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Bocetos sobre tres brujos cubanos

Gerardo E. Chávez Spínola, 10 de julio de 2014

Existen en Cuba diversas líneas de pensamiento religiosas afrodescendientes con una larga tradición. Sus fundadores llegaron como esclavos a nuestras costas, sin posesiones, desnudos, maltratados, vejados, separados de sus familias, costumbres  y tierras. Lo único que no pudieron quitarles fue la extraordinaria fe en sus creencias. Más que simples practicantes, algunos de ellos eran verdaderos sacerdotes en sus cultos. El babalao era, y sigue siendo, el padre de los secretos. Ni uno solo de ellos trajo libreta de apuntes, pero aun así supieron trasladar sus tradiciones y conocimientos a otros hasta nuestros días.

Todas sus sapiencias, instrucciones y preparaciones: ensalmos, oraciones y conjuros; pócimas, ungüentos y polvos para sanaciones y maldiciones; sobre las plantas del bosque y cómo prepararlas; cómo abrir o cerrar “los caminos”; cómo atraer o alejar, perjudicar o beneficiar; incluso, cada pequeño y minucioso detalle del más complicado ceremonial, les fue brindado de bocas a oídos, como también a nivel espiritual por medio de místicas iniciaciones y de esa misma forma supieron trasladar a otros tales enseñanzas, a través de los siglos. Pero lo hicieron de una manera tal, que hoy estas creencias religiosas no solo permanecen, sino que se han extendido a una gran parte de la población creyente en todo el archipiélago cubano.  

En un principio, se incluía toda una serie de pruebas para elegir al neófito que se iba a iniciar como babalao, además de una extraordinaria preparación, que generalmente comenzaba en la adolescencia, en la cual no estaban excluidos importantes aspectos tradicionales, morales y éticos, que con el tiempo se fueron relajando y hasta perdiendo. Ya para la época en la cual se van a desarrollar estos relatos que a continuación se describen, muchos de aquellos aspectos importantes de esta preparación se habían relajado. También debe tenerse muy en cuenta cómo, los acontecimientos que aquí se presentan y la manera de actuar de algunos de los supuestos protagonistas, distan en mucho de ser históricos y son extraídos de la memoria popular, que no se ha preocupado nunca por ser exacta, sino por reconfigurase una y otra vez, alimentándose más de pasiones, miedos, emociones y ansiedades, que de realidades.

Es importante aclarar que los cultos sincréticos afrocubanos no poseen iglesia y por tanto, no existe para ninguno de ellos una liturgia exacta, ni una teología unificada, ni mucho menos la elección de algún sacerdote supremo, que dicte reglas o dirija a los demás. Aunque sí han existido, en realidad, babalaos muy conocidos en sus respectivos círculos, las más de las veces respetados por sus actitudes y conocimientos, otras quizás temidos, como pudieron o no serlo en su época quienes a continuación se citan.

El báculo de Andrés Kimbisa

Andrés Facundo Cristo de los Dolores Petit, más conocido entre los suyos como Andrés Kimbisa, uno de los individuos más carismáticos, respetados y queridos entre los pobladores, practicantes y religiosos de las barriadas de Guanabacoa; Jesús María (los Barracones); San Felipe; La Lejía (del Cristo); el Cangrejo (del Ángel); y Las Llagas (San Francisco), de la Antigua Habana. Abakuá, iniciado en la Regla Palo Monte; terciario de la cristiana Orden Santo Domingo de Guzmán; vidente; célibe; místico y zahorí, “Quien debido a los perjuicios de la época, entre los personajes populares del segundo tercio del siglo XIX en La Habana, fuera uno de los menos recordados por la historia”.1

Entre sus seguidores fue conocido como El Fundador, El Maestro, además, El Sayón de Santo Domingo o el Isue del Bakokó Efor. Hijo de esclava, era un mulato alto, delgado, de buen porte, ademanes pulidos, facciones finas, gesto elegante y conversación inteligente. “Cuentan que sabía latín y griego, enseñado por los monjes del convento de San Francisco de Asís, donde creció con formación cristiana y al que siempre estuvo vinculado. Habitualmente se le veía vestido muy limpio, con chaqueta negra y pantalón blanco. Muchos coinciden en afirmar que era un hombre afable de mirada profunda. Usaba bastón y calzaba sandalias, aunque todos sabían que en sus últimos años, hizo promesa de recoger limosna para los pobres, recorriendo las calles totalmente descalzo mientras mendigaba”.2 Muchos rumoraban que su madre esclava era ficticia, solo para esconder lo que en aquella época era el horrendo pecado de una mujer blanca, preñada de negro.

La Orden creada por Pettit fue la primera que permitió la entrada de hombres blancos a la cofradía, “aunque nadie piense que fue logrado de un solo golpe y sin sacrificios. Ñáñigos ortodoxos y tradicionalistas se pusieron en su contra, algunos le declararon en traición y no pocos quisieron expulsarle y hasta eliminarlo físicamente por tamaña osadía. Pero desde aquel entonces, hasta nuestros días, decir ñáñigo es decir hombre valeroso, que no conoce el miedo y desprecia el peligro. Así logó su propósito Andrés Petit, con indomable tesón, inteligencia y valentía.3

Andaba con un bastón, como era la costumbre de su época. Unos dicen que era un bastoncillo, “como el que usan los Jefes de las Potencias Abakúa (llamado Itón), con las dos puntas encasquilladas en plata”4; otros, sin embargo, le han descrito como un báculo o cayado, a la manera de los obispos. Muchas leyendas se extendieron en La Habana con relación a este adminículo: “que hacía brincar al más fuerte y pesado de los hombres que tocara con aquel bastón. Otros cuentan que era suficiente con que lo alzase y señalase con este a una persona, para que esta quedare detenida de pronto, como si fuese parada en seco por una fuerza invisible y superior. Otra anécdota cuenta que al regreso de uno de sus viajes, le esperaba en el puerto de La Habana un grupo de hombres de mal talante, descontentos por las reformas que Petit estaba creando dentro de los abakuás. Aquellos morenos, llenos de odios y rencores estaban exaltados y dispuestos a todo. Mas en respuesta al amenazante grupo, el Caballero de Color alzó su báculo desde la baranda del buque, e inmediatamente, como modificados por una presencia poderosa, los complotados se tranquilizaron y poco después abandonaron el lugar”.5

Al fallecer Pettit, se cuenta que solicitó a quienes le asistían en ese momento, tapasen su rostro con un pañuelo blanco, para que nadie pudiera verle la cara. Como era de suponer, y ya de antemano se sabía, que no pocos paleros tenían pensado profanar su cadáver, cortando la cabeza y otras partes del cuerpo, con idea de integrarlos a sus “prendas” o “ngangas”, para hacerse de los extraordinarios poderes del fallecido y “manipular el muerto”, sometiendo a la esclavitud su espíritu. El cadáver de Andrés fue convenientemente reubicado por sus seguidores, muchos creen que a un panteón del antiguo cementerio de Espada. Otros mantienen la creencia de algún misterioso lugar, que aun permanece en el más absoluto secreto”.6

Tata Mongo y su “trabajo” mayor

Hay quienes toman como cierto este relato, sucedido en una de las orillas del río San Juan, en la ciudad de Matanzas, durante el suave verano de 1795. Otros lo cuentan tan solo como una leyenda, de aquellas que narran los abuelos a sus nietos desde inmemorables tiempos. El hecho cierto es que ni los unos, ni los otros, dudan de la implicación del famoso brujo Tata Mongo, en el desenlace final de estos trágicos acontecimientos sucedidos en La Atenas de Cuba.

Había ocurrido muchas veces en la historia, no era nada inusual que un blanco se enamorase de una mestiza, pero en este caso la familia del muchacho pertenecía a las capas más encumbradas de la sociedad de aquella época y no se podía permitir tal desliz. “Quiso el destino que el sobrino del rico hacendado Don Sebastián, se enamorara de Julia Rosa, que así se llamaba esta alegre y bien conformada joven de piel canela, cuyos diecinueve años reflejados en su cándido rostro de ojos verdes, traía desesperado de amor al señorito Fernando. Doña Rosario, la madre de Fernando y hermana de don Sebastián, quien tenía grandes planes para su hijo, se enteró mucho antes que el dueño y señor de todas las posesiones del incidente sentimental y temiendo lo peor, encargó a un famoso babalao conocido por Tata Mongo, resolver a su forma el asunto del niño Felipe y Julia Rosa”.7

Era este babalao uno de los más famosos en toda la región, aunque también estaba entre los más temidos por sus maleficios, que eran terribles a decir de muchos. Cuentan que vigiló la vivienda de Julia Rosa y “un día cuando la abuela no estaba en casa, se le apareció el brujero a la muchacha con un sabroso dulce de coco que le brindó y ella comió gustosa, mientras escuchaba los cuentos del recién llegado visitante. El último de ellos fue el más misterioso: decía Tata Mongo que en su tribu, allá en África, los grandes brujos podían pedirles a los dioses convertir a las mujeres en aves, luego de lo cual ya estas no podían morir nunca. Se sabe que después de esta visita a Julia Rosa no se le volvió a ver nunca más”.8 La hermosa mulata había sido embrujada y convertida en gaviota.

Desesperado el niño Felipe, acudía de cuando en vez a sentarse a la orilla del río San Juan, cerca de la casita de guano donde vivió Julia Rosa. “Cierta vez, vio venir hacia él una gaviota que se posó sin miedo a su lado, lo miró de una manera extraña, casi humana. A partir de ese momento, visitaba constantemente ese lugar, al que acudía esperando aquella rara ave de tan especial comportamiento. En poco tiempo, la locura de este frenesí invadió su alma sin remedio llevándole a la muerte. Decían que se enamoró de aquel misterioso ser alado. Desde entonces cuenta la leyenda, que una gaviota diferente a las demás, al comienzo de la primavera, remonta majestuoso vuelo desde el río San Juan, para sobrevolar la ciudad de Matanzas cuando el sol se retira a descansar. Los que la han visto de cerca afirman, que esta peculiar ave tiene los ojos verdes y cuando le miran a uno en pleno vuelo, se comprende por qué un ser como ese, no podrá morir nunca”.9

Ta Inasio, babalao mayor


Se cuenta que en la segunda mitad del siglo XIX vivía en las proximidades del acueducto de la ciudad de Cárdenas, en la provincia cubana de Matanzas, un conocedor de los secretos ocultos de las más poderosas creencias religiosas afrodescendientes. Le llamaban Ta Inasio, o también a veces, Taíta Ignacio. Este asentamiento citadino llegó a tener censados, en el año de 1841, más de las dos terceras partes de su población de la raza negra10, por lo que las prácticas y los practicantes de estas líneas de pensamiento religioso eran abundantes.

Transcurría su existir en una choza de mísera apariencia, cercana a la Cueva del Agua. Allí brindaba sus consultas, ayudado por un mestizo escuálido y casi desnudo llamado Hermenegildo, de quien se cuenta no salía nunca de la covacha y servía de asistente para sus prácticas. Este “Actuaba como médium, entrando en trance después de largos períodos bailando una enérgica danza. Cuando extenuado, casi desvanecido, caía al suelo este sujeto, era el momento de Ta Inasio consultar para obtener las fórmulas de sus pócimas, consejos y declaraciones”. “Terminada esta labor, que ambos hacían de buena fe, con un poderoso «Senseribó, epé macoó», se le pasaba el santo a Hermenegildo y volvía a su habitación”.11 Es de suponer que  en realidad, la consulta sería formulada al “muerto” que “se montaba” sobre su ayudante. (NA)

Según nos cuenta sobre este personaje el señor Emilio Portell Vilá, de quien hemos tomado estas referencias en su artículo de la Revista Archivos del Folklore Cubano12, y quién al parecer, como era muy común en su época, tenía ciertos prejuicios en contra de estos cultos religiosos, Ta Inasio encerraba a Hermenegildo en la covacha que le servía de vivienda y sala de consulta, para llevar sus “productos”, “trabajos” y “encargos” a los clientes quienes ya le habían solicitado de antemano. Y abunda más adelante en el referido texto: “No siempre su yegua quedaba estacionada frente a una humilde casa de gentes del pueblo, a menudo se abrían para él las puertas de lujosa residencia, y allá el viejo congo, liado a la cabeza un pañuelo rojo sujeto por el ala de lo que fue mugriento sombrero, cubriendo apenas su cuerpo con un sucio chaleco y unos pantalones que no pasaban de sus rodillas y usando a modo de primitivas sandalias unas suelas atadas con ariques, recibía misteriosos encargos para curar y hacer el “daño”, de labios de damas perfumadas y alhajadas”.13

Nuestro cronista da la impresión de no poder determinar a cuál de las líneas de pensamiento religioso que se practicaban por aquellas tierras en ese tiempo, se dedicaba Ta Inasio, quien probablemente cruzase varias reglas, cultos y creencias, como aun suelen hacer no pocos practicantes y babalaos en toda la Isla de Cuba. Así nos introduce el señor Portell Vilá, a su manera, en una descripción del ambiente ceremonial y brinda los siguientes detalles rituales: “Los numerosos ídolos, tallados groseramente queriendo representar caras humanas, con bigotes y barbas postizos; piedras sujetas por cadenas; collares; brazaletes; tambores y otros instrumentos exóticos; cacerolas enormes y huesos, se agrupaban ante un tosco altar dedicado a Obatalá, Shangó e Ifá, representados los dos primeros por Cristo y Santa Bárbara, esta última con el característico paño rojo, color preferido por los cabildos brujeros. Allí salmodiaban ambos una letanía bárbara y después Ta Inasio hacía vibrar los panzudos tambores con golpes alternativamente secos y profundos, mientras miraba con fijeza a Hermenegildo, que se levantaba poco a poco y danzaba al ritmo isócrono y monótono de los parches. Aquel hombre semidesnudo, con la mirada extraviada, la respiración anhelante y cubierto de sudor, giraba lentamente con pasos entrecortados y al cabo de un rato, aumentando la frecuencia de los golpes Ta Inasio, se aceleraba el baile y el humo del incienso envolvía al bailarín, el cual se movía vertiginosamente haciendo contorsiones y gestos desordenados, como un poseso, hasta caer, presa de supremas convulsiones, al suelo, echando espuma por la boca, con los ojos desorbitados, revolviéndose como un epiléptico, hasta quedar rígido y casi sin respirar… Ta Inasio practicaba también el vodú o culto de la culebra, no atreviéndose nadie en Cárdenas a penetrar en su tugurio, por el cual se arrastraba libremente una serpiente”.14 [Se supone, un majá. NA].
 
Afirma nuestro citado cronista que en el año 1886, la fama de Ta Inasio en toda aquella región había llegado a su apogeo. La fe en sus poderes se multiplicó. Recorría la población para efectuar visitas a sus clientes. Lo mismo realizaba estas prácticas religiosas, que ejercía como curandero. Así, de una u otra manera, los demás babalaos que se aconsejaban con él, fueron reconociéndole como su superior. “El celador de policía le vigilaba temiendo tortuosos manejos criminales en este negro enigmático, que pretendía hacer sortilegios y componer filtros amorosos, pero se hacía la vista gorda por las familias que lo protegían y porque miraba con injustificable tolerancia y puede también que con algo de supersticioso temor, la actuación del taita, el que cuando pasaba por las calles hacía huir a los niños medrosos y cuchichear a las comadres, que le señalaban y hablaban de sus milagros, sus curaciones y su poder maléfico”.15

Todo parece indicar, que al comenzar el año 1895, las autoridades españolas comenzaron a sospechar de Ta Inasio, por lo cual dejó de acudir a la ciudad y sus practicantes y seguidores tuvieron que ir a su cabaña en el monte para poder consultarlo u obtener sus pócimas, preparados y consejos. “Poco antes de finalizar la guerra de independencia, regresando de una de sus correrías por las maniguas, de un modo misterioso, fue muerto Ta lnasio. Descubierto su cadáver, lo trajeron a Cárdenas y las averiguaciones practicadas para hallar al matador no dieron resultado alguno, por lo que, a poco, la causa fue sobreseída y Ta Inasio quedó olvidado en una fosa del cementerio, aunque el rumor público aseguraba que el temido «mayombero» se había hecho peligroso a las autoridades por estar en inteligencia con los mambises, sirviendo de intermediario entre estos y los patriotas de Cárdenas y que, en la misma alforja que conducía los trapos, cabellos, etc., para sus hechicerías, llevaba medicinas, pertrechos, víveres y correspondencia para los libertadores”.16

Notas

1 Gerardo E. Chávez Spínola: “Andrés Kimbisa, su báculo y leyenda”. Columna Imaginario Popular Cubano en
Cubarte. Fecha de publicación: 2011-08-19.
2 Idem.
3 Idem.
4 Idem.
5 Idem.
6 Idem.
7 Gerardo E. Chávez Spínola: “Leyendas olvidadas del misterio cubano”. Columna Imaginario Popular Cubano en
Cubarte. Fecha publicación: 2014-02-21. Bajado en: 2014-06-04.
8 Idem.
9 Idem.
10 Herminio Portell Vilá: “El rey de los brujos”, Revista Archivos del Folklore Cubano, volumen II, número 4, pp. 414-415.
11 Idem.
12 Idem.
13 Idem.
14 Idem.
15 Idem.
16 Idem.

 

Editado por Nora Lelyen Fernández