Apariencias |
  en  
Hoy es sábado, 22 de julio de 2017; 10:37 AM | Actualizado: 20 de julio de 2017
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 299 | ver otros artículos en esta sección »
Página

Junto a Las raíces del tamarindo, con Sindo Pacheco

Alina Iglesias Regueyra, 17 de abril de 2017

Con motivo de la celebración de los treinta años de la Asociación Hermanos Saíz, Sed de Belleza Ediciones, de Villa Clara, sacó a la luz en 2016 un texto escrito hace ya varios años pero nunca publicado en Cuba: Las raíces del tamarindo, del cabaiguanense Gumersindo Pacheco, nacido en 1956, y con una obra destacadísima en los predios de la literatura para la niñez y la juventud cubanas, a pesar de residir actualmente fuera de las fronteras del archipiélago. En la Feria Internacional del Libro de este año fue presentado por su autor.

Ya en nuestras páginas hemos reseñado varios títulos salidos de su pluma, como María Virginia mi amor, María Virginia está de vacaciones y El beso de Susana Bustamante, todos dentro de la Colección Veintiuno de Gente Nueva. Y este título al parecer se le escapó a Gente Nueva para ir a dar a otra casa editora muy gustada por sus atrevidas proposiciones.

Es la narrativa de Sindo una invitación al cuestionamiento y la ruptura constantes hacia contenidos complacientes y edulcorados acerca de la infancia y la adolescencia en su país natal, que en determinado momento abundaron en la literatura del patio. Con visos tragicómicos que van de un extremo a otro, el autor nos dibuja aquello que duele y aquello que produce el mayor gozo, en un equilibrio a veces tambaleante, perfilando etapas temporales difíciles que poco se abordan en las clases escolares de historia.

Esta novela, realista y crítica, fue finalista del prestigioso Premio EDEBÉ y luego publicada en 2001, en Barcelona, España. Narra las peripecias de Tony, un adolescente cubano sumido en contradicciones propias de su edad, pero llevadas hasta un estado de rebeldía que oscila entre el enojo y la depresión, debido a conflictos escolares, familiares y sociales típicos del último decenio del siglo XX cubano, cuando la economía tocó fondo junto con los valores morales, ante la sorpresa y el reacomodo por la caída y posterior transformación de paradigmas socioeconómicos y políticos que parecían inalterables.

Un amplio sistema de personajes se divide entre el ámbito de la escuela y el de la familia, aunque ambos se interrelacionan con frecuencia a lo largo de la lectura. Los caracteres se encuentran bien definidos y responden a sus respectivas caracterizaciones en cuanto a edad, sexo, ambiente, educación, historias de vida y profesiones con que se presentan cada uno, inmersos en sus diferentes conflictos existenciales.

El padre de Tony está preso por delitos económicos o por una trampa que le tendieron colegas inescrupulosos. En todo caso, la causa nunca llega a saberse claramente, y esa nebulosa en que se encierra la mayoría de los caracteres que lo rodean exacerba el pesimismo que nubla la atmósfera de la narración de principio a fin. La secuencia de la croqueta, casi al inicio, es una pincelada tragicómica que sobresale entre toda la pesadumbre restante, para animar y a la vez caracterizar el tono que tomará la novela.

Desde el mismo título, Pacheco se reafirma en su nacionalidad, a partir de esta fruta cubana cuyo árbol identifica la finca de los abuelos, lugar de reunión y consenso donde confluyen la herencia española y la más auténtica cubana. En las raíces de la planta se mata y prepara el puerco que, simbólica y prácticamente, dará sustento a la familia; así, su sangre que “se iba coagulando poco a poco al contacto con la tierra”, queda tras ese endurecimiento, tras esa crispación, como una especie de bautizo o confirmación de identidad del grupo familiar extendido, pues a la singular cena se invitan tíos y primos que vienen de lejos a ayudar y a festejar. También se celebrará la cosecha tabacalera, el fruto de la labor. Al respecto, se describe con amorosas pinceladas las ceremonias de preparación de los cujes del tabaco, el pesaje de la vega y los variados platos típicos que amenizarán la fiesta, cual ritos anuales típicos del campo cubano más autóctono, en un segmento donde la descripción resulta amena e interesante y la minuciosidad y autenticidad de los detalles compartidos por el autor permite al lector percibir aromas, degustar sabores, experimentar emociones y llenarse la vista con el paisaje y las costumbres de los personajes.

Las escenas familiares íntimas contrastan con la vida social y escolar. La negativa a entrar a la escuela cada día por desmotivación, los discursos esquemáticos y repetitivos de los maestros y del director, los prejuicios machistas, vicios como el alcoholismo extendidos entre la juventud, la angustia de la madre, los efectos secundarios de la separación de los padres, la muerte de la abuela querida, la decisión del mejor amigo de abandonar el país por fuertes razones explícitas y su posterior desaparición, son acontecimientos que marcan violentos puntos de giro en la diégesis, los cuales llevarían al protagonista cuesta abajo irremediablemente de no ser por la salvación que trae consigo ese sentimiento curativo que es el amor.

Mas ni siquiera en este sentido Sindo Pacheco plasmará cursilerías vanas a través de acciones diseñadas progresivamente y diálogos efectivos: el personaje encontrará sutilmente este apoyo universal no solo en la grácil figura de Maité, la fiel novia soñada, sino en la compañía y soledad de su padre, ya en libertad; en su trabajador abuelo, que le transmite su tristeza y empeño de emigrante canario; en sus abuelas, siempre urgidas de alimentarlo a pesar de sus negativas constantes; en el esfuerzo de su madre por reconstruir su vida, sin pensar siquiera un instante en dejar al hijo fuera de ella. Conocerá igual los riesgos de la ambición y las ilusiones engañosas, al saber de la desaparición de su amigo en el mar, a pesar de todas las precauciones tomadas, materiales y espirituales.

El final no se cierra por completo, aunque la mayoría de los conflictos encuentran solución: queda la interrogante del primer noviazgo que se aleja y las nuevas tentaciones, no menos acertadas, que rodean al muchacho y que el autor deja en suspenso. Queda un libro bien construido, de fluida lectura, sólida estructura y buen manejo dramatúrgico para disfrutar, conocer o evocar.

Con una evidente excelencia en el trabajo de edición y diagramación de Déborah García, de corrección estilística llevada a cabo por Miriam Artiles y el expresivo diseño de cubierta de Héctor Gutiérrez, invitamos a leer Las raíces del tamarindo, título que nombra ese lugar específico donde la sangre penetra la tierra y las plantas se afirman para dar sus mejores frutos: todo un símbolo este de los árboles dentro de la actual literatura cubana que, fructificada lejos o cerca del archipiélago, va en busca de sus raíces.

 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas