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Los güijes: entre el misterio, el terror… y el humor

Leonardo Depestre Catony, 16 de junio de 2017

Entre las leyendas más abundantes, divertidas y populares del folclor cubano están aquellas protagonizadas por los güijes. Mucho se ha escrito al respecto, desde los estudios acerca del origen de la palabra, hasta las muy diversas travesuras y maldades de estos seres que son, en nuestro contexto antillano, el equivalente de los duendes de otras latitudes y culturas.

Los primeros textos lexicográficos cubanos le dan entrada como "jigüe", voz indígena, para después aceptar "güije" como sinónimo del primero, por lo que constituye una metátesis lingüística. Pero en la mitología cubana es güije la denominación que se le da. En cuanto a su fisonomía, existen multitud de rasgos siempre coincidentes pese a ser una creación de la imaginación: un negrito pequeño y desnudo, de piel brillante y cubierto de pelo. También es enamorado y juguetón.

El fantasmita que aparece a ratos en algunos ríos y desaparece de inmediato cuando se pretende agarrarlo, es protagonista de los más inverosímiles episodios. Es un mito de los campos, no urbano, y con el desarrollo educacional de la población ha dejado de ser una criatura temible para convertirse solo en una leyenda simpática, un mito, quizá el más importante de la mitología cubana.

Las travesuras de los güijes, recopiladas por el folclorista Samuel Feijóo en su valiosísima Mitología cubana, nos llevan a pensar en la muy fértil imaginación de quienes los crearon para que perduraran como parte de la tradición oral de un pueblo o una región. Llevado a la letra impresa, hoy los güijes con además un personaje literario. 

Y como de esta sección siempre espera el lector un poco de humor, entresacaremos algunos episodios a tono con La Telaraña:

Mi papá tenía una finquita por la zona de La Maya y nosotros íbamos los domingos a bañarnos en la zona del arroyo.
Una mañana, mientras estábamos jugando en el agua, sentí una mano muy fría que me tocaba entre los muslos. No dije ná, para no asustar y que no se fueran a reír de mí. Al poco rato mi hermana dio tremendo grito y dijo que un hombre le había cogío la nalga. Una muchacha que cocinaba en casa de los viejos salió gritando.
-¡El güije, coño, el güije!
Imagínese la corredera… Después de aquel susto no volvimos a bajar al arroyo.
-No, no se ría, que a mí también me agarró la nalga. (“El güije lascivo”).

El güije, además de enamoradizo como vemos, podía hacer otras diabluras, porque era criatura de buen apetito, mucha agilidad y en consecuencia inatrapable:

Una vez pasamos mi hermano y yo por Poza Redonda, eso está cerca de Camajuaní, con rumbo a Remedios. Dejamos una barra de dulce de guayaba en la orilla de la poza y nos tiramos; el agua estaba buena.
En eso vimos salir un güije de alguna charquita que estaba al lado y cogió los paquetes de dulce de guayaba y se metió en la charquita otra vez. Nosotros, desnudos, juntos le caímos atrás pero con un poco de miedo.
(…) Luego nos escondimos un rato pero no salió en toda la tarde.  (“Güije ladrón de dulce de guayaba”).

Es curiosa la manera en que el güije, un personaje que se remonta a los tiempos de la mitología indocubana, se mantiene presente en multitud de circunstancias de la vida del campesino, entre ellas sus juegos, el de pelota específicamente:

En el potrero que había en la parte de atrás de la casa de los Pepillos nosotros teníamos un “plan” de jugar pelota.
Como a mediado de juego fue a batear Gelio, un guajiro muy fuerte, parecía un escaparate. Aquel guajiro batea y mete la pelota por casa del carajo, en el mismo charco, sobre las piedras. Y yo fui a buscarla, me tiré al charco y cuando iba llegando al medio veo un negrito que se encarama en las piedras de la chorrera y coge la pelota. Tenía pelo, rabo como un mono y los ojos muy grandes, como los de una vaca. ¡Aquello era el diablo! (“Yo vi al güije con mi pelota”).

Esperemos que la urbanización, la pérdida de arroyuelos y otras fuentes de agua, no traiga consigo la desaparición de los güijes, para que sigan ellos haciendo travesuras que enriquezcan nuestro folclor y nutran nuestra literatura.