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Las niñas, sus abuelas y los libros para niños que quizás no entiendan las abuelas

Enrique Pérez Díaz, 06 de septiembre de 2017

Hace poco, conversando con Eudris Planche Savón, evocaba mis inicios en el mundo de la literatura cubana para niños en una época feliz donde pequeños y mayores vivían en total armonía, en el mejor de los mundos posibles, sin contradicción alguna que resolver o dilemas existenciales por enfrentar.

En ese mundo no había adultos abusadores y llenos de prejuicios que con la mejor de las intenciones posibles llevaran a sus menores por el peor de los caminos. Los niños eran obedientes, siempre decían “sí”; se consideraba pecaminoso no estudiar o no entender a las excelentes maestras y escapar de casa (o del aula) si te sentías maltratado, y hasta era algo impensable dudar de las verdades que esgrimían los grandes o creernos que, siendo bajos de estatura, no estuviéramos equivocados.

Era un mundo de familias integradas, hermosos hogares plenos de armonía y felicidad. No se conocían las palabras divorcio, separación, inmigrantes, racismo, doble moral o disfunción. Tampoco en las escuelas pudiera haber existido algo llamado bullying (o acoso escolar) y las calles contaban con ciudadanos cooperativos, y en ellas no había niños conflictivos o abusadores, y si uno de los padres faltaba de casa, se debía a alguna noble causa.

Desde luego, todo eso era así. Pero solo en los libros. Especialmente en los libros para niños. En esas páginas tampoco existían problemas como guerra, exilio, muerte, abandono, deserción escolar, diferencias generacionales, maltrato infantil, soledad, sumisión, acoso sexual, prostitución. 

El clima resultaba bondadoso y no estábamos a punto de morir achicharrados por el deterioro de la capa de ozono y los vientos que llegan del Sahara. Las torres gemelas todavía miraban los cielos de New York y los musulmanes eran figuras exóticas, sí, postales oriundas de Las mil y una noches.

Cuando se hablaba de las abuelas, ellas eran dulces, cariñosas, hogareñas, locas por ayudar a todos y no personas sin futuro, amargadas por la tristeza y el peso de los años o con una intolerancia abisal hacia sus semejantes.

Pero un buen día reparé en que esa literatura, aunque bien escrita, bella, hermosamente publicada, poco tenía de alerta para esos niños que un buen día, como la célebre caperuza de los cuentos de Perrault, deberían salir a ese enorme y ajeno bosque llamado “mundo”. Y al escribir sobre ello, para algunos yo fui como ese malvado lobo que entra al gallinero o devora a los siete cabritos y a su madre, atormenta a los cerditos en su casa de paja o que, pertinaz y fiel en su cruel propósito, persigue tenaz a la Caperucita Roja para darse con ella el mejor de los festines.

Supongo que, a veces, decir ciertas verdades te haga parecer como un lobo, la oveja negra del rebaño o peor, que ni siquiera entres (o puedas) asomarte al rebaño. La vocación de lobo solitario no tiene por demás, otro riesgo que el de abrirte nuevos predios de caza o, en el mejor de los casos, lograr que las ovejas se salgan de la manada.

Ha pasado el tiempo. Y muchas otras cosas. La ventaja de vivir algunos años es que puedes contarlo, hacer comparaciones, establecer pertinencias. 

Y, un buen día, al asomarme a los “libros infantiles” (así dicho por muchos con cierta suspicacia o desdén) advertí que ya existía otro grupo de solitarios, raras avis en un contexto que, incluso hoy, todavía pretende convencer a los niños de que el mundo es el mejor de los sitios posibles y solo resta adaptarse a él, a sus leyes. Cuando de la mano de Ariel Ribeaux —por no hablar de mis propios textos, los de Luis Cabrera, Iliana Prieto, Omar Felipe Mauri, Luis Carlos Suárez Reyes, Teresa Cárdenas Angulo, Felipe Oliva, Rubén Rodríguez, Nelson Simón, Eldys Baratute y tantos— descubrí que ya en los libros (supuestamente escritos para niños) se decían ciertas verdades antes ominosamente ocultas de la página impresa. Entonces me convencí de que preparábamos mejor a la infancia para adentrarse en el pernicioso bosque del mundo real, que estábamos siendo consecuentes con Martí cuando alertó de que a la infancia nunca se le debe mentir.

Me acompañan hoy, aquí, dos de esos guías voluntarios, dos valerosos artífices de la pluma y del verbo “salvar” que, como guardabosques venturosos, utilizan las palabras y los sueños para acercarse a las “aristas duras o costados feos de la vida”, como pidiera Mirta Aguirre, y mostrarles a los niños (y a esos adultos a veces indomesticables) que la infancia también puede y tiene el deber de hacer mejor su entorno, o en verdad, cualquier entorno posible. Son Diana Castaños y Eudris Planche.

Camila Decastilla Sesto es una pequeña atípica, inadaptada a su medio hogareño y escolar. Desarraigada de su infancia, busca en su ilusión de la adultez el posible escape de cuanto no entiende a diario, adoptando la imagen de alguien conflictivo, cuestionador y a veces, desagradable. Pero Camila solo es fruto de una inadecuada educación y de esa inarmonía familiar por desgracia frecuente hoy en tantos hogares de Cuba y del mundo, que puede incluso destruir a cualquier menor y hacerlo agresivo, infeliz, un ente negativo y devastador para su entorno.

Con la breve novela Hermanas de intercambio, Eudris Planche Savón (Guantánamo, 1985) presenta el fuerte carácter de una niña que solo pide ser entendida y aceptada. La historia, que fuera ganadora del Premio Pinos Nuevos 2015, es de aquellas que podrían “arañar el corazón” de las almas convencionales y mojigatas. De hecho, en su momento me correspondió intervenir en su edición por Gente Nueva (que ilustró ARES) para que finalmente viera la luz, y es que el desenfado de su joven autor pone a prueba hasta al más competente editor, pues Eudris viene con esa inquietud innata de los jóvenes, que les permite saltar las barreras posibles (e imposibles) con tal de revelarnos la mágica esencia de sus contradictorias criaturas.

Si en un primer instante su heroína nos inquieta y por momentos, asusta, con su catarsis final acabamos entendiéndola un poco y agradeciendo al autor esta narración que, tras sus visos de simpatía y humor, contiene una dura y triste reflexión sobre la existencia de los más pequeños en casa.

Camila solo puede encontrar una felicidad a medias, pese a que transite por todos los hogares posibles. La crianza que le dieron no le permite ver más allá de sus narices ni levantarse espiritualmente hacia otros predios que le posibilitarían superarse como ser humano. Se asoma al primer amor con la misma fuerza que pasea por el desencanto hacia su padre, la incomprensión de su madre, el odio a su madrastra y el temor-rechazo a su abuela, mujer amargada a la que nunca entiende y a veces desea ver… bien lejos…

En la carrera literaria de Eudris esta novela marca un inicio interesante, por su atrevida propuesta y la diatriba hacia el ser humano ya contaminado por el medio, en este caso familiar. Es evidente que Eudris viene signado por la inquietud y la insatisfacción innatas ante lo impuesto, y que hace del sujeto “niño” una materia prima literaria sobre la que incidir, apostar y cuestionar. De seguir por estos caminos y con ese estudio constante y apasionado de la literatura al uso que profesa, está destinado a sorprender con nuevas historias que nos conmuevan y adviertan.

El segundo libro de Diana Castaños (La Habana, 1986), que publica también Gente Nueva con edición de Eylin Lombard e ilustraciones de Juan Darién Sánchez, la revela como alguien con un oficio probado pese a su juventud. Si con su Premio Calendario, No hay tiempo para festejos, ya me asombraba su madurez para abordar la dura realidad de un pre-adolescente en su abandono de la etapa infantil y ese poder de fabulación enorme para combinar lo real con lo onírico y lo inventado, lo sentido con lo extrasensorial, esta nueva obra nos sacude, no solo por su argumento difícil, sino por su magisterio narrativo constante, al sorprendernos y hacer que siempre estemos en vilo.

Josefina vive en una familia signada por la ausencia paterna. Una cuasi misteriosa casa cercana a la playa nos habla de un enigma que envuelve a sus parientes. Pero Jo, como le gusta llamarse, cuestionadora, inconforme, insatisfecha con su abuela Mariela, rebelde ante las convenciones maternas de Magdalena y las majaderías de su hermana Boni (facia), deviene un ente conflictivo en la historia, pues tiene un poder que pocos tienen, tejer y destejer a capricho el hilo argumental de su propia vida. Josefina es escritora. Una excelente escritora. Una escritora inusual, capaz de traficar con sus propios sentimientos a la hora de envolvernos con su relato. Solo que ella no lo sabe y lo descubrirá accidentalmente un día cuando uno de sus diarios sea analizado por… La historia nos lleva de realidad a ficción, de imposibles a probables y nos va seduciendo con una magia extraña, peculiar, difuminada entre los velos de la represión de una abuela tiránica, las máximas de una bisabuela que vive entre postres y recuerdos y un padre ausente-presente que cautiva por su apenas conocida personalidad. Diana nos entrega un libro entero, redondo, que atrapa y conmina con sus ideas a entender mejor a la infancia. “Menos mal que tengo imaginación. Eso me salva”, dice Jo como epitafio de su propia existencia difícil.

Hermanas de intercambio y Josefina son argumentos contundentes por su tema, cada una en su estilo. Hacen del humor un arma; de los niños, rebeldes que se toman su propia defensa; de las abuelas, interesantes y carismáticos personajes llenos de contradicciones y dobleces. ¡Ay del depredador de ideas novedosas que se aventure por estas historias, porque con abuelas semejantes y niñas como Josefina y Camila —que cual modernas Caperucitas Rojas se internan en el bosque de los sentimientos humanos—, no habrá lobo, entiéndase adulto, por diabólico que fuere, que salga muy bien parado.

Editado por Claudia Corzón Aput