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En el bicentenario de la Avellaneda, leyendo Sab*

Olga Sánchez Guevara, 16 de junio de 2014

Gertrudis Gómez de Avellaneda, Tula, nació en Santa María del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey, el 23 de marzo de 1814. Pasó la niñez en su ciudad natal y residió en Cuba hasta 1836, año en que partió con su familia hacia España. Durante la travesía marítima, escribió dos de sus poemas más famosos: el soneto «Al partir» y el canto «Al mar». Pero su primer soneto conocido hasta hoy, dedicado a la muerte de Manuel, uno de los hijos naturales de su padre, lo había publicado en el Diario de La Habana en 1832, a los 18 años.

La vida personal y la obra de Tula escapan a las convenciones de su época. La ensayista Carolina Alzate, de la bogotana Universidad de los Andes, comenta al respecto: «Romántica rebelde e insatisfecha, ya desde Puerto Príncipe su desobediente rechazo al matrimonio y su voluntad de ser escritora se convierten en centro de murmuraciones. […] A partir de 1838, establecida en Sevilla primero, y luego en Madrid desde 1840, se dedica a hacer de su vocación literaria una profesión, empeñada en convertirse en una “mujer de letras”».1

Comenzó a publicar en revistas y periódicos sevillanos. En 1840 se estrenó su primer drama: Leoncia, y en 1841 se publicó en Madrid la primera edición de sus Poesías. Entre 1846 y 1858 se estrenaron en España no menos de trece piezas teatrales suyas, algunas con gran éxito. No obstante, cuando en 1853 intentó ingresar en la Real Academia Española de la Lengua, su solicitud fue rechazada por su condición de mujer. Recientemente, en ocasión del tricentenario de la RAE y el bicentenario del nacimiento de la autora cubana, el escritor Manuel Lorenzo Abdala, quien ha estudiado durante varios años la figura y obra de Avellaneda, ha reclamado su inclusión como académica honorífica: «Un sillón que vendría a resarcir un olvido histórico. Fue la lumbrera del siglo XIX. La dramaturga más importante de la época».2

La escritora regresó a Cuba en noviembre de 1859, acompañando a su segundo esposo, el coronel español Domingo Verdugo. El 27 de enero de 1860 le fue ofrecido un homenaje nacional en el Teatro Tacón de La Habana, en el que la poetisa Luisa Pérez de Zambrana le ciñó una corona de oro con hojas de laurel esmaltadas. Tula realizó un recorrido triunfal por ciudades cubanas, incluyendo Puerto Príncipe, donde también fue homenajeada. Tras veintitrés años de ausencia, vivió cinco en la isla; en 1864 regresó a Madrid, donde murió en 1873, poco antes de cumplir los cincuenta y ocho.

Avellaneda resulta una precursora del feminismo, tanto por su actitud personal como por el destaque de los conflictos femeninos en su obra. Por ejemplo, la novela Sab, según la ensayista norteamericana Evelyn Picón-Garfield, es la única entre las narrativas antiesclavistas en la que «se desdobla la temática de la esclavitud en una tiranía que atañe tanto a la raza negra como al sexo femenino».3 Esa doble temática aparecerá nuevamente en el drama Baltasar (1858), en cuyo prefacio la propia Avellaneda afirma que «la pieza aborda dos problemas importantes: la esclavitud y la situación social de la mujer».4

Llama la atención en Sab la franqueza con que son cuestionados ambos aspectos, en fuerte contraste con las normas de la sociedad decimonónica. Publicada en 1841, mucho antes de la que pudiera considerarse como la más famosa novela abolicionista del siglo XIX —La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe—, Sab la supera con creces por la audacia de sus planteamientos antiesclavistas.

Un esclavo consentido por sus dueños, a quienes la narradora se refiere como «la familia de B…», es el protagonista de esta singular novela: Sab, mulato refinado e instruido, capaz de amar como no puede hacerlo el prometido de su ama, quien, al quedar relativamente arruinada la familia de B…, se debate entre el compromiso con su novia y el amor al dinero: «Enrique se había sentado tristemente en una peña, y fijos sus ojos en el mar, dejaba vagar su pensamiento. ¿Qué hará ahora Carlota?, decía interiormente, ¿esa alma tan apasionada sentirá un presentimiento que le anuncie que en este momento su Enrique piensa en el modo de abandonarla…?».5

En la narración, Teresa, la prima pobre y confidente de Carlota, es también una figura importante. Al quedar huérfana, fue adoptada por la madre de esta, y convive con la familia de B…; Sab le comunica a Teresa sus sentimientos y pesares, es ella la destinataria de la carta-testamento del esclavo y será ella quien, al final, entregue esa carta a Carlota, y en su boca pone Avellaneda lo que «…constituía un escandaloso atrevimiento según los patrones sociomorales del momento…»,6 una declaración de amor al mulato esclavo Sab: «—¡Yo! —exclamó—, yo soy esa mujer que me confío a ti: ambos somos huérfanos y desgraciados… Aislados estamos los dos sobre la tierra y necesitamos igualmente compasión, amor y felicidad. Déjame, pues, seguirte a remotos climas, al seno de los desiertos…».7

A través de sus personajes, la autora manifiesta su propia inconformidad con los cánones discriminatorios de raza y de sexo imperantes en la época. Dentro de la novela se dan situaciones que en aquel momento tenían que ser consideradas provocativas, entre otras, la sola existencia de un mulato esclavo educado por su dueña. En los inicios de la narración, Sab cuenta a Enrique Otway: «Con ella aprendí a leer y a escribir […] Por ella cobré afición a la lectura, sus libros y aun los de su padre han estado siempre a mi disposición, han sido mi recreo en estos páramos, aunque también muchas veces han suscitado en mi alma ideas aflictivas y amargas cavilaciones».8

Ideas, cavilaciones: ¡un esclavo que piensa! En la Cuba de entonces había ya cierto número de negros y mulatos libres, pero a los que aún eran esclavos se les consideraba objetos o instrumentos de trabajo, y como tales eran comprados y vendidos. En España, donde residía Avellaneda desde hacía varios años, imperaba la misma ideología, a pesar de que Gran Bretaña presionaba al gobierno español en pro de la abolición.

Incluso Carlota, una joven relativamente ingenua cuyo carácter se adapta a lo establecido por la sociedad, emite opiniones contrarias al régimen esclavista: «—¡Pobres infelices! —exclamó—. Se juzgan afortunados, porque no se les prodigan palos e injurias, y comen tranquilamente el pan de la esclavitud. Se juzgan afortunados y son esclavos sus hijos antes de salir del vientre de sus madres…».9

Enfrentada a un tiempo y un entorno donde la religión se utilizaba para predicar a los oprimidos la humildad y la resignación, Avellaneda escribe a través de Sab:

Dios, cuya mano suprema ha repartido sus beneficios con equidad sobre todos los países del globo, que hace salir al sol para toda su gran familia dispersa sobre la tierra, que ha escrito el gran dogma de la igualdad sobre la tumba, Dios ¿podrá sancionar los códigos inicuos en los que el hombre funda sus derechos para comprar y vender al hombre, y sus intérpretes en la tierra dirán al esclavo, «tu deber es sufrir: la virtud del esclavo es olvidarse de que es hombre, renegar de los beneficios que Dios le dispensó, abdicar la dignidad con que le ha revestido, y besar la mano que le imprime el sello de la infamia»? No, los hombres mienten: la virtud no existe entre ellos.10

Para muchos habrá sido, cuando menos, chocante esta visión de un Dios «que ha escrito el gran dogma de la igualdad»; tan insólito como imaginar que un esclavo no solo supiera leer y escribir, sino que osara pensar y que, además, pudiera enamorarse de la mujer que era su dueña:

Entonces mi corazón, abrasado de amor y de celos, palpitó también por primera vez de indignación, y maldije a la naturaleza que me condenó a una existencia de nulidad y oprobio […] la sociedad de los hombres no ha imitado la equidad de la madre común, que en vano les ha dicho: «sois hermanos». ¡Imbécil sociedad, que nos ha reducido a la necesidad de aborrecerla, y fundar nuestra dicha en su total ruina!11

«Mi corazón abrasado de amor y de celos», en boca de un mulato esclavo enamorado de su ama blanca: ¿se puede pedir mayor claridad en el mensaje antiesclavista y humanista de esta obra? Pero la audacia de la Avellaneda es tal, que cierra el párrafo manifestando que la dicha del esclavo se cifra en la «ruina total» de la sociedad esclavista, cuando el terror de los hacendados criollos era que se produjera en Cuba un movimiento similar a la Revolución haitiana, que había tenido lugar unas décadas atrás.

En la ya mencionada carta, Sab lamenta el destino de Carlota, encadenada de por vida a un hombre que no la merece, pero extiende su compasión a todas sus contemporáneas, que comparten la suerte adversa de su amada. Avellaneda, que supo reclamar un sitial en la Real Academia de la Lengua Española porque se sentía merecedora de ese honor que le fue negado, y dirigió la revista El Álbum Cubano de lo Bueno y lo Bello, publicación protagonizada por las mujeres y a ellas destinada, equipara —¡en 1841!— la esclavitud de la mujer con la del negro:

¡Oh, las mujeres!, ¡pobres y ciegas víctimas! Como los esclavos, ellas arrastran pacientemente su cadena, y bajan la cabeza bajo el yugo de las leyes humanas. Sin otra guía que su corazón ignorante y crédulo, eligen un dueño para toda la vida. El esclavo, al menos, puede cambiar de amo, puede esperar que juntando oro comprará algún día su libertad: pero la mujer, cuando levanta sus manos enflaquecidas y su frente ultrajada, para pedir libertad, oye al monstruo de voz sepulcral que le grita en la tumba.12

Algún crítico le ha reprochado a Avellaneda no haberle dado un desenlace diferente al conflicto de Sab. Se ha dicho, entre otras cosas, que Sab no aspira realmente a la libertad porque prefiere seguir siendo esclavo antes que alejarse de Carlota:

El extranjero sonreía con malicia […] y cuando el mulato cesó de hablar, le dijo:
—Es extraño que no seas libre, pues habiéndote querido tanto don Luis de B…, parece natural te otorgase su padre la libertad, o te la diese posteriormente don Carlos.
—Desde mi infancia fui escriturado a la señorita Carlota: soy esclavo suyo, y quiero vivir y morir en su servicio.13

Pero Sab, que se ha referido a la esclavitud en los términos de la carta entregada a Teresa,14 renuncia a la libertad en aras de estar cerca de su amada, motivado por una pasión cuya intensidad la convierte en un rasgo revolucionario dentro de la novela, al compararse con uno de los grandes amores de la literatura:

Un día Carlota leyó un drama en el cual encontré por fin a una noble doncella que amaba a un africano, y me sentí transportado de placer y orgullo cuando oí a aquel hombre decir: No es un baldón el nombre de africano, y el color de mi rostro no paraliza mi brazo. (…) ¡Quitadme estos hierros!, gritaba en mi delirio: ¡quitadme esta marca de infamia! Yo me elevaré sobre vosotros, hombres orgullosos: yo conquistaré para mi amada un nombre, un destino, un trono.15

Cuando Sab salva por primera vez la vida de Otway, Avellaneda pinta la que en una lectura profunda se pudiera considerar la más osada escena de la novela, pues, aunque sea veladamente, aparecen en ella «carne y deseo» —como diría en una de sus canciones, más de un siglo después, el cantautor Pablo Milanés—, y esto entre personas en aquel separadas momento por barreras de raza y posición social:

Carlota, vuelta apenas en su conocimiento, hizo acercar al esclavo y, en un exabrupto de alegría y agradecimiento, ciñó su cuello con sus hermosos brazos:
—¡Amigo mío!16 ¡mi ángel de consolación! —exclamaba—: ¡bendígate el cielo!… ya eres libre, yo lo quiero.
Sab se inclinó profundamente a los pies de la doncella y besó la delicada mano que se había colocado voluntariamente junto a sus labios (…) y Carlota sintió un ligero estremecimiento: porque los labios del esclavo habían caído sobre su mano como una ascua de fuego.17

Y en las frases finales de la narración, se coloca al lector ante una interrogante que abre la posibilidad de que Carlota correspondiera póstumamente al amor de Sab: «Acaso Carlota, como lo había previsto Teresa, existirá actualmente en la populosa Londres, pero cualquiera que sea su destino, y el país donde habite, ¿habrá podido olvidar la hija de los trópicos, al esclavo que descansa en una humilde sepultura bajo aquel hermoso cielo?».18

Las autoridades coloniales no permitieron la entrada en la Isla de las novelas Sab y Dos mujeres, censuradas por contener «doctrinas subversivas al sistema de esclavitud de la Isla y contrarias a la moral y buenas costumbres».19 Como se ha señalado con razón, la autora «había llegado en ese libro al colmo del atrevimiento, no sólo se había cuestionado a la esclavitud como institución social, sino que había defendido las relaciones íntimas a nivel interracial, a lo que no se atrevería, que sepamos, ningún otro escritor de su siglo».20

En 1914, se confeccionó en Cuba una medalla conmemorativa para celebrar el centenario del nacimiento de Tula, y por mediación de Domingo Figarola se publicaron las Memorias inéditas de la Avellaneda. También se acuñó un sello postal cubano con la efigie de la escritora, del que se hizo una tirada de un millón treinta mil ejemplares. Avellaneda fue la primera mujer cubana que apareció representada en una estampilla de correos en el país.21

Este año, entre otros homenajes a la Avellaneda, la Feria del Libro de Cuba otorgó relieve especial a la celebración del bicentenario de esta gran dramaturga, narradora y poeta, que incursionó, además, en el periodismo, y dejó un valioso legado literario que sigue siendo de interés para estudiosos y lectores en general.

Notas:
* Agradezco a mi hijo, el licenciado Rainer M. Companioni Sánchez, por permitirme incorporar aquí fragmentos del trabajo sobre Sab que realizó durante sus estudios de licenciatura en Lengua Alemana.
1- Carolina Alzate: «La Avellaneda en Cuba: los espacios imaginarios y la historia literaria», en Revista Estudios.
2- Tomado de Diario de Navarra, 26 de enero de 2013.
3- Citado en: Redacción Opus Habana: «Gertrudis Gómez de Avellaneda: Recorrido biográfico», en Opus Habana, 29 de noviembre de 2001.
4- Citado en Antón Arrufat: Las máscaras de Talía. Para una lectura de la Avellaneda, Ediciones Matanzas, Matanzas, 2008, p. 207.
5- Gertrudis Gómez de Avellaneda: Sab, Editorial Arte y Literaratura, La Habana, 1976, p. 243.
6- Colectivo de autores: Historia de la literatura cubana, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2005, t. I, p. 209.
7- Gertrudis Gómez de Avellaneda: ob. cit., p. 233.
8- Ibíd., p. 132.
9- Ibíd., pp. 165-166.
10- Ibíd., p. 275.
11- Ibíd., p. 220.
12- Ibíd., pp. 280-281 (nuestras las cursivas).
13- Ibíd., pp. 132-133.
14- Véase cita correspondiente a la nota 10.
15- Gertrudis Gómez de Avellaneda: ob. cit., pp. 277-278.
16- Nos resulta curioso que, con estas mismas palabras, Gertrudis encabeza la carta a Ignacio de Cepeda publicada en «Clásicos cubanos», en este propio sitio web.
17- Gertrudis Gómez de Avellaneda: ob. cit., p. 160.
18- Ibíd., p. 284.
19- Antón Arrufat: ob. cit., p. 168.
20- Roberto Méndez: «Gertrudis Gómez de Avellaneda, contra el silencio», en IPS Cuba.
21- Matilde Salas Servando: «La primera cubana representada en un sello», en Librínsula.