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Djins made in Cuba

Elaine Vilar Madruga, 13 de septiembre de 2017

Para los lectores del fandom de la ciencia ficción y la fantasía, siempre es motivo de jolgorio el descubrimiento de un nuevo autor… más aún si este llega, a los predios del combate literario, armado con el poder de una buena historia. Es este el caso de Ragnar Wilfredo Robas, un joven escritor que compone sus historias desde Guantánamo, desmintiendo así la falsa idea de una supremacía habanerocentrista de lo que ha sido nombrado, a priori, movimiento del fantástico cubano.

Ragnar, como otros autores con los cuales comparte espacio y generación, no muestra un apego textual al cuerpo mítico y temático de una supuesta “realidad” cubana ficcionalizada en los textos, sino que apuesta por el estudio antropológico, religioso y cultural de las civilizaciones orientales, fundamentalmente las musulmanas: soplo de aire fresco, quién lo duda, para el género fantástico gestado en el patio, donde muchas veces, propuestas estéticamente semejantes y fundamentadas en un mismo patrón de escritura proliferan entre los diversos autores.

Desde una periferia temática y genérica, Ragnar apuesta por lo novedoso, si bien no renuncia a gadgets propios de la ciencia ficción que conservan un especial hálito de homenaje al ciberpunk. No obstante, no se queda paralizado en el ciberpunk de sobras conocido, que ya ha dado resultados en los ámbitos del patio —y que, según mi opinión— poco de nuevo tiene por ofrecer escrituralmente, sino que deriva hacia el imaginario oriental (elemento apenas esbozado en la historiografía de nuestra literatura fantástica) y, por ende, sus manifestaciones en la escritura. ¿Resultado?: un cuento como "La noche de los Djins", suerte de tour de force que parece anticipar sagas posteriores —ojalá una novela, predica mi deseo de lectora— y el desarrollo de un universo cargado de referencias, personajes, genealogías, guerras intestinas.

Estos Djins, remedo de superhombres demonizados o espectros de poderes increíbles, parecen obedecer al deseo del autor de conquistar otros territorios del fantástico, en este caso, los universos Z. Si bien los Djins de esta historia pertenecen, por momentos, al ámbito de lo espectral, su condición de criaturas no vivas y a la par, tampoco muertas, nos hacen recordar —en una línea de pensamiento paralela— a los zombies, seres mucho más cercanos al imaginario cultural occidental gracias a cierta contemporánea tendencia de prostitución/comercialización cinematográfica que ha dejado el saldo de contadas obras memorables. No obstante, el lector no debe esperar que este cuento le muestre las usuales carnicerías gore del mundo Z: sus conquistas son contadas con ciertas dosis de sutileza —y hasta poesía— de voz y mano de la joven Fatimiya, una muchacha atrapada en un búnker, custodiada también por las tradiciones de su cultura patriarcal, por un padre castrador y una madre loca. Su única salida al mundo del amor y la ternura llega gracias a un hermano, desaparecido en la Primera Oleada. Desde los rebordes del incesto se construye la historia, matizada por cierta sensación de claustrofobia y por un fatum que el personaje narrador percibe desde los comienzos de su narración.

Locura, amores prohibidos, la caída de un imperio son los grandes ejes temáticos de esta historia. No obstante, pese a su singular calidad como escritura, "La noche de los Djins" se construye sobre una realidad estructurada en escenas, a grandes saltos que permiten vislumbrar, sotto voce, la enorme capacidad de este amplio mundo, incapaz de ser constreñido en las pocas páginas de un relato. Quizás, más que un cuento, "La noche de los Djins" promete ser capítulo de novela, cuadro de una trilogía, parte de un universo superior que comienza a orquestarse desde lo micro hacia lo macro, como toda buena historia debe hacer.

Recae siempre, sobre el autor del fantástico, cierta dosis de pesimismo, cierta culpa cuando otros escritores supuestamente “serios” señalan con el dedo la obra y el género en que esta ha sido escrita. Ragnar, desde la defensa de un fantástico que se ajusta a su mano de escritor como pieza de orfebre, rompe el estigma, la ecuación matemática de que ciencia ficción+escritura es igual a literatura de segunda categoría. Más que la muestra de este solo relato —que será siempre la esencia truncada de un proyecto mayor y tal vez aún inconcluso— es preciso imaginar la estructura completa, el edificio soberbio de una escritura culminada bajo la forma de un libro.

"La noche de los Djins" nos advierte que no toda la buena literatura se escribe en los supuestos epicentros de un cuestionado maistream literario, made in la capital. Es preciso expandir el universo de referencias, abrir los ojos hacia el también cuestionado concepto de la periferia. La literatura no tiene capitales ni obedece a reglas geográficas: Ragnar nos ha abierto las puertas del búnker de su escritura y, ¡oh, Creyente!, ¿qué descubrimientos no te esperan una vez que pises sus umbrales?
 

Ragnar Wilfredo Robas (9 de junio de 1989). Graduado de la Academia Profesional de Artes Plásticas de Guantánamo, especialidad pintura. Colaborador del periódico Venceremos. Guionista Radial. Actualmente trabajo como Especialista de Literatura de la Casa de Cultura Regino E Boti del municipio Imías. Participó en la V Edición del Evento de Literatura: La isla en Peso, Guantánamo 2015; Delegado a las ediciones 22 y 24 de las Romerías de Mayo, Holguín; Premio en Poesía categoría Adultos en el XXXVI Encuentro Debate Provincial de Talleres Literarios para Adultos, 2016, Premio en los géneros Poesía y Cuento en el Salón de Arte Erótico, Guantánamo, 2017; Premio en el Concurso para los Lectores del Periódico Venceremos, 2017.

 

 

La noche de los Djins

Fatimiya, hija de Kemal, Guardián del Reducto.

 

Dimos por perdido a Abdurraman tras los primeros acontecimientos de lo que mas tarde llamarían la ¨Primera Oleada¨. Mi padre, hombre practico educado en los preceptos inamovibles de los reductos, achacó la desaparición a alguna operación tecnoanarquista que salió mal y mi madre —lo que quedaba de ella— vaticinó en su locura que había sido devorado por los monstruos, esos que la atormentaban en las noches y que ella describía como perfectas criaturas de fuego azul.
La pobre. Desde que contrajo la fiebre del Estigma Ardiente había perdido buena parte de sus conexiones sinápticas y no andaba muy bien de la cabeza según los Preparadores del Reducto, esos que acudieron presurosos ante el llamado y los dinares abonados por mi padre y lograron extraer el fuego negro de su sangre: solo un implante de neocortex podía devolver a mi madre al reino de la racionalidad. Pero esos implantes eran caros y solo se conseguían en Aelia Capitolina, ciudad que tras la Primera Yihad, se había declarado Estado Libre de la Hegemonía y había cerrado sus puertas flotantes a cualquier mercader del Imperio.
Así que en medio de aquel caos que fue la Primera Oleada me vi rezando a los antiguos dioses por la vida de mi padre y de mi hermano e incluso unida a la cantilena alucinada que hilvanaba mi madre, la cual insistía en rezar al Retribuidor, un dios oscuro y antiguo, venerado por las primeras cofradías espaciales.
Mi hermano Abdurraman era el único que aportaba un poco de paz a aquel mundo viciado. Poseedor de un IQ demasiado alto para su casta, había roto con las normas de la familia y desde pequeño se volcó al espacio subliminal de las consolas de retroalimentación neural. Con el tiempo se convirtió en uno de los mejores piratas informáticos de Nueva Medina. Y en uno de sus más temidos Ghost.
A mí me daba lo mismo como lo llamara mi padre. Siempre lo vería como el chico dulce, de ojos enormes y azules, aparentemente inexpresivos, que vendía paquetes de información para comprarme caramelos sintetizados en la lejana Damasco.
Las hijas de los guardianes, por cuestiones de seguridad, nunca salían del bunker autosustentable que le ofrecían de vivienda a un Guardián en cuanto entraba en posesión del cargo. Pero, el día que anunciaron el nombre de mi hermano por la telepantalla, como uno de los desaparecidos en la Primera Oleada, quise romper esa estúpida costumbre antigua y solo un oportuno bloqueo general decretado por el cerebro de casa me impidió salir a buscarlo.
Recuerdo que corrí hasta la consola que mi hermano mantenía en su cuarto, intentando enchufar sus conectores a algún orificio de mi cuerpo, sin entender que mi cuerpo se había mantenido puro. Estúpidamente puro.
Extrañamente, fue mi madre loca la que me consoló en ese momento. Mientras me secaba las lágrimas y acariciaba mis cabellos hablaba de ¨los Otros¨, de sus ojos azules y sus cuerpos de fuego y de ceniza. De los grandes poderes de los djins, creaciones mutadas del gran Allah, conocido por los hombres antiguos como ¨el Retribuidor¨. Nunca imaginé que una voz tan suave como la suya pudiera ser tan convincente. Casi le creo. Casi.
Todo aquello me sonaba a blasfemia y estaba seguro de que mi padre, tan recargado en su mazdeísmo tradicionalista, se horrorizaría si descubría la nueva teología que se gestaba en la cabecita de su adorada Fátima. ¿Sería capaz de cortar esa cabeza blasfema con su espada, como lo imponía la ley de Nueva Medina? Quién sabe. Yo, personalmente, le rezaría a Marduk, Allah o hasta al mismísimo Arriman si alguno de ellos fuera capaz de devolverme sano y salvo a mi hermano. Pero ya no me sentía con fuerzas para creer.
Esa misma tarde mi padre entró armado a la casa y anunció el estado de sitio. Nunca lo habíamos visto con su armadura de combate. La enorme espada Basta, unida al guantelete de su brazo por finas cadenas, símbolo de los guardianes, lo asemejaban a un dios antiguo. Esos que le arrebataron esta luna habitable a los casi extintos pero aún muy temidos Xam de Hierro.
Usando su sangre como código de acceso personal, selló completamente el bunker. Mi madre entro en una nueva crisis de histeria y se puso a golpear la puerta, gritaba que dejaran entrar a su hijo, que él vendría en la noche, comandando a los djins. Papá la miró desde su altura y tal vez había lástima en sus ojos negros, pero toda expresión fue borrada cuando se colocó el yelmo y activó los servomotores de la armadura, luego saltó hacia el exterior por la salida de servicio.
Con la complicidad espontánea que genera el encierro, mi madre loca y yo contemplábamos por la telepantalla cómo nuestro hogar, el antiguo y hermoso reducto Nuevo Medina, era asolado por una plaga de criaturas oscuras e informes.
Desde el inicio de los reportes, mi madre se mostró extrañamente tranquila. Pegaba mucho el rostro a la pantalla brillante y señalaba de pronto a alguno de aquellos seres y lo miraba fijo, como si dudara. Yo la observaba con tristeza, pensando en cómo aquel linaje de sangre antigua y poderosa, descendiente de profetas y de dioses, había sido mancillado por la enfermedad.
Seguimos el rastro de la destrucción a través de las noticias. Ahora todos llamaban a aquel suceso infeccioso la ¨Primera Oleada¨. Aunque no se ponían de acuerdo en el estatus de aquellos seres. Los llamaban animales, criaturas de sombras, e incluso, para beneplácito de mi madre, fueron llamados Djins por un muslin errante que aceptó declarar para las cámaras y fue apedreado, días después, por  una multitud comandada por la shura de ancianos de la ciudad.
Mi madre sonreía y solo se apartaba de la pantalla para ir a rezar al pequeño altar de su cuarto. Nunca supe si por la salvación de nuestras almas o por la condenación de las mismas.
Yo no dejaba de pensar en mi hermano. Esperaba verlo en algún campo de refugiados, entre los asaltantes de algún comercio del Bazar de Bajo Medina, entre los mendigos de la zona antigua que sobrevivían milagrosamente o entre los yejudis tratantes que aprovechaban el caos para colarse en el reducto que les había sido vedado desde los tiempos de la fundación. Jamás esperé verlo entre los muertos. Nunca entre aquella turba de cadáveres palpitantes e inquietos.
Mi padre volvió sin armadura, aferrado a su enorme espada y cubierto de sangre seca. Supe entonces que no quedaba esperanza.
—Ellos siguen un designio— me dijo antes de desmayarse en el salón.
Al reponerse nos contó de las batallas imposibles, de los Otros. De su crueldad, su organización y su fuerza.
—Pueden morir —nos dijo—, pero son extremadamente poderosos y desafían las leyes del mundo con su magia y sus milagros.
Intuía una palabra que él no quería pronunciar y sin quererlo la fui formando en mis labios: ¨djins¨.
—¡El advenimiento de los Djins!—gritó mi madre y volvió a comportarse como una loca, corriendo histéricamente por todo el bunker. A duras penas logramos sedarla y atarla a una unidad de recuperación que mi padre compró para ella y nunca había querido usar con ese fin.
La calma que siguió a sus gritos fue demasiado tensa. Quise volver a las noticias pero el cansancio era excesivo e incluso mi padre se había dormido, arrullado por las plegarias inconscientes de su adorada Fátima.
Caí en un abismo sin sueños. Aun así sentía otra presencia a mi alrededor, latiendo en la oscuridad. ¿Cómo será besar a un djin?, pensé estúpidamente y quise soñar con una ciudad inmensa e indetenible, recorrida por seres escurridizos que le temían de manera servil a las máquinas cazadoras. Pero nada surgió de la profundidad de mi sueño.
Desperté con un dolor agudo y los gritos de mi madre taladrándome los tímpanos.
—¡Fátima! —grité mientras me levantaba y corría hacia la claridad que salía del cuarto de mis padres.
Fue entonces cuando vi a mi hermano. Alto, poderoso, rodeado de criaturas increíbles y diversas. Tenía los mismos ojos azules, perfectos e inexpresivos de siempre, pero ahora su silueta vibraba a una velocidad increíble, haciendo casi imposible definir sus rasgos. Al percatarse de mi presencia avanzó hacia mí, silencioso como las hojas de los murgales.
Una de aquellas criaturas se prendió del cuello de mi madre acallando de manera brusca sus gritos. El silencio repentino fue de una intensidad dolorosa y me hizo extrañar a mi padre. Lo busqué con la vista, pensando que un héroe antiguo no podía morir fácilmente, pero solo encontré, junto al altar de los dioses, su brazo derecho envuelto en cadenas y aún aferrado a la bastedad de su espada.
Mis piernas temblaron y estuve a punto de caer, pero un brazo poderoso y vibrante me aferró por los hombros y unos ojos muy fríos e inhumanamente azules me miraron tan de cerca que me entraron unas ganas irresistibles de besarlos, de perderme en ellos para siempre.
—Tranquila, hermanita, todo va a estar bien —dijo aquel djin oscuro que tenía los ojos y la voz de mi hermano, y yo comencé a llorar mientras su mano me atravesaba el pecho y apretaba mi corazón muy dulcemente.

 

 

 

 

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