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Escuelita de los horrores llega a la colección Veintiuno

Alina Iglesias Regueyra, 16 de enero de 2017

“A todas mis maestras, sobre todo a aquellas que me dieron cocotazos, pellizcos, cintazos, y que, obligándome a repetir sin razonar, sembraron en mí la maravillosa rebeldía que enseña a pensar”.

Así escribe Enrique Pérez Díaz en las primeras páginas de su Escuelita de los horrores, una novela finisecular reeditada muy recientemente, en 2016, para suerte de todos. Hay más dedicatorias, todas loables, pero esta en específico es la que invoca los motivos del libro, publicado por primera vez en Cuba en el año 1999 por Ediciones Unión, de la UNEAC, dentro de la colección Ismaelillo, en edición financiada por el Fondo de Desarrollo para la Educación y la Cultura. El volumen contó en aquella oportunidad con el trabajo de edición de la reconocida escritora y filóloga Ena Lucía Portela.

Para suerte de los seguidores de este prolífico autor, promotor literario, periodista e investigador, el título vuelve a aparecer dentro de la Colección Veintiuno que él mismo ha creado y que viene nutriendo desde 2007, muy a tono con sus postulados básicos de defensa de la infancia a ultranza, por encima de criterios adultos que frenen su crecimiento a través de maltratos físicos o psicológicos de diversa índole.

El relato, de dinámica dramaturgia, atrapa desde el inicio, chispeante y vivo como el protagonista de once años que pudo ser el propio autor, pues ambos ostentan el mismo apodo de "Quique", a pesar de aparecer registrado como Rigoberto Fidelio Apolonio Pancrecio Bicicleto Monopatínico del Transvaal, y se inicia cuando los padres deciden irse a trabajar al extranjero y sus abuelos resuelven matricularlo en un internado donde se ve obligado a convivir con descendientes y familiares de Drácula, Frankestein, el Hombre Lobo y otros engendros clásicos del género fantástico. El autor narra en primera persona del singular, manejando con destreza los recursos del suspenso y el terror literario, como vemos en algunos pasajes:

Sintiéndome el ser más desgraciado del llamado planeta Tierra, el más abandonado por todos, el menos querido, el desterrado sin retorno -una especie de Oliver Twist de los tiempos modernos- cerré con fuerza mis ojos pues no quise ver, no, qué clase de criatura horrorosa y espeluznante aparecería por ahí en cualquier momento. (…)

A cada momento creíamos ver sombras huidizas que se reflejaban en los opacos y sucios espejos, ruido como de pasos sigilosos, rozar del viento en los apolillados cortinajes de las ventanas y hasta el chirriar alarmantemente cercano del pomo de alguna puerta que inútilmente alguien trataba de abrir en la oscuridad.

La narración se halla plagada de recursos de la novela gótica, el humor, la ironía y alusiones intertextuales a otras obras y autores como Julio Verne, Mary Shelley y Franz Kafka, pero siempre manteniendo un paralelo sutil con la realidad mediante guiños maliciosos evidentes en diversas secuencias y descripciones, con el objetivo de hacer pensar en los derroteros de la actual educación institucional infantil y juvenil en cualquier parte del mundo.

Desde el punto de vista de su argumento podría pensarse en una imitación cubana de sagas de referencia en el mercado internacional de literatura infantojuvenil, ya aparecidas desde 1997, como Harry Potter; sin embargo, para nada se igualan Quique y sus amigos al mago inglés y sus seguidores o adversarios, a pesar del ambiente perniciosamente mágico que los rodea: es esta una historia donde los personajes son infantes muy comunes, cada uno diseñado en toda su complejidad física y psicológica, con botas ortopédicas, aparatos odontológicos, espejuelos “fondo de botella”, narices deformes, cabellos ralos. Los antagonistas, al contrario, son esas profesoras brujas que solo piensan en amedrentar a los pequeños, encerrarlos y evitar que vuele su imaginación.

Para quienes somos hoy ya adultos, el volumen constituye una advertencia segura para mantener la memoria atenta al presente y no repetir los mismos errores de antaño, pues al plasmar situaciones críticas e hilarantes, el autor deja bien claro su admiración hacia losbuenos maestros, esos que hacen gala de una eminente pedagogía al pararse delante de un aula sin mayores recursos que su talento y su formación para la enseñanza: apenas alzan la voz, y su erudición es tan disfrutable como el mejor de los paseos. Con un buen maestro no hay alumno holgazán, entretenido o indisciplinado, pues el magisterio es un arte que requiere de vocación, don tan necesario y evidente en cada faena como en esta de escritor, donde Enrique Pérez Díaz se luce desde el protagonismo de su héroe y captura el corazón del público lector menudo -y no tanto- que lo admira y lo sigue.

Publicada en México y Ecuador, Escuelita de los horrores obtuvo el Premio Puertas de Espejo de la Biblioteca Nacional José Martí de La Habana en dos ocasiones: 2007 y 2015, al ser la obra de mayor demanda entre los más jóvenes lectores cubanos. Celebramos así esta inclusión merecida entre sus similares de la colección Veintiuno de Gente Nueva.

Editado por Yaremis Perez Dueñas