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Poesía de Cecilio Sarret

Tropos, 06 de mayo de 2015

Grande es la poesía cubana. Puede a veces no parecerlo, porque está con frecuencia mal publicitada. En otra parte he dicho que por donde quiera que uno penetre en su arca patrimonial, siempre puede extraer una sortija de oro.

Cecilio Sarret es un poeta desconocido por los lectores de hoy que tiene muchas joyas que ofrecer a los buenos exploradores. De su libro Plasmas alucinantes, de finales de los años cuarenta, presentamos algunas de sus hermosas composiciones.

Obsérvese la belleza y rotundidad de las imágenes, la limpieza expresiva, la calidad plástica con que representa la realidad que entonces lo circundaba. Es un maestro indiscutible del detalle artístico, siempre muy importante en la poesía.

Posee una tónica vanguardista muy decantada, y se encuentra en una actitud de depuración de abundantes mecanismos estéticos. Es implacable en el despliegue de la pieza, pues gradúa con eficacia cada uno de los pormenores que la integran.

En la décima tiene aún mucho que enseñar, y véase con qué desenvoltura maneja la polimetría en muchas piezas. Apréciese que las elabora también con diversas duraciones, no solamente octosilábicas. Y que la visualidad adquiere aguda modernidad.

Estamos seguros que los lectores disfrutarán su manera especial de contemplar la intemperie cubana, y el modo atractivo de encarar la enunciación lírica. En ocasiones sus hallazgos son sencillamente geniales, si se les mira con lente de época.

Roberto Manzano

Cecilio Sarret. Poeta cubano de la República. En 1947 publicó el excelente libro de poesía Plasmas alucinantes. Samuel Feijóo lo incluyó en sus antologías de décimas y sonetos. Poseo un ejemplar de su libro mencionado en esta nota. En un prólogo extensísimo pasa revista a la poesía cubana de las primeras décadas del siglo xx. Su mirada crítica y desembarazada es realmente asombrosa para aquellos años. Expresa opiniones sobre corrientes y figuras con gran honradez y perspicacia. No aparece registrado en el Diccionario de la Literatura Cubana. No he encontrado más datos que los que ofrezco. Ruego encarecidamente a los lectores comunicarme lo que conozcan sobre el autor y su obra.



LA SIERRA MAESTRA

Se abre de par en par con el afeite
de sus crepúsculos, su fauna varia
y arisca, su pelambre milenaria
y su Gran Piedra de color de aceite.
Mil trampas improvisa;
y en tanto que reprisa
viejos discos la victrola del viento,
y el Cauto entre los guijos se amotina,
sobre su lomo gris tanto se empina
el Turquino que abolla el firmamento.

ESQUEMA

Vaya un naranja extraviado
el de estas nubes! Guedejas
de celofán son las viejas
aguas del río emaciado.
El viento, siempre atareado,
con acrobacias de artista,
ha improvisado una pista
sobre el arbolado gacho
que se empina en este cacho
de paisaje surrealista.

ESQUEMA

Rebota por el camino
el eco de un ruido gago.
La luna le ha puesto al lago
una escofieta de lino.
Las yagrumas de platino
abanican la ribera;
y en la noche aventurera
la penumbra del frondaje
se tiende sobre el aguaje
como una piel de pantera.

ESQUEMA

El ingenio sobre el llano
pierde su tétrica facha
cuando la noche se agacha
entre las casas de guano.
El cañaveral cercano
de cortadores se puebla,
y al mezclarse la tiniebla
con retazos de cretona,
en el batey se amontona
el bagazo de la niebla.

ESQUEMA

Cabe la cuesta pelada
donde se borra el camino,
un nubarrón interino
alquila la madrugada.
Resuena la carcajada
de unos árboles distantes
y las nieblas trashumantes
parecen, sobre el ganado
que deambula por el prado,
grandes vitrinas errantes.

ESQUEMA

Por peñas desvencijadas
va convoyando nervioso
un torrente aparatoso
sus carnes deterioradas.
El viento hace payasadas
sobre un arbolillo manco,
y el paisaje es todo blanco
con relumbres de charol
cuando bostezan al sol
las quijadas del barranco.

CRIOLLA

La mata de guanábana, el bohío
que supo de sus lágrimas, el poyo
de la tosca ventana, y el arroyo
que le pasa la lengua al caserío.
Nada ha variado. Nada!
Mas no hay ropa lavada
sobre el cordel, ni dianas en los nidos
ni la vieja guitarra refunfuña
ante las agresiones de la uña
que le sacaba astillas de sonidos.

LA ZAFRA

Con dramático himplar hombres y caña
muele el ingenio en el batey llanero.
A lo lejos la niebla de febrero
le pone una bufanda a la montaña.
Y mientras cejijuntas
se destarran las yuntas,
toman perfiles de caricatura,
en medio de estos ámbitos cañeros,
los cortadores, raros peluqueros
que están desmelenando la llanura.

PENTAGRAMAS ABSURDOS

Marchábamos los dos por la bajada
que da a la quinta. Toda la alegría
de la mañana aquella descendía
por los peldaños de su carcajada.
Bañábanse a montones
mis viejas tentaciones
en el fresco pregón de sus caderas,
y el viento, con inéditas dulzuras,
interpretaba viejas oberturas
allá sobre el atril de las palmeras.

MANCHA IMPRESIONISTA

El ganado, la finca, la casona,
y el mozo que a lo lejos se diseña
cargado con los cubos de la ordeña
por terrenos color de belladona.
Y el trinar alocado
que añade el arbolado
a la fiesta de luces que inaugura
este sol melancólico de enero
tirando del flotante mosquitero
que la niebla le ha puesto a la llanura.

FUEGO EN EL CAÑAVERAL

Para el Dr. Juan G. Borrero

Ya hay pedazos de sombras en el viento.
Se han borrado de súbito los trillos
de la tarde. Tres clavos amarillos
sujetan el telón del firmamento.

Una punta de luz torva, insinuante,
le hace cosquillas al paisaje, y vuela
por las cañas. Se diría que anhela
reprisar el crepúsculo. Distante,

y al claror de las cañas encendidas
que amotinan histéricas las calmas
de los llanos, se dibujan las palmas
como patas de garzas invertidas.

Aumento de mi arrobo la estatura
atisbando, con miradas perplejas,
cómo brotan erupciones bermejas
en este sarampión de la llanura.

Dejando un eco de tostadas huellas,
las llamaradas, lascas temblorosas,
mechan la carne de la noche. Humosas
apenas si refulgen las estrellas.

¿Quién habrá devanado los ovillos
de esas llamas que en rudo maridaje
locamente se enredan al paisaje
como grandes bejucos amarillos?

De una mano eventual las tentaciones
persiguiendo quizás una venganza
de siglos... (El ingenio en lontananza
muele el dolor de cien generaciones).

De una tonalidad semidorada
que a retazos el ámbito ennegrece,
la sombra, algo fantástica, parece
desteñida con agua oxigenada.

Huyendo con diabólicas maromas
pajarracos famélicos carenan
cabe unas tierras vírgenes que llenan
de tumores geográficos las lomas.

Ante los empellones de las llamas
reculan las tinieblas. Luego huyen
por rutas que unos árboles obstruyen,
y en la fuga se enganchan en las ramas.

Y entre los vahos del caliente brillo
las pajas, que fosfóricas calcinan
al paisaje, suben, se arremolinan
cual si fueran aviones de bolsillo.

Bate una turbulenta bocanada
de aire, que sin éxito procura
sabotear el tufillo a meladura
que ahora tiene la noche atropellada.

Añorando quiméricos espacios,
locamente se empina la humareda
que vomita, entre ráfagas de seda,
la llanura empedrada de topacios.

Y en tanto que esporádicos matices
flordesilados traman la pavura
rural de esta humareda sin mesura
que llena el aire de pulseras grises,

nerviosamente, por entre las cañas,
avanza el río con su fuerza hombruna
arrastrando los pedazos de luna
que trae de su excursión por las montañas.

Una salva de roncos estribillos
musicaliza el ímpetu salvaje
de esas llamas que enredan al paisaje
como grandes bejucos amarillos.

LA RUTA DEL MERCADER

Salí a mercar pedrería
para una mano de seda.
(La noche es una almoneda
de plateada mercancía).

Al cruzar por los potreros
de Federico Santoyo,
es como un sable el arroyo
envainado de luceros.

Con enigmático acento
arroja en sus excursiones
desperdicios de canciones
sobre los pastos el viento.

Luego se va trasmutando
en una ráfaga fría
que desembarca en la umbría
aromas de contrabando.

Ahora lucen con el baño
de la luna en la sabana
los montes de porcelana
y las palmeras de estaño.

Los cocuyos, con hechizos
que blasonan su linaje,
acribillan el paisaje
de lunares movedizos.

Y en tanto el caballo mío
los terraplenes esquiva,
la ojerosa perspectiva
desenvaina un caserío...

Salí a mercar pedrería
para unas manos de seda.
(La noche es una almoneda
de plateada mercancía).


REPORTAJE

A Luis Gutiérrez Delgado

Voy camino del pueblo, el paso lento,
a través de una fúnebre sabana,
oyendo a ratos la canción serrana
que me traen los teléfonos del viento.

Y saltan a mi vista con premura
los esquemas que traza el horizonte
cuando la tarde trepa sobre el monte
y se enreda en los riscos de la altura.

Aguazales. Renuevos. Cantilenas
en los trillos (sementera de antojos
para el artista). Cabe los rastrojos
andan sueltos perfumes de azucenas.

Un naranjo que finge un abedul
enarca en un montículo su rota
pelambrera. Sobre los campos flota
un violeta calumniado de azul.

Del ocaso las últimas candelas
carbonizan la fronda barrigona
de los ceibos, esta tarde apagona
y triste como un gallo sin espuelas.

Después va recortándose el detalle
impreciso, que a intervalos acosa
mi vigilia, de la ciudad borrosa
allá lejos atorada en el valle.

Frente a mí, con sus verdes crepitantes
se desperezan frondas averiadas
en tallos de cortezas arrugadas
como las nalgas de los elefantes.

Y allá donde la vieja torrentera
va desgreñando su cabello lacio,
quita las telarañas del espacio
el largo escobillón de las palmeras.

LOS TRENES EN LA NOCHE

Al Dr. Marcelino Dorado

Avanza el tren por amarillas
tierras de corte desigual,
mientras se quiebran en astillas
cien horizontes de cristal.

No se oye un son, no se oye un trino
en los juncales de la umbría.
Como una gorra de marino
flota la luna en la bahía.

Ni fuerzas casi tiene el viento
para saltar de mata en mata.
Está el panal del firmamento
lleno de abejas de plata.

Hay un bambú que dobla en arco
su cabellera desigual;
bajo su sombra finge el charco
un guardapelo de cristal.

El tren de pronto da un rodeo.
Vaya un extraño zigzaguear!
Con ese torvo traqueteo
todo el paisaje va a aflojar.

Y al esfumarse bajo el viento,
entre breñales y plantíos,
es como un hilo amarillento
que va ensartando caseríos.

K-milo 100fuegos criollo como las palmas
Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
Casa de cuentos para niños
Inés Casañas
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