, y con los odios y pequeñeces de los políticos débiles e intrigantes se mantienen y ayudan. Todavía tiene oficio la palabra, si en vez de ir disponiendo, en un país heterogéneo y de constitución democrática, el triunfo efímero de una casta arrogante sobre un pueblo hambriento de justicia real y empleo libre de las fuerzas que le cuesta tan caro conseguir, dispone, como aquí disponemos, sin negar con los actos lo que predicamos con la doctrina, el equilibrio de los factores inevitables del país y la obra cordial de todos, para el bienestar común, porque nada menos que ella, y no señoríos pueriles y libertadores a lo inglés, es necesario para el triunfo, en el conflicto posible, y para la paz después del triunfo, y aun para la vida sana de la patria antes de él. ¡Todavía tiene oficio la palabra para recoger de anta noche hermosa y levantar como estandarte blanco, la declaración de que no nos animan odios ciegos contra el español, ni hemos de continuar esclavizando con nuestras preocupaciones al hombre negro que redimimos ayer con nuestra bravura, y murió  a  nuestro  lado,  no  con  menor gloria  ni  mérito  que  nosotros, por  conquistar,  para  ellos  y  para  nosotros,  la  libertad!  ¡Jamás echaremos  de  nuestro  lado,  antes  llamaremos con la vos honrada  y  los brazos  de  par  en  par abiertos, al hijo de España que pos ayude a reedificar el pueblo que sus compatriotas destruyen: porque no ha de ser  en  esa  fortuna  menos  Cuba  que  los  demás  pueblos  de  América,  donde  el español no vio la libertad con ojos tibios, ni hemos de olvidar que si españoles fueron los que nos sentenciaron a muerte, españoles son les que nos han dado la vida!

Y al negro le diremos -porque no hay injuria en decir negro como no la hay en decir blanco- que no  está  en  el  ánimo  de  los  que  mantenemos  el  espíritu de revolución, permitir que con odios nuevos y desdenes inconvenientes e indignos de nobles corazones, se pierdan los beneficios de aquella convulsión  gloriosa  y  necesaria,  porque  nada  menos que el ejercicio  práctico de las grandezas de la guerra  fue  preciso  para  reparar  y  hacer olvidar la injusticia que la produjo. No nos levantaremos, no, de la mesa del banquete porque seva a sentar un negro a ella, sino que, aplicando a la ley de la política la ley del amor, de que da muestra suma y constante la naturaleza, le  diremos  lo  que  me  decía  Tomás  Estrada  Palma  hablándome de su  negro Fernando: "¡Era  mi hijo!"; lo que en la majestad de su tienda de campaña decía Ignacio  Agramonte de su  mulato Ramón Agüero: "Este es mi hermano".

Y a todos les diremos: Acá en estos fríos hay corazones viriles y probados que no se impacientan por el triunfo ajeno, ni se cansan con la espera forzosa, ni se deslumbran con la osadía vulgar del despotismo, ni se aturden con las intrigas, ni se dejan sacar de camino por la pasión irreflexiva, ni
confunden el sentido con el sentimiento, ni sacrificarán su patria a una idea ciega, ni estarán en el destierro  ocioso  una  sola  hora,  cuando  por  la  perfección  de  su  propia  obra,  o  la  brusca interrupción  de  la  ajena,  o  los  insultos  repetidos  del  opresor,  reluzca  el  día  en  que,  despertando
los bosques donde cayeron con un ¡viva Cuba! en los labios, saldrán a recibirlos con los brazos abiertos  aquellas  sombras  que  protegen,  y  que   protegerán  siempre  a  la  patria,  de  la descomposición que  con  la ayuda,  ¡que  con  la  complicidad  de  sus  hijos soberbios y  torpes! adelanta a mano fría el tirano. ¡Púdrase de un lado la Isla, o púdrase toda: aunque eso no ha de ser jamás, porque la tiranía fomenta las virtudes que la matan; porque el recuerdo de los héroes y la  urgencia  visible  de  su  reaparición desvanece el influjo de los  que  no  lo  saben  obedecer  en quienes  arden  ya  por  imitarlos,  porque  a  nuestras  almas  desinteresadas  y  sinceras,  a  nuestras almas que son urnas, que son espadas, que son altares, no llegará jamás la corrupción!

Hoy mismo, evocando recuerdos, me hablaba nuestro presidente de lo que en Cuba presenció un ilustre  irlandés.  Era  la  noche.  Era  la  victoria.  Teas  de  júbilo  ciñeron  de  pronto  la  hoya  donde vigilaba  el  campamento  de  Calixto  García  Iñiguez.  Ya  se  acercan  los  triunfadores,  los  que  han quitado  al  contrario  tres  cornetas,  diecinueve  fusiles,  ochenta  vidas.  En  la  procesión  venía, levantado de codos sobre su camilla, un niño glorioso. Traía la pierna atravesada. Era horrenda la boca de la herida. Parecía enmarañada y negruzca, un bosque de sangre. El dolor le iba y venía al niño herido, a Pedro Vázquez, en olas de muerte por el rostro. Todos lo rodeaban con ternura.

No bajaba la cabeza. No abría el puño cerrado. Los labios, apretados, para que no se le saliese la queja. Al irlandés le pareció el niño sublime. ¡Nosotros somos, y nadie nos podrá arrebatar la honra de ser, nosotros somos como el niño del campamento! Heridos, en la agonía del destierro, tan cerca del hueso que no nos parece que cuelga más que de un hilo la vida, ni tíos quejamos, ni bajamos la cabeza, ni abrimos el puño, ni lo volvemos sobre nuestros hermanos que yerran, ¡ni se lo  sacaremos  de  debajo  de  la  barba  al  enemigo  hasta  que  deje  nuestra  tierra  libre!  Nosotros somos  el  freno  del  despotismo  futuro,  y  el  único  contrario  eficaz  y  verdadero  del  despotismo presente. Lo que a otros se concede, nosotros somos los que lo conseguimos. Nosotros somos espuela,  látigo,  realidad,  vigía,  consuelo.  Nosotros  unimos  lo  que  otros  dividen.  Nosotros  no morimos. ¡Nosotros somos las reservas de la patria!

10 de octubre de 1888

 

 

 

Ciro Bianchi Ross, 2017-10-20
Madeleine Sautié Rodríguez  , 2017-10-20