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Poesía de Mariano Brull

Tropos, 22 de enero de 2015

Cuántas aventuras diferentes tejen la urdimbre de la poesía cubana. Uno de sus hilos más hermosos, por lo singular y atractivo de su color, es la poesía de Mariano Brull, el insigne poeta camagüeyano. Sin embargo, parece ser una de las más olvidadas también. Aunque esta indiferencia actual por su poesía no tiene ver con la calidad intrínseca de su propuesta artística, sino con los resabios inmanentes de nuestra identidad, que demoran en adjudicar valor a una obra poética que resulte poco ancilar.

Sobre su quehacer lírico pesan prejuicios muy difíciles de descuajar, porque pertenecen de manera raigal a nuestro complejo modelo de escoger y jerarquizar. Si un poeta no se comporta como una conciencia crítica, según la concepción de que la poesía debe medirse por la inconformidad ciudadana directa o una oblicuidad casi periodística, su obra no provoca ningún interés crítico o de lecturas. En los mejores casos, estos tipos de creadores deben esperar a que sean legitimados los otros, los artistas eminentemente especulares, aunque sean débiles sus entregas desde el estricto punto de vista artístico.

Mariano Brull fue leal a su específica exploración poética. Y en esa lealtad encontró para la poesía cubana áreas de sortilegio y hondura que el conjunto de la creación nacional desconocía, a pesar de ciertos ilustres antecedentes. Su poesía extiende el universo de nuestra lírica — y de nuestro arte, en sentido general— hacia zonas de la imaginación y del mundo interior que jamás habían sido representados de tal modo entre nosotros, y con una calidad de plasmación que contribuye a que esos «cristalitos» sean verdaderamente audaces y originales, y constituyan joyas patrimoniales del espíritu de la nación. Mariano Brull cumplió una hazaña artística que merece más ancha pausa y mayor encarecimiento.

ROBERTO MANZANO

Mariano Brull (Camagüey, 24. 2. 1891-La Habana, 8. 6. 1956). Muy niño aún fue trasladado a España. A su regreso, ya adolescente, estudió la segunda enseñanza y comenzó a publicar en revistas de su ciudad natal sus primeros poemas. En 1913 se graduó de Doctor en Derecho en la Universidad de La Habana. Ejerció su profesión durante algunos años (1913-1917). Formó parte, de 1914 a 1915, del pequeño grupo reunido en torno a Pedro Henríquez Ureña. En 1917 fue designado secretario de segunda clase en la Legación de Cuba en Washington. También prestó servicio diplomático en Lima, Bruselas, Madrid, París, Berna, Roma, Canadá y Uruguay. Colaboró en El Fígaro, Gaceta del Caribe, Espuela de Plata, Clavileño, Orígenes. Poemas suyos fueron traducidos al inglés. Tradujo el Cementerio marino (París, 1930) y La joven parca (Ediciones Orígenes, La Habana, 1949), de Paul Valéry. Algunos libros de poesía suyos son: La casa del silencio, introducción de Pedro Henríquez Ureña, M. García y Galo Sáez, Madrid, 1916; Quelques poèmes, tr. par Francis de Miomandre et Paul Werrie, introduction de Paul Werrie, L'Equerre, Bruxelles, 1926; Poemas en menguante, Le Moil et Pascaly, París, 1928; Canto redondo, G. L. M., París, 1934; Poèmes, tr. originales de Mathilde Pomès et Edmond Vandercammen, préface de Paul Valéry; Les Cahiers du Journal des Poètes, Bruxelles, 1939 [Texto en francés y español]; Solo de rosa, La Verónica, La Habana, 1941; Temps en peine. Tiempo en pena, tr. de Mathilde Pomès, La Maison du Poète, Bruxelles, 1950; Rien que... (Nada más que...), tr. par E. Noulet, Pierre Seghers, París, 1954 (Autour du Monde, 15); Poesía, prólogo de Emilio de Armas, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1983.


ROSA SOLA

Solar de la sola rosa
señera de soledad:
de su soledad radiosa,
la Rosa sola del mar:
espiral infatigable
que horada en la claridad,
hueco a la rosa inviolable,
¡Madre de la soledad!

(Sosténme en azul divino,
acércame el mar al mar,
dilata el trino en el trino,
¡Rosa de la soledad!).
¿Y dónde la rosa sola,
ola, vuelco de azahar,
y plenamar rosaola,
Virgen del divino azar?

Llévame, mar, junto al mar,
¡Rosa de la rosa sola!


ESCALAS DE RUISEÑOR

Mírate... Mírame sólo.
Entre blanco y blanco ¿qué
se ha visto que no se ve?
Verde y más verde ¿colores?
Acaso será de rosa
el rojo que asoma el ojo.
Mírate... Mírame sólo
Sí.
 Ya.
 No.
 Sí — ya — sí — no.


LA ROSA SIN NOMBRE

Yo te llamara con todos los nombres
que supe antes de nacer;
palabras de tu imagen, traslúcidas,
presas en mudez luminosa.
¡Gloria de natividades! ¡Oh, día claro de tu nombre!
¿Quién lo separa? ¿Quién lo junta?
¿Quién te habla como a su propio corazón
con gorjeos que nadie puede recordar?
¿Quién te llama con el íntimo nombre de las olas
que guardan en secreto los delfines?
¿Quién olvidó tu nombre por tu rosa...?

¡Tú, la salvada del diluvio del mundo,
porque al tocarte el agua se convirtió en diamante!
¡Tú, virgen rondada por enjambres de nombres,
alfiletero en cierne de saetas!
¡Tú, novia eterna de jóvenes estrellas,
donde tu nombre es sólo luz
que aún no ha llegado a la tierra!
¡Tú, la sola escapada del nombre,
en paraíso sin memoria!


LA DURMIENTE

Yo la miraba dormida
naciendo de su presencia,
otra ella misma —nacida
de cadáveres de ausencia.

Cuerpo ligero de muerte
que de otro mundo se asoma
al blando túmulo inerte
de un reposo de paloma.

Quietud por sombras mecida,
plumas de volver a ver,
ágil tornasol de huida
en mudanza de mujer.

¿De qué lindes parpadeantes
por deslumbres de azahar
está llegando de antes
como de un mar a otro mar?

Recreada en su tardanza
amontona el tiempo ido
y el retorno sin mudanza
encendido, a lo encendido.

Muñón de vicios, de lazos...
rotos en la ilesa roca,
nudo de abrazos sin brazos,
boca en la infinita boca...

Cual sonámbula desnuda
enigmas de maravillas,
flor que sus contornos muda
y busca en mí sus orillas;

taladros de transparencia
por nardos de claridad.
Filo entre ausencia y presencia
rasgando la soledad...

Muda —de silencio hombre
que forja estatuas de sueño—
en el callado sin nombre
velando el inmóvil ceño.


PERFIL DE ROSA

¿Qué orilla infiel te deja sin orilla
del mar naciendo en cielo parpadeante,
y dueña al fin de tus perdidos brazos
ciñe al astro nublado tras el velo?

¿Qué línea en quiebro al trémulo desvío
fluye diversa y lúcida desmaya,
como untada de cáscara de luna
en el galope de los horizontes?

¿En qué isla del cielo taciturno
por silencio de nácar sorprendida,
el azabache de la noche pule
con el brillo caído en la cisterna?

¿De dónde amaga tu perfil si amagas
desde el fondo sin luz que te resiste,
y en el taladro de tu ausencia apagas
la iluminada rosa que me diste?


EL NIÑO Y LA LUNA

La luna y el niño juegan
un juego que nadie ve;
se ven sin mirarse, hablan
lengua de pura mudez.
¿Qué se dicen, qué se callan,
quién cuenta, una, dos y tres,
y quién, tres, y dos y uno
y vuelve a empezar después?
¿Quién se quedó en el espejo,
luna, para todo ver?
Está el niño alegre y solo:
la luna tiende a sus pies
nieve de la madrugada,
azul del amanecer;
en las dos caras del mundo
—la que oye y la que ve—
se parte en dos el silencio,
la luz se vuelve al revés,
y sin manos van las manos
a buscar quién sabe qué,
y en el minuto de nadie
pasa lo que nunca fue...

El niño está solo y juega
un juego que nadie ve.


NADA MÁS QUE...

¿Qué voz nueva, inesperada,
dirá lo que aún no me dije,
y está en mí, sin mí, diciendo
lo que, al callarse, desdice?

¿Por qué inmolarse en palabra
muda, y émula de altura,
que cuando enmudece niega
lo antedicho sólo al cielo?

¿Hay que cavar en el aire
hasta el silencio primero,
hasta llegar a la luz
que tuvo el mundo en su estreno?

¿Y hay que volver a callar
lo que nunca fuera dicho,
para que muera en su ser
la muerte de otra manera?


AGUA

El agua mira y se remira
agua —transparente caos—
pasmada, cierra la entraña,
por clara, se ve sin verse,
claraluciente de agualuz:
y se asoma —color de agua—
al cristal —color de cristal—
del aire —color de aire:
abre su carne desunida
y por escala traslúcida suben
las dos luces gemelas de dos gotas de agua...

El fondo sueña en verdevago,
y el ojo torna y torna, absorto,
tras la silente onda del agua:

y los ojos bajan hasta el agua
y el agua sube hasta los ojos
¡y el agua se sale del agua
y los ojos se salen de los ojos!


LAS CUATRO ESQUINAS ENEMIGAS

Puse los pies en la ciudad nueva
donde rechinan el barniz fresco
y el martillo eléctrico golpea
la piedra dura en el oído blando.

La brisa irritada de cal
abanica las casas flamantes.
La mirada se alarga sin tropiezo
por las calles tiradas a cordel
hasta las cuatro esquinas enemigas:
se encrespa el viento agrio en remolinos,
la luz —convulsa— se retuerce
bajo disciplinazos de reflejos:
hierro y piedra, cal y cemento
con gesto mudo desazonan:
un rencor soterrado se alumbra,
un soplo de ira se inflama...
Guerreros sin brazos, sin piernas sin cuerpos...
se borran en la estampa morada del miedo.

Las cuatro esquinas enemigas
—puños en alto y dientes apretados—
se buscan sin encontrarse.
La envidia verde y el rencor rojo
cruzan sus luces, y abren el paso
a las calles que huyen hacia el mar.


LA PUERTA DEL MAR

I

Abre el mar la puerta
que la playa cierra:
—Mar de tantos brazos,
Mar de tantas piernas—.
Y la playa calla
escuchando atenta:
la arena está dentro,
el agua está fuera.
Cuando el mar se va,
la arena se queda.
—Y la puerta inmóvil
cerrada y abierta—.
La arena se junta
si el agua la deja.
Si la arena avanza
el mar se destierra...
¿Quién dejó al pasar
la puerta entreabierta?
—Si alguien viste, di,
di lo que no vieras.

II

La calle mira al mar
con mirada fija:
y mira y mira y mira...
De par en par las puertas.
De salir. De entrar.
Por allí van todos.
¿Quién entra? ¿Quién no sale?
¿Quién no pasó por la puerta
que nadie cierra, que nadie abre?
—Yo sé... que no lo sabes.


ASÍ

Éste es el relámpago calado por la lluvia
que deja atrás el trueno en el espacio espeso,
por pulir el tornasol del tiempo retardado.

Éste es el muñón de la estrella deshecha
por gran muerte inflamada, muriendo en muerte enana
en el mínimo seno de una gota de agua.

Éste es el rosal creciendo en el esqueleto
asomado por el hueco del oído
al gran rumor del mundo pereciente...

Ésta es la rosa que abrió en el esqueleto
y sale por los ojos, mirándose y mirando
desde el hondón oscuro de pupilas de antes.

Éste es el gallo abanderado de su cresta
con la mirada en alto, mirando y remirando.
Ojo avizor. Oído agudo. Olvidadizo y pronto:
con el mundo que no es más que ojos, mira;
con el mundo que no es más que oído, oye.
En torno a su figura exacta, y penetrándola,
ronda la nada asida a la absoluta ausencia
—muda y sorda y eterna—, pastor de mundos ciegos.

 

Editado por: Nora Lelyen Fernández

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