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¡No soy un héroe!

Alina Iglesias Regueyra, 17 de marzo de 2017

En la recién concluida 26 Feria Internacional del Libro Cuba 2017 tuve el honor de presentar en su sede del Pabellón Cuba, el libro titulado ¡No soy un héroe!, del escritor villaclareño Idiel García, gracias a la amable invitacióndel colectivo de la editorial Áncoras, de la Isla de la Juventud, que lo publica este año.

El autor nació en 1980 y ha dado a la luz varios libros de poesía, como los titulados Los días de mi muerte, por la editorial Capiro en 2007, y El jardín de las delicias, por Sed de Belleza en 2010. También Cementerio de sombras, en 2013, y Manual de las ilusiones, en 2015, ambas por Capiro, siendo este último Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara en el año 2014.

Obras suyas han merecido reconocimientos como el Premio Nacional de Cuento César Galeano de 2011, el Premio Nacional de Reseña Crítica Segur de 2012 y el Premio Internacional de Poesía Ángel Gavinet en Finlandia, el mismo año.

Idiel ha publicado en Cuba la novela para jóvenes Déborah y las abejas, en 2016, así que esta no es su primera incursión dentro de la literatura infanto- juvenil. ¡No soy un héroe!, a pesar de que entronca con la corriente contemporánea de la literatura para la niñez y la juventud en Cuba, hiperrealista y crítica, está enfocada en varios postulados respaldados por la psicología de las edades a las cuales va dirigida, que le otorgan un atractivo y una originalidad notables.

En primer lugar está la rebeldía, que nos llega a través de su propio título como un clamor, un reto, una protesta contra la imposición adulta conformada por padres y maestros generalmente, quienes a través de instituciones como los medios masivos de comunicación, la familia y la escuela, utilizan la imagen –falsa o real– de los héroes –imaginarios o históricos– para la formación de los más chicos.

El título es, entonces, una negativa rotunda a seguir ejemplos, un intento de buscar el “yo” más personal sin vencer pautas prestablecidas, una declaración de autovalidación individual, un reconocimiento que dará al traste con el mismo postulado: al final comprobaremos que todos somos héroes de nuestra propia vida y de la historia social que construimos en colectivo, por lo cual merecemos un respeto recíproco basado en el conocimiento y la comprensión del otro.

A través de su personaje protagónico, Carlos, y durante 25 capítulos, el autor nos presenta a una familia compuesta por la hermana Camila y su novio Lennon, nombrado de esta manera debido a su gusto por el rock; un padre ausente y un grupo de condiscípulos: Luis, el Ogro, los gemelos, con caracteres muy bien diseñados e historias de vida contundentes. Igualmente se presenta el primer amor de Carlos, una muchachita de nombre Natacha, quien sufre los maltratos de su padre alcohólico.

La novela es escenario de familias disfuncionales muy comunes en la actualidad social cubana, donde además del alcoholismo se dan otros fenómenos como la soledad, la violencia, el abandono filial, la pobreza moral o material, y la emigración.

Dentro del argumento destaca también, no solo el cuestionamiento de conceptos como el de héroe, sino la validez de la Historia, al presentarse esta como versión de la realidad ofrecida por un grupo de poder o por los vencedores de una contienda, por tanto, una situación adulta pasada, que puede ser modificada tendenciosamente para el presente. En este caso, el libro alienta a la investigación histórica en los niños, instiga su curiosidad ante las anécdotas y vivencias personales que conforman la historia colectiva, social, y no el burdo recuento de causas y consecuencias que se imparten en la asignatura escolar, como precisa muy claramente uno de los personajes adolescentes.

Hay también un rechazo visceral a la guerra en estas páginas. De hecho, se emplea la mayúscula para nombrarla, se le personifica, se le marca con intencionalidad negativa, al igual que Los Otros, los enemigos, desconocidos las más de las veces.

Todo el que no sabe cómo es de horrible una guerra puede decir que ha sido necesaria. Las guerras son siempre la última salida. Es como un suicidio, el grito de desesperación e impotencia de los pueblos. Pero nunca es necesaria una guerra. (…) Las guerras le quitan al mundo cientos de poetas que no llegan a escribir sus versos, miles de novias que no llegan a ser quemadas por el amor, millones de niños que no llegan a correr por los prados y parques de los pueblos, que jamás iluminan con risas las casas solitarias de los soldados, porque los soldados no tienen casas. O mejor, las casas de los soldados son sus tumbas. (p.76)

La guerra, fracaso de la inteligencia humana, de su capacidad de negociación y raciocinio, antítesis de la paz, ligada a la destrucción del ser humano, se refleja en los cuentos del anciano, algunos demasiado terribles para los lectores, quizás pensaríamos, pero no menos horrorosos de lo que vemos diariamente en juegos de computación y televisores. Por tanto, es necesaria su presencia en la lectura y su esencia puede ser aprehendida adecuadamente en estas páginas.

La fábula paralela y simbólica de Jesús, otrora niño, hijo de José y María, bíblicos solo en el sentido de su tradición de gente de pueblo y de su sacrificio ulterior, imprime a la obra esa profundidad que brota del recurso de la contraposición permanente entre apariencia y realidad, manejada con sabiduría por el autor. De ser brujo devorador de infantes, este personaje pasará a ser el mejor amigo del grupo menudo, quien les ayudará a conciliarse con su entorno, con sus padres en tanto pasado, con su presente, y a prever el futuro, con vistas a mejorarlo. Veterano de las guerras de África a quien le falta una pierna, habita en soledad en un cuartucho de madera destartalado en medio de un patio descuidado, acompañado por la imagen de Félix Varela encuadrada en la pared, y una bandera cubana, ambiente icónico de ideales y frustraciones patrias.

La vida se presenta para los niños como un misterio a través de la metáfora de los almendros, de sus semillas que llegan a dar ejemplares fuertes y protectores, y también raíces, todo un simbolismo que homenajea la novela de otro joven talento: Daniel Zayas, con La sombra de los almendros, premiada, publicada y comentada recientemente en estas páginas. En este sentido, los árboles refieren la importancia de la unión familiar, y de la necesidad del amor y de la protección de los padres, indispensable para todos los pequeños sin excepción.

Las expresivas y finamente dibujadas ilustraciones de Yailex Martínez Ortega animan, cual mundo paralelo, el texto cuidadosamente editado por Déborah García y corregido por Daniel Zayas Aguilera. El original diseño de Ailín García González, su propuesta de formato a mayor escala que otros ejemplares logrados por la casa editora local, hacen de esta novela una pequeña obra de arte que debería integrar las bibliotecas escolares y hogareñas.

La novela abunda en recursos literarios más allá del plano simbólico y metafórico, de las historias paralelas y de las distintas líneas dramatúrgicas, al mezclar en sutiles dosis diferentes géneros como la lírica, en poemas de amor; la epístola, en cartas que se intercambian los personajes; y la narrativa, muy bien llevada en este relato desde el mismo comienzo, cuando nos lanza literalmente en medio del conflicto desatado tras caer la pelota por accidente en el terreno del temido brujo, quien, por desconocido, es tildado de hostil, arrogante o peligroso. Un contexto equívoco que se da cuando existe un rechazo o temor a enfrentar los propios miedos, sean individuales o grupales.

¡No soy un héroe! Mediante esta negación tan positiva en forma de novela para infantes y adolescentes, Idiel García invita a todos los lectores a recoger su propia pelota.

 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas