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Mi mamá está en la cocina

Alina Iglesias Regueyra, 09 de agosto de 2017

Aunque parezca increíble, la promoción de Mi mamá esta en la cocina, pequeño libro de la multipremiada autora cubana Mildre Hernández Barrios, fue incluido por algunos medios masivos entre las propuestas de literatura culinaria para consumo adulto en la pasada Feria Internacional del Libro. Sin embargo, aun así, muchos conocedores de la extensa y variada obra para la niñez y la juventud de la creadora pudieron hacerse de un ejemplar, darle el uso adecuado y disfrutar de un relato sobre la heroína ya casi acostumbrada de la escritora, de nombre Cuasi y su amigo Gabriel, en vez de aprender de recetas de cocina, como se esperaba de la errónea propaganda realizada sobre él.

La anécdota, aunque humorística, es cierta, y encierra una gran ironía respecto al propósito de la obra, en realidad totalmente opuesto a una promoción gastronómica.

Desde tiempos inmemoriales hasta hoy, la esclavitud diaria de toda mujer es llevar a la mesa el alimento de su prole, sus progenitores y su pareja, al menos tres veces al día. La acción necesita de tiempo y dedicación, así como de saberes y habilidades, tradicionales o no, que no agradan a todas las implicadas pues resta espacio para otras labores más creativas, el trabajo o el descanso. La dependencia creada ante esta obligación impuesta por la sociedad y la familia es motivo de ansiedad y angustia para la mujer, sobre todo cuando la situación social apunta hacia limitaciones, escaseces y otras dificultades al conseguir y tener a tiempo desayunos, meriendas, almuerzos y cenas. El simbolismo y los riesgos del acto son llevados por Mildre a anécdota pura, a imagen literal, amparada por las consabidas causas: “Por el tiempo, hijo… Por el tiempo que llevo metida en la cocina”.

La historia está narrada desde la primera persona de un niño que comparte pupitre en la escuela con la protagonista. Se inicia a partir de su preocupación al ver que su mamá –quien no sale de la cocina- se ha colocado una cazuela en la cabeza, “la de hervir papas”.

La autora plasma definiciones metafóricas de situaciones literalmente reales a través de intercambios verbales que mueven a hilaridad y a reflexión a la vez y asombran por su cuidadoso tejido dramatúrgico, tanto al público lector menudo como al adulto que comparte la lectura. Al preguntar a una adolescente qué le gustó más del libro, su respuesta fue elocuente: "El diálogo”.

Igualmente revela la actitud masculina hondamente machista y patriarcal que define a las féminas nada más que como centro del hogar y como objeto de uso personal o animal doméstico del hombre. Regalo algunas de las frases más precisas: “Nosotros comemos gracias a mi cabeza” (madre de Gabriel). Se hace alusión no solo al proceso de creación que desempeña ella en el acto de cocinar sino también a que la mujer es profesional, escritora, y de su intelecto brotan las obras cuyo beneficio es empleado para adquirir el alimento. En este sentido, Mildre se identifica humanamente con el personaje al bautizarla con su propio nombre.

“Tu madre es una puñetera idea en dos patas” (padre de Gabriel). Califica el trabajo intelectual de la esposa peyorativamente y sustituye sus piernas por las extremidades de un animal o partes de un objeto.

Otra frase muy aguda y hasta dolorosa para algunos lectores chicos aparece en medio de situaciones graciosas, para mermar su impacto: “Pero la alegría dura poco en casa de padres divorciados”.

En otras escenas, Mildre defiende la autenticidad de la mujer a despecho de los cánones de belleza impuestos por los medios: la madre usualmente cela al padre de una joven rubia de ojos verdes, siendo ella trigueña, y amenaza con teñirse y ponerse lentes, lo cual el niño descalifica: “…ya no sería mi mamá sino un invento”.

Por otra parte, se propone una lectura desprejuiciada hacia el tema étnico: Cuasi se autodefine como una niña negra, de piel dura (que a los mosquitos cuesta trabajo picar porque se les joroba el aguijón) y cabello difícil de peinar. Este personaje atrevido, veraz, ocurrente, atractivo y pícaro hizo su aparición inaugural en un libro ya comentado en estas páginas: Es raro ser niña, el cual ofrece el escenario de un hogar monoparental encabezado por una madre que opta por una pareja femenina tras su divorcio con el padre de la niña. Otro título que goza de su participación es Una niña estadísticamente feliz.

En esta serie se muestra una pequeña que es “casi” todo (casi negra, casi blanca, casi niña, casi adulta, etc.), según su propia enunciación, y que defiende su derecho de existir y expresarse tal cual es, retando cualquier intento adulto de perfeccionarla.  Según Gabriel “es una niña aventajada en sucesos extraños”, por lo cual se encuentra capacitada para solucionar cualquier problema a partir de sus propias deducciones y soluciones, que pasan por meditaciones sobre los excesos de compañía y de soledad, la diferencia entre la maldad y la comodidad en el comportamiento masculino y las razones por las cuales los hombres no lloran, entre otros tópicos supuestamente extraños para la infancia.

Mi mamá está en la cocina, publicada por Editorial Ácana de Camagüey en 2016, toca puntos álgidos de la familia y la sociedad cubanas. A través de sus catorce capítulos propone un cambio efectivo, de raíz generacional (son los amiguitos de la escuela capitaneados por Cuasi quienes se organizan graciosamente para rescatar a la mamá de Gabriel y quitarle la cazuela de la cabeza -léase liberarla-), sin dejar de constituir una opción literaria amena, con la cual no pocas niñas, sobre todo, se sienten temáticamente identificadas.

La edición, el diseño general y la composición del libro son de Annalis Castillo Seguí, a partir del diseño para la colección Musa Traviesa de Luis Omar Álvarez Díaz. La corrección de estilo pertenece a Yamilet Aiello Bahamonde y las expresivas ilustraciones corren a cargo de Jorge Luis Mendoza Machín.

Mildre Hernández Barrios es miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Ha sido galardonada con los premios Eliseo Diego, Pinos Nuevos, FayadJamís, Abril de poesía en dos ocasiones, La Rosa Blanca y Regino Boti. Ganó el concurso Hermanos Loynaz en 2009 con Recetas de una gallina y mereció el Premio Casa de las Américas del año 2015 con su novela El niño congelado, y el Premio de la Crítica en 2016. En dos décadas ha publicado una gran cantidad de obras de poesía y narrativa dentro de las fronteras nacionales. En la capital destaca Gente Nueva, pero también editoriales de provincia como Capiro, Loynaz, Sed de Belleza y Oriente. Igualmente, han visto la luz sus creaciones en Canadá, Colombia y España. Muy gustados son títulos como: Cuentos para dormir a un elefante, Noticias de brujas, Cartas celestes, La rosa blanca, Cartas de un buzón enamorado y Diario de una vaca.