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Poesía de Elizabeth Lores Torrell

Tropos, 15 de mayo de 2015

A veces sale una voz y dice su palabra, y luego entra de nuevo en el silencio, como mismo emergió en la elocuencia de un día. Pasa con todos los seres humanos, tanto en los planos físicos como en los espirituales. Pero en la poesía pasa más, porque es un arte muy difícil de socializar, y en un mundo que apuesta por las competencias materiales y el brillo morado del dinero, esa prontitud para esfumarse es mucho más drástica. Hay que aceptar, aunque sea con dolor, que el mundo de hoy no brinda por la poesía.

Esto me viene a la mente leyendo la poesía de Elizabeth Lores Torrell. Como podrá ver el lector por sí mismo, sin que ningún reseñador se lo cuente, esta voz tiene condiciones para la poesía: domina cuál es su lenguaje, las pautas más frecuentes en que se manifiesta, los sentimientos que vierte, los asuntos que maneja. Aquí hay un testimonio de un indiscutible talento. Sin embargo, esa voz se me ha perdido en el silencio: en qué sitio del mundo vive Elizabeth Lores Torrell, saben los que la rodean que es poeta fina, sigue escribiendo aún con su gracejo peculiar, con su sutil elaboración subjetiva?

No importa, en realidad: aquí están estos versos suyos, henchidos de verdad amorosa, de total capacidad de entrega, para que el lector —que no es nunca ese enemigo que se imaginaba Baudelaire— disfrute la espontaneidad recóndita de la verdadera poesía, que es como un vino alucinante que sube efervescente de la sangre, atraviesa resonando los ojos del espíritu, entra en caracolas invisibles, y sin necesitar que haya libros o convocatorias para premios, ondula en el viento de la palabra como si alguien nos estuviese mirando directamente a los pechos y escribiera con dedo de vidrio la letra púrpura del corazón.

ROBERTO MANZANO

Elizabeth Lores Torrell (Guanabacoa, 1970) ejerce como odontóloga y colabora en la promoción de la literatura infantil. Premio de Décima Angelito Valiente en 1995. Textos suyos han sido publicados en revistas nacionales y extranjeras, sobre todo españolas. Ha publicado Don Cepillo canta (Ediciones Extramuros, La Habana, 2004). Ha obtenido diversos premios en Encuentros―Debates de Talleres Literarios municipales y provinciales.


EL REFUGIO DE LA LUNA

1

Amor, la felicidad se vuelve remota
cuando la ilusión se margina en la quietud de un beso.
Te prohíbo que escuches ese rumor que nos cambia.
Ven a sumergirte en este húmedo génesis,
que ya no es salvo este cuerpo que te desea;
no me ofrezcas la ausencia
de esa humedad tuya que nos reúne.
Te prohíbo buscarme allá lejos:
si estoy aquí, y soy tuya, de modo ya constante,
dentro de la estrategia de tus buenas noches y de mi celo.
Ven hacia el ritual desordenado donde dices: Quiero.

2

Ilícito eres, tierno y de ella.
Tu ternura se asienta en mi nostalgia,
en un sutil desnudo cuando amanece.
Tus manos son el río,
la humedad que desobedece a otras manos
y a este tema sediento por tus labios.
Cuánto de nunca me trae tu amarillo
y el verde que gatea en algún lienzo donde escribo que te espero,
donde agito esta paleta de colores que solo yo conozco
y es el aroma de tu piel rosácea al caer las hojas.

3

Divísame, soy la mancha de sol,
aunque es efímera la distancia para el pensamiento.
Se escurren tras tu aurora los colores,
son colores que emanan de mi piel, colores profundos.
Divísame en la sombra que se pliega,
en el reposo de la luz, en la voz de los pájaros.
Qué procuran los pájaros si no es el gorgoteo de los árboles,
la música que silba en mi ventana.
Divísame azul y dibujada, movimiento del verbo,
cadencia de las almas cuando se levanta el mar.
Van a cerrar las puertas de la ciudad,
escucha ya el pregón.
En la informalidad de la noche
un joven llora y canta.
Divísame, no temas a este viento sur que se desata:
narremos a la luna el color de la tarde,
los muros, el azul, la primavera de diciembre,
las fortificaciones, las alas, la ciudad…
Es el silencio que te avisa de la vida, que te previene.
Es el cuestionamiento, la razón, el desenfado, y besarte:
la pasión, la ternura, la sinceridad, y mirarte:
todo esto que sucede cuando la ciudad se pierde
entre la gente, y yo te abrazo!

4

Tu corazón tomó mi mano
y danzamos en círculos azules.
Penetramos en el laberinto,
en el recodo violáceo.
Tu corazón formó una flor entre mis labios,
se adentró vía sanguínea
y en el lugar más tibio y rosado dejó su semilla.
Sus círculos naranjas lo fueron distanciando
a golpes de calor,
a dentelladas de huracán
furiosas de amarillo
hasta que obtuvimos este fruto verde.

5

Gracias por venir a construirme el mediodía.
La noche deseaba quedarse, segura
de que nadie podría desplazar su media luna.
Quizás pensó en sus raíces hondas
y en mi pobre apariencia.
Se abofeteó con tu llegada a la soledad
y los colores incendiaron la nostalgia.
No sabes cuánta indecisión está quemando
estos colores, cuánto mundo paralelo
se me adelanta a socorrer los pasos.
Se ha abierto la luz cuando mirabas, y del rojo intenso
ha brotado tu mano como una nota semifusa.
La música avanzó a ritmo de corazón,
bailamos tan unidos que deshice mi piel
en graves amarillos apenas nos rozó el sol.
Mi mano al tocar/no tocar la tuya se consumía
procurando razones para no perseguirte:
por eso aún estoy aquí y puedes encontrarme;
pero si un día vienes y no me encuentras,
siénteme inmaterial a tu lado, buscando
el modo de volver a verte!


EL PLANETA DESNUDO

A punto está de llover pájaros.
Su cesta de amarillos trae el azul. Mimetizamos.
Soy el verde del que penden las frutas.
Temo al viento y a los pájaros.
Tú eres la casa que lleva a cuestas los nidos y las flores.
¿Dónde andará el rocío?

* * *

Grueso estío, el pudor me talas.
En ti busqué abrigo, el comienzo.
Si te miro me naces. Eres agua.
Y tu humedad me diluye, me estaciona,
se arrepiente de esta gota donde vivo.
¿Qué sigo buscando? ¿Qué pretendo
sembrar en nuestras casas?
¿Qué hacer de las lunas,
del contorno de un lirio que te llama?
Ya te unes por siempre a mis temores,
me voy contigo si te vas al eterno círculo de lluvias
que desde mi ventana habla, llora.
No eres el transeúnte, la piedad, la boca:
tu nombre va espinando mi garganta y precipita mis ojos.
Cada gesto me desaprueba la esperanza.

* * *

Me arremolino, deliro: en una de mis cabezas
estoy tímida, sin cuerdas ni clavijas.
He gritado tu nombre a los que pasan,
lo he escrito en las paredes:
las letras se me tornan brazos, me sacuden:
pero no sé qué parte de mí es ya la legítima.
Existo a veces, o lo creo si llaman:
Elizabeth, y vuelvo de las vidas que tuve, y ya te pierdo.

* * *

Yo, que soy el granizo, la hojarasca que duerme,
el vendaval, la hoguera, te estoy llamando desde un lapso
en que esta parte de mí no me encuentra.
Te estoy llamando
sin la sospecha de la aurora
que te busca de cómplice, de estación, de madreselva.
Me asomo, me desnudo,
en puntillas recorro tu olor a soledad
que me provoca el reflejo de una soledad exhausta:
tu ausencia. Lloro, declino, te pierdo.

* * *

No me traigas el viento que me asusta,
ten compasión de los que gimen tras las paredes blancas:
resulta lícito dar comida a las aves.
Sólo apago tu sombra para quedarme quieta.
Apenas rememoro el hilo de algas
que me tejía los enlaces más tiernos,
aunque aún la borrasca golpea
al corazón y sus latidos.
Por aquel soplo de ciudad callada
que brilló en tu mirada esta tarde,
yo supe que te amo, que te he buscado siempre,
que tengo la misión de perseguirte:
no importa que resistas, que te afanes,
mis dedos son una multitud de manos
y te buscan desnudas como selvas.
Tendidas van las sombras, los augurios
déjalos a la luz. Regrésame el plumaje.
Escapa de mí, huye, que aunque te cubra
la palidez lunar siempre te encuentro.

* * *

No puedes aprenderme, me busca tu inocencia:
por eso te deslizas y te permito ser noche rendida,
sin el parto precoz de la luna o el silencio
que se descubre pisoteando hojas.
No cedo tu premura a la mañana, ni siquiera
le pido que me entienda,
y si el duelo es eterno, y el verde y la ternura
me devoran, recuerda, ya serás siempre el planeta desnudo.


SONETOS PARA DESPUÉS

I

Sin conocerte, sin haber amado,
no hacían medias de aguas en la arena:
cómo pensar que un canto de sirena
bajara penetrando en mi tejado.

Antes de amarte, vendaval, pecado,
arpegio, resplandor en mi melena,
mi paso era una estela de ballena
en busca de un azul deshabitado.

Un canto, una raíz, un sol que apaga
la vida de un botón de rosa nueva,
un eclipse de mar, la luna vaga,

mi llanto que de golpe en una cueva
asombrilla a la sal en una daga:
esgrimen la tristeza antes que llueva.

II

No verte es casi ser, casi no ser:
es irse diluyendo poco a poco,
ser agua, ser la daga que coloco
para poder matar, para nacer.

Fines, caricias, el senil placer,
y la enfermiza reja de algún loco
que euforizado grita, si le toco
con llaga el dedo, sinrazón de ayer.

Correr, violar desnuda los tejados
donde guardé mis lágrimas doncellas,
y condenarme a besos enjaulados.

Buscar en el primer polvo de estrellas
dinosaurios bicéfalos alados,
pasajeros del mar en las botellas.

III

Porque eres mi rey de la primavera
y te espero mendigo del verano,
un harapo de sol, sonido cano
que trota de pudor en la pradera.

Porque eres el gemido de mi espera,
la cosecha viril, el grito ufano,
me hechizan los temores de tu mano
y el rocío en tu piel me desespera.

Que tu nido revuelto, tibio, aguarde
a la caricia, a veces quemadura
que muerde, que fatiga la ternura.

Lengua, brasero donde el cielo arde,
que tu boca se pierda en mi cintura
para obtener la aurora de la tarde.

IV

Dónde serás botón, velero, trino,
semilla de agua clara en la garganta,
pedazo de la tierra que levanta
a la puerta del surco el remolino.

Dónde serás de nuevo aquel vecino
a quien enjauló un ave, porque canta,
y te pondrán de plumas una manta
que te guarde del frío en el camino.

Dónde otoños y verdes de veranos
saliéndose por todo el equipaje,
invierno y primavera de las manos.

Dónde violín con cuerdas en los llanos,
tierra fresca que excitas el ramaje,
negro agujero, en fin: potro salvaje!

V

Testigo silencioso de mi tarde,
refugio, rama virgen de mi pelo,
tomeguín del pinar con el que vuelo
cuando la aurora de mi seno arde.

Corcel salvaje, manos del escarde
en mi surco de espinas con su velo,
arado fresco donde crece el celo
y cultivas lo vano de mi alarde.

Trae la tierra amada con premura
su yunta, la semilla que florezca
cuando anudes tu monte a mi llanura.

Trae por fin la lluvia a la cintura
y en el cuerpo un olor a hierba fresca
para poder asirme a tu montura.

Editado por: Nora Lelyen Fernández