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Rafael Esteban Peña: Te llamarás Rabindranath

Roberto Manzano, 14 de julio de 2017

                                    

Si hay poeta popular, el que ofrecemos hoy a los lectores es un magnífico poeta popular: sólo pudo escribir cuando los cambios históricos se lo permitieron, pues su origen humildísimo lo encadenó desde temprano a la obligación y la penuria.

Si hay poesía concebida en términos coloquiales que pueda alcanzar una alta realización estética, aquí disfrutará el lector amigo textos coloquiales de una expresividad increíble. Algunos de estos textos, como Derecho romano, no podrían faltar jamás en una antología decente del coloquialismo cubano. Ni de ninguna antología, más allá de sus rasgos de estilo.

Apenas pudo publicar, pero los pocos textos que de él poseemos sus coterráneos muestran una vocación irreductible y una gracia adusta, aunque trémula desde el punto de vista afectivo, para la expresión de la experiencia, la belleza, la justicia y la esencia humana.

Más allá de las palabras empleadas, de la sencilla curva entonacional, de la imaginación sin florituras, lo que el lector captará sin falta es una grandeza de alma envidiable. Se toca su alma leyéndola, y se lee con mucho estremecimiento y respeto, y dan ganas de aplaudirle en el silencio de la lectura esa sobrevivencia que muestran sus sentimientos, escritos con palabra compartida y cristalina.

Escribió mucho de los hombres y mujeres muy pobres, de los destinos fracasados, de los obstinados luchadores contra las impertinencias del destino, de la ciudad suya de callejas y campanarios que amó como pocos, de la belleza de la mujer en flor, que le llenaba de versos los ojos, y de su infancia y los niños en sentido general, tanto como del hijo que nunca tuvo.

Fui su amigo, y mi familia lo amó como una presencia entrañable. Era una transparencia por donde entraba la luz de la generosidad y el sacrificio por los demás. A su sombra de hombre solo, abandonado de muchos, cercado de multitudes silenciosas que le queríamos sin palabras, escribió sus versos, como quien sólo da un sencillo testimonio de haber vivido sin enlodarse y haber crecido continuamente hacia la luz más alta.

                                                                                     ROBERTO MANZANO
 

 

RAFAEL ESTEBAN PEÑA (Camagüey, Cuba, 17 de mayo de 1919-26 de enero de 1997). Autodidacta, proveniente de una familia dedicada al trabajo en tabaquerías, se graduó tardíamente de contador público en la Universidad de La Habana. Comenzó a escribir poesía en la década del sesenta, gracias a las posibilidades abiertas por el movimiento  de aficionados. Obtuvo diversos premios en eventos literarios, entre ellos siete veces el Premio Rubén Martínez Villena, convocado por la Central de Trabajadores de Cuba. Publicó en revistas y periódicos. Presidente permanente del Taller Literario Rubén Martínez Villena, que sesionó durante más de veinte años en la ciudad de Camagüey.  En 1984 publicó la plaquette  Palabras de cambio, del Sectorial provincial de Cultura de Camagüey; en 1991 publicó el cuaderno poético Naufragios en la Vía Láctea, Colección Arpas Amigas, Editorial Ácana, Camagüey.


 

 NOSTALGIA DE LA CIUDAD 

Vértigo de techos rojos y calles empedradas,
musgo prendido en los ladrillos
donde el tiempo escribe sus memorias.
Nombres con sonidos de guitarras y machetes,
humo, ruido y agitación,
húmedo silencio de las bibliotecas.


Caminatas y esperas frente a las tiendas,
muchachos que hacen pajaritas con sus voces
para golpear los campanarios.


Son imágenes de la ciudad pero no son la ciudad.
La ciudad es esa punzada que nos hiere. 


 

RENACER

Es temprano.
Las fachadas tienen aún los ojos cerrados;
y vuelvo a las calles viejas
a repetir
los caminos de la infancia y buscar
bajo el asfalto
mis pisadas en el barro.
 


Un niño cruza,
sonríe sin conocerme,
y eso basta para encontrar de nuevo
el minuto perdido
entre las arrugas del cansancio.

Regreso…

Escucho el vuelo de las nubes en el tiempo
y las primeras palabras de un poema que se agarran al papel.
 


LLUVIA

Lluvia en el campo.
El fango acordona las pisadas, se fatiga la bota
por el multiplicado peso de la suela,
y la humedad,
con cinceles helados,
esculpe los cuerpos en candorosa desnudez.


Lluvia en la ciudad.
Invisibles barrotes de cristal
cercan al aburrimiento
y la impaciencia sale a desafiar al tiempo con un periódico como escudo
mientras
dormitan en las torres los relojes indefensos y la ciudad se esfumina
en los trazos de un dibujo a creyón.


Lluvia en el recuerdo.
Regresan las calles de tierra,
los tranvías,
los mercados de frutas envejecidas por el desaire,
y vuelve el muchacho
que cambiaba bofetadas con el aguacero,
capitán de navíos que naufragaban
 

—rotas las quillas de papel—
antes de llegar al tragante de la esquina.
 


PRIMAVERA 

Los domingos el parque es más hermoso
porque se llena de niños,
y el viejo que dormita en un banco
siente la alegría revoletear a su lado.


Giran los aparatos
en su encadenado mundo de cartón,
y los muchachos anticipan
en el juego hazañas portentosas.
 

El sudor empapa las camisas, las caras se ponen coloradas
y es violeta,
           orquídea silvestre, 
                           primavera.


El viejo se levanta y al marcharse
golpea una piedra con la punta del zapato
y sueña.
 


VIA LÁCTEA

No fue culpa de los reyes ni de mi madre,
pero nunca tuve una bicicleta
ni un par de patines;
cuando más —y no siempre—
un juguete de cuarenta centavos.


Yo quería tener algo bonito
y me hice dueño de la Vía Láctea;
pero eran tantas estrellas
que no podía cuidarlas.


Guardé una constelación
para el día de mi cumpleaños
y comencé a regalar las otras.


Feliz con mi riqueza,
gritaba a quienes cruzaban por mi lado:
¡Asómese esta noche al cielo
y si ve una estrella que le guste,
quédese con ella,
          yo se la regalo!
 


 

PARADOJA

De muchacho,
también tuve hambre de gloria:
quería ser un músico famoso.
Pero el violín que me regaló
un viejo mendigo
reventó sus cuerdas,
y aprendí
que no era posible
tocar la serenata de Schubert
con el culo de una botella.
 


FERROCARRILES

Aquel muchacho quería ser ferroviario
y encontraba en la estación
un cofre grande para llenarlo de sueños.


Pequeño guardavía;
rotulaba las idas y venidas
de los viajeros de ojos arañados de paisaje,
y envidiaba al gigante de gorra negra
domador del dragón de los tiempos modernos:
al hombre de botas incansables
 

que despertaba a los pueblecitos
llamándolos por sus nombres,
y se sabía de memoria
el color de cada río,
la canción de cada puente.


El hombre encanecido no tiene tiempo
para vagar por el andén,
pero sigue envidiando al obrero
de larga caravana sofocada,
y a los muchachos que esperan con el mismo asombro
el paso atronador de nuevos trenes.
 


EL LARGO TRECHO DE SUS CALLES LIMPIAS

                               Es bello el viejo que limpia las calles.
                                                     JOSÉ MARTÍNEZ MATOS

 

En la noche,
mientras el asfalto parece dormido
con las aceras en silencio,
el hombre que barre las calles de mi pueblo
arrastra su escobillón
y encuentra en los residuos de la ciudad
fragmentos de novelas repetidas:
 


desnudos vasos de cartón que guardan
la frialdad de un adiós,
papeles estrujados por el fracaso,
colillas que dicen
el nerviosismo de una espera…


Pedazos de vida arrojados al pasar
que el obrero recoge, aunque sabe
que mañana los encontrará de nuevo.
 


 

MANUELA 

Manuela regala flores.


Mientras su cuerpo andrajoso deambula
por las calles y su mente destrozada vaga
por quién sabe qué caminos,
ella va repartiendo flores de puerta en puerta.


—¿De dónde saca Manuela tantas flores?


—Las roba. Robín Hood de la poesía,
desvalija los jardines opulentos para alegrar
 los días de la gente sin ensueños.


—¿Y por qué habría de robarlas,
si todos los jardines son suyos?
¿De cuándo acá necesita pedir permiso
para ser reina de España
o darse un viaje por las galaxias
sin naves complicadas?


—No hay que discutir inútilmente.
Manuela no toma las flores de ninguna parte,
simplemente las inventa.
 


CAMBIOS

En la plaza
los adoquines se mantienen impasibles
sin recordar siquiera
las manchas de llagas
que les dejaron unos pies descalzos.


A un lado
la iglesia sigue como antes,
cortando nubes
con sus torres arrancadas
de una vieja postal;


pero falta el chofer uniformado
en espera de la señora,
y tampoco está allí
la mujer con ojeras de arcilla
que acariciaba
dos cabecitas sin peinar
mientras suplicaba una moneda.
 


SIN PREGUNTAS

Llegó a nuestro lado
con el uniforme manchado de arcilla
y la sonrisa grande
de hombre que sabe a dónde va
y lo que busca.


No preguntamos su destino.

Tampoco él preguntó cuándo salía
ni cuándo regresaba...
porque no preguntó siquiera
si habría regreso para él.


Al partir
nos dejó el dolor prolongado
de un apretón de manos
y este orgullo que sigue creciendo.
 


CREDO


No creas en la predicación
del abate perfumado de heliotropo…

Cree sí en San Vicente de Paúl...
               ALMAFUERTE

 


Creo en la poesía del dolor, de la soledad
y de la angustia
si el poeta se llama Vallejo,
que mordió las piedras del hambre
y la prisión;
compartió con la enfermedad
la palidez de su almohada,
y encontró entre los muertos la más cordial compañía.
 


 

NOSTALGIA 

Gauguin quizás.

Ahíto de luces artificiales
el pintor se asfixiaba
en su atelier de Montparnasse.

Abrió la ventana,
se asomó a la noche.

Y se quedó largo rato contemplando
las gardenias y pandanos
de la remota Nuka—Hiva.
 


CALIDOSCOPIO

La muchacha entró al comedor. Traía en su andar la prisa de una obrerita que marcha al taller y la gracia de una artista que repite su salida a escena.

Al llegar, no cesó el ruido, pero la música se hizo más traviesa, como si los artistas invisibles hubieran adivinado su presencia.

El poeta no supo qué era más hermoso en aquella mujer: si la majestad de nevado picacho que recordaba el paisaje de su patria lejana o el oro y la noche mezclados caprichosamente en su cabellera; o esa manera que tenía de sonreír como si estuviera hablando y de hablar como si estuviera sonriendo.

Una mosca interrumpió, saltando de mesa en mesa. Preguntaba con ansiedad por su amante, escapado anoche con una mosca rival. Sobre el mantel, una mancha de café divulgaba la torpeza de unos recién casados que esa mañana habían tomado juntos su primer desayuno.

Alguien observó la mosca y la mancha y dijo que el sitio era desagradable. El poeta siguió mirando a la muchacha, y pensó que era el lugar más hermoso de la tierra.
 



INFORMALIDAD  

Si la joven del pulóver negro quisiera sonreír sería más bella, pero no sonríe. El salón del palacio florentino se ha llenado de gente… gente que camina sin prisa, porque tiene muchas horas para gastar; pero ella está sola y mendiga los minutos al reloj.

En las vitrinas, casacas tatuadas de medallas añoran el brillo de la corte y se impacientan como si el minué estuviera a punto de comenzar; pero la muchacha piensa que esas ropas huelen fastidiosamente a peluca y rapé.
 
En el segundo piso, las banderas narran con insolencia las conqu istas imperiales; pero a la joven no le interesa el ruido de los sables que conocieron las arenas del Nilo y la sangre congelada en los Alpes.

En el museo hay maravillas: cuadros regateados a El Louvre, muebles tallados con escalpelos, porcelanas que sonríen como prostitutas, bustos del capitán que quiso ser dios... Y flotan también el recuento de la miseria necesaria para alimentar tanta soberbia y las sombras de los soldados que callaron sus nombres bajo cruces transitorias.

Pero la muchacha del pulóver negro no ve nada y mira con impaciencia la puerta, porque van a dar las tres y el amante no acaba de llegar.
 


TU NOMBRE

Hijo mío:
no sé qué nombre voy a ponerte
el día que me nazcas.
Pienso que podría llamarte Yuri...
y soñar que alguna vez
te lanzarás a la conquista del espacio
tripulando un cuento
de Julio Verne.
 

O podría ponerte Cristóbal…
para ver tu nombre en la geografía
cuando encuentres la isla fabulosa
escondida en el cofre
de un viejo pirata.

O sería bueno que te llamaras Aníbal…
y empezar desde ahora
a criar muchos elefantes de papel
para que puedas cruzar los Alpes
con tu armadura
cubierta de nubes.

No sé, hijo mío:
hay tantos nombres
que no acierto a elegir uno…
aunque a veces
tengo unas ganas locas
de que te llames Rabindranath.
 


VANITY FAIR


Vanidad de vanidades, todo es vanidad.
               ECLESIASTÉS 1,2


Llegó a la plaza y dijo:
Soy el Poeta
y este es mi sombrero.
Prohibidos
los arcos y las flechas,
las manzanas
y los hijos de Guillermo Tell.
 


PRÓLOGO PARA UN LIBRO QUE ESTÁ POR ESCRIBIRSE 

Estos poemas
son mi firma en la cubierta de un libro,
huellas de mis pasos
en el cemento de la calle,
gaviotas pintadas con lodo
en la humedad de una cueva,
piedras enormes
amontonadas en el bostezo de la sabana. 


Son mi nombre
arañando la pintura fresca de una pared,
profanando la solemnidad de un monumento,
haciendo sangrar la sombra de un árbol.


Un día
—más bien lejano—
algún caminante rozará mi olvido
y saltará mi voz
para gritar su presencia.
 


ESTATUAS

Bronces epónimos que blanden sus armas
para incitar a la batalla final que nunca llega,
porque después del último combate
siempre aguarda un nuevo reto.


Mármoles funerarios, compañeros del dolor y la tristeza;
lágrimas hermanadas con el rocío,
oraciones coreadas por el viento.
Ángelus perpetuo por el alma de los vivos y de los muertos.
 

Diosas paganas, pregoneras del amanecer;
cantos de alabanzas a Dionisio,
a Eros, a las ninfas y a las musas;
a los dioses que el hombre creó a su imagen y semejanza
como un himno a la vida y al goce supremo de vivirla.


Piedras, bronces, mármoles que el escultor
—dios sustituto—
insufla de vida con el último golpe de sus manos.
 


VAMOS A CAMBIAR EL TIEMPO


        ¡Vamos a darle candela al monte, al cielo!
                                    FAYAD JAMÍS

 

¡Anda, niña, vamos!
¡Vamos a remendar el tiempo
para que la mañana no se escape!
¡Vamos a despertar a los muertos
para que colmen de lunas la noche!

¡Pronto, niña, vamos!
¡Vamos a teñir de flores los caramelos
para que las abejas se queden con nosotros! 

¡Vamos a llenar de árboles el viento para que siempre haya primavera!


¡Vamos, niña, vamos!
¡Vamos a esconder el invierno
para que nadie lo encuentre!
 


DE LA SOLEDAD Y DE LA MUERTE


La vida es sueño.
CALDERÓN


¿Cómo podré sentirme solo si no soy Robinson Crusoe
 ni habito en una isla desierta?
¿Cómo deshacerme del amigo, del vecino,
de la mujer desconocida que deslumbra mis paseos,
del anciano que cruza por mi lado,
del indiferente que me desprecia?

¿Cómo despedir las alondras del recuerdo?
Para estar solo,
viajero perdido en la inmensidad del silencio,
tendría que entregar mi alma al Odio,
comprador más incompetente que Mefistófeles.

La soledad es hermana de la muerte.
Pero la muerte es un mito inventado por el miedo.
Nadie conoce su ficha personal,
nadie ha localizado su retrato en los archivos.
Ningún tribunal ha ordenado su captura.

El hombre teme a la muerte, pero es amigo del sueño.
¿Y qué es la muerte? Un sueño que se prolonga demasiado.
Despertar del sueño que creíamos vivir:
leve llovizna que borra el muñeco de tiza
que un niño dibujó en la acera.
 


MERCADO DE OCASIÓN 

Todo te lo vendo, mercader:
Mis sandalias de caminante,
mi caramillo, mis galeras,
la miel robada en el jardín de Epicuro,
mis amaneceres y mi piel.


Te doy mis alegrías de invernadero,
el rocío de mis pupilas,
los poemas que dormitan en mi sangre,
mis soledades y mi sed. 

¡No me pidas que te venda mis sueños!
 


DERECHO ROMANO 

Los suaves garfios de una mirada encadenan el silencio.
Comienza la clase
y el profesor alza la voz, pequeña pompa que se eleva
por encima de sus cabellos blanquecinos.
La conferencia, magistral pase de lista,
va descorriendo la nómina recitada siglo a siglo:
Gayo y Justiniano,
                jus civitatis,
                       res humani juris,
                                Ulpiano y Pomponio...
momias ilustres, locuciones congeladas
que escurren la lentitud de la tarde.


Pero la vida sigue allí:
en algún lejano pupitre dos manos se encuentran
y alguien cavila
y se pregunta si el amor debe ser res mancipi
asediado de trámites formales, o sencillamente res nec mancipi,
manantial que entrega sus aguas sin documentación previa.

La conferencia termina. El profesor calla
y callan los pensamientos.
Es el minuto de las preguntas.
La mirada del maestro recorre el aula
y el índice,
           severo como una acusación,
hiere a la muchacha de profundos ojos negros
y negrísimos cabellos,
la que sonríe con el secreto escondido por Da Vinci,
la que se sienta, solitaria,
en el cuarto pupitre de la tercera fila,
la del lunar en la mejilla izquierda.


Y ocurre el milagro:
la joven se levanta y repite nombres y conceptos;
sus labios, acariciados de rouge,
trazan al hablar la silueta de un beso
y su voz, tomada de no se sabe qué ninfa,
derrite la pátina de los folios enmohecidos.
 

El viejo profesor guarda sus lentes y se arregla la corbata.
Gayo busca en las Doce Tablas una definición de la belleza
no descubierta por los trovadores;
Justiniano disimula su rubor y esconde un clavel
entre los pergaminos del Digesto.
Confundidos, los sabios varones del Tribunal de los Muertos
se miran con extrañeza.
Acaban de descubrir —con diez siglos de retraso—
que en las páginas calcinadas del Romano
también florece la poesía.
 


FIESTA DE SANGRE 


Tarde de circo. ¡Salve, César, los que van a morir
te saludan! Comienza la fiesta.

Los cautivos se enfrentan a las fieras
sin más armas que sus íntimas plegarias;
los gladiadores vuelven a la liza
afanosos de matar
para tener el derecho de vivir un día más. 
 

El circo romano palpita todavía
aunque haya cambiado de rostro
y oculte su nombre verdadero.
Tarde de toros. Luces y mantillas,
ojos negros y olé, se reanuda la fiesta.

En la arena espera el bruto
aguijoneado por los picadores.
A su encuentro sale el toreador
con el corazón clavado en el capote.
¿Qué busca este hombre en el redondel?
Los aplausos por un pase de muletas
o la audacia de una verónica;
la heroica locura de apostar la vida
contra un par de orejas y un rabo;
prender su nombre, clavel y banderilla,
en una copla, un paso doble,
o en el romance de algún poeta gitano.

Bienvenidos sean los aplausos y las coplas,
los pasos dobles y los romances,
porque al salir al ruedo,
el torero se ilumina y ensancha,
y es Don Quijote, Cid Campeador,
El Hombre —universal y perpetuo—
que cada mañana sale a la arena
a desafiar la vida... o a desafiar la muerte
para alcanzar la flor que tiembla en el borde del abismo.

 

Reyna Esperanza Cruz Hernández, 2017-09-18
Roberto Manzano, 2017-07-20
Roberto Manzano, 2017-07-07
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