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Antiguas leyendas urbanas en el fantasiario popular cubano

Gerardo E. Chávez Spínola, 28 de abril de 2014

Las leyendas suelen constituirse una creación colectiva que determinado conjunto humano confecciona para sí mismo, con lo que intenta traducir miedos, pasiones, preocupaciones, intereses, conflictos e interrogantes, en un momento específico de su historia. Pero casi siempre hay en esta tentativa, una intención, a veces inconsciente, de perpetuarles en la memoria social.

De la misma forma que cada texto literario propone un pacto de lectura con su destinatario, en función del tipo de género que se trate, los mitos y leyendas invitan al escuchante a asumir como válidos los hechos extraordinarios o sobrenaturales que narran. La fascinación que siempre ejercieron estos relatos, poseedores de la virtud de reelaborarse continuamente, no ha escapado al influjo de las ciudades. El carácter evocador de los espacios, la utilización de lugares y rincones con amplitud de ambientes diferentes, unas veces seguros, favorables y sagrados; otras, peligrosos y profanos, hace de los entornos citadinos, escenarios adecuados para este tipo de relatos.

Probablemente desde que la humilde villa de San Cristóbal de La Habana solo tenía cuatro calles importantes y una pequeña plaza con una fuente “para que hacer aguas puedan las armadas y las flotas, en tiempo que están aquí…”, ya empezaban a cocinarse las primeras historias fantaseadas. Si en nuestros campos, cada vez que caía la penca de una palma en el lomerío, del sonido se producía una leyenda, en nuestras incipientes ciudades, cada rincón oscuro, cada portal entre luces y sombras, cada porción embaldosada de su madeja urbana en ciernes, invitaba al fantástico aleteo de un vuelo extraño de la imaginación sobre sus tejados y callejuelas.

Casi todas las ciudades del mundo poseen su repertorio de acontecimientos exaltados, una veces por la pasión, otras por el miedo, otras por la fantasía. Y basta que estas historias fantaseadas comiencen su natural peregrinaje saltando de labios a orejas, para que surja un cazador de leyendas que intente recopilarlas. Es gracias a estos, casi siempre anónimos escribientes, capaces de encerrar entre letras los vuelos de la etérea oralidad, que llegan hasta nosotros a través del tiempo y el espacio. Porque en ese vuelo nervioso de la palabra hablada al entendimiento momentáneo, no pocos relatos se pierden; otros, ya menos, perduran en aisladas memorias individuales, para proseguir su ciclo, transformándose y reformándose a cada contada; y muchos menos son los que se fijan en los registros de la memoria comunitaria.

Estas leyendas no solo se producen espontáneamente en las ciudades, sino que también se importan hacia estas, a veces desde lejanas tierras, con las comadres parlanchinas, los marinos y emigrantes como fuentes, así como otras ya más cercanas, con los campesinos y colonos que arriban para instalarse y traen consigo sus propios desempeños culturales. Con ellos, las leyendas de gritonas, apariciones y otros seres fantásticos propios del medio rural, se reconfiguran a los ambientes urbanos en breve tiempo.  

Rememorando unas pocas de entre muchas, a modo de muestra presentamos algunas de las más antiguas leyendas de nuestros asentamientos urbanos en sintetizados retazos, al decir de Samuel Feijóo, de aquel inmenso tejido laminar del fantasiario popular cubano.

La muerta viva

Relata esta leyenda que, a finales del siglo XIX, y por las adoquinadas calles de la villa de San Cristóbal de La Habana, en las noches propicias al vuelo de la imaginación, rodaba en carruaje negro, con cierta semejanza de carroza fúnebre, una pálida y ojerosa mujer, que parecía en verdad tener la muerte encima. La dama en cuestión, agraciada fémina de ademanes sensuales, cuerpo delgado y hermoso, vestía toda de negro y su rostro solía cubrir con velo. Lo que brindaba cierta aureola de misterio sepulcral en relación con su persona.

Se decía, por aquel entonces, que con esta indumentaria recibía a sus adinerados clientes, en medio de unas sobrias y elegantes habitaciones, decoradas con motivos funerarios, maquillada como un cadáver y en cama con forma de ataúd, ejercía el oficio más antiguo del mundo, con absoluta discreción y mucho acierto en su especialidad, para los hombres de las más altas esferas de la sociedad habanera. También cuenta esta leyenda, que una mañana la encontraron en traje de Eva, real y totalmente muerta sobre su lecho, estrangulada por un cliente desconocido, con el que discretamente jugando a ser muerta, resultó públicamente declarada fallecida.

Padre santo de Guanabacoa

Fray Ignacio del Corazón de Jesús Moreno y Rapallo, fue otro personaje de existencia real cuyo accionar en la vida le convirtió en leyenda. Había nacido en Cádiz, España, en julio de 1801. Llegado a Cuba en al año de 1826 y algún tiempo después, destacado de la antigua Villa de Nuestra Señora de la Asunción de Guanabacoa, donde se le quería y consideraba por los residentes del lugar como un hombre milagroso. La ermita del Potosí, construida en 1644, que era una de las edificaciones más antiguas de la mencionada villa, fue destrozada en 1846 por un terrible huracán. Durante la reconstrucción de la misma, tuvo una destacada participación el padre Ignacio, y fue aquí donde comenzó su fama de milagroso, pues lograba fondos para las obras cada vez que estas se detenían por motivos económicos.

También cuentan que en dicha villa ocurrían, desde el principio, algunas muertes a causa de los rayos que caían con verdadera furia durante las tormentas eléctricas. Por esta causa el padre santo imploraba a la Santísima Virgen, protectora de aquel asentamiento, para que librase a sus hijos de esta terrible forma de morir y cuenta la leyenda que se le apareció, con la promesa de concederle la gracia de ver asegurada la vida de los residentes contra la fulminación de los rayos. Desde ese entonces es famosa la frase “Los rayos de Guanabacoa” cuando alguien quiere referirse a algo que parece ser peligroso, mas no hace mucho daño.

Pero el más famoso de los milagros del Padre Santo de Guanabacoa es la conocida leyenda del lechero, recogida por el conocido escritor e investigador cubano Álvaro de la Iglesia, en la segunda serie de su obra Cuadros viejos (La Habana, 1915). Debió de suceder entre los años 1848 al 50. Cuando iba al santuario de Jesús Nazareno del Potosí, el Padre Santo se encontró con un niño que lloraba de hambre. Quiso el sacerdote remediar esta miseria y solicitó a un lechero que regresaba de su venta en la villa, un poco de leche para el pequeño. El hombre se excusó apenado, diciéndole que la había despachado toda, incluso hasta lavado las botijas. Como fray Moreno le insistió en que buscara, el campesino bajó enojado de su caballo y pensando que se dudaba de él, echó mano a una de las botijas, la destapó y volteó sobre una vasija que puso el sacerdote, viendo con asombro cómo salía un abundante chorro de leche. El Padre Santo fue a llevar el recipiente al niño, pero ya este había desaparecido.

El caballo blanco sin cabeza


Una antigua leyenda de Villa Clara cuenta que, detrás del cuartel de Lepanto, en la cumbre de una meseta cercana a la loma del Capiro, los viernes sin luna, aterrorizando a los residentes del lugar, salía en loco galope, un gran caballo blanco decapitado, que cabalgaba hasta llegar frente a la Puerta del Perdón, de la Iglesia Parroquial, donde desaparecía. Referían los lugareños que una vez, hace ya muchos años, un centinela de este cuartel de la Guardia Civil le dio el alto y al no responder, disparó en repetidas ocasiones sobre la figura galopante y a pesar de la corta distancia, el decapitado corcel prosiguió la marcha. Se comentaba que al otro día, el soldado fue recogido del suelo en estado delirante, horrorizado a causa del impacto emocional causado.

La gritona de Seborucal


Seborucal es un asentamiento poblacional del término municipal de Remedios, en la provincia de Villa Clara. La leyenda surge de los tiempos en que pequeñas villas como esta eran asoladas por piratas y bandidos. Cuatro veces al año: el primer viernes de enero, el Viernes de Dolores, el Viernes Santo y el viernes antes de la Natividad del Señor, a las doce de la noche, salía una horrenda aparición, recorriendo las calles, gritando su desgracia, con la cabeza en sus manos. Se contaba que los enfermos que oían sus alaridos se agravaban o morían, las gestantes abortaban o parían gemelos, todo aquel que la veía directamente, quedaba muerto, tullido o ciego. Cuentan que era el alma en pena de una joven mujer que, al resistirse a los asedios sexuales de un pirata, le fuera rebanada la cabeza de un sablazo. Pero el tronco de la inmolada se levantó, tomó en sus manos la ensangrentada cabeza y escapó ocultándose en una profunda furnia, donde volvió a colocársela sobre los hombros. De allí es donde salía, esos marcados días del año, en su horrendo peregrinaje por las calles de Seborucal, en macabra caminata que repitió por casi dos siglos.

Por supuesto que existen muchas más leyendas de gritonas, incluso casi siempre se encuentran las más diversas variantes de cada una de ellas. Aunque casi todas estas narraciones están ambientadas en locaciones rurales, existiendo pocas donde estos personajes deambulen por zonas urbanas. 

El perro invisible

En la ciudad de Matanzas, según nos cuenta el Doctor Escilio Vento Canosa, en su obra Leyendas de Matanzas, estuvo rondando y haciendo aparición en varios lugares de dicha urbe, durante bastante tiempo, “El perro invisible”. El origen de la leyenda nos remonta a los comienzos del año 1770 en la mencionada ciudad, donde la anciana doña Ramonita Oramas, viuda de Solís, tenía como única compañía un enorme perro blanco llamado Capitán, el cual solía acompañarla diariamente a la iglesia para esperarla a las puertas del templo.

En ese mismo lugar lo encontró un día la anciana ya cadáver. Para ella fue inconsolable su pérdida, pero sucedió que unas semanas después del suceso, sintió por la noche ladridos en el patio de su casa y reconoció en el acto la llamada de su querido perro. Salió y con gran asombro pudo ver a su mascota, mas de inmediato se percata de su apariencia diferente. Tenía el pelo blanco refulgente, los ojos eran azules y luminosos. Al siguiente año, en su lecho de muerte, la anciana viuda confesó ver a diario su mascota, convertido en un protector invisible; le reveló a sus amigas que, de esta forma, la Virgen le había dado vida eterna al noble can para proteger a toda alma buena que transitara de noche por las calles de la ciudad.

Todos pensaron que eran fantasías delirantes de una anciana al borde del viaje final. Mas ocurrió que una noche de marzo de 1771, el maestro don Pablo García vio un perro enorme de pelambre blanco y ojos luminosos azulados, que desapareció ante su vista. Unos ocho años después, en 1779, vio al can incorpóreo, el teniente de infantería don Dionisio Baldenoche. Y también tuvo su encuentro el alcalde de Matanzas, don Ignacio Lamar, y así lo atestiguó en el año 1801; igualmente aseguró tener esta visión, en 1815, el primer gobernador de Matanzas, brigadier don Juan Tirry. Así, el perro invisible de la ciudad de Matanzas se convirtió en una leyenda tan perdurable y comentada, que un artista matancero, Alejandro Odero, pintó un cuadro recreando el tema. El poeta José Jacinto Milanés afirmaba, en febrero de 1863, que él pudo ver al etéreo cánido y lo sabía protector de los solitarios y amigo de los artistas. Otro poeta nacional, Bonifacio Byrne, también escribió un soneto inspirado en esta tierna  leyenda urbana.

Se quedan fuera de estas cortas líneas por problemas de espacio, antiguas leyendas urbanas que en su tiempo fueron la “comidilla del día”, en varias regiones y asentamientos humanos de nuestro estrecho y verde archipiélago: “El niño perdido”, “La mujer de la Plazuela de Dolores”, “El médico chino”, “El santo asesino”, “La Venus Negra”, “La viejecita del piano”, “El vampiro del cementerio” y  otras muchas, que hubieran sido totalmente olvidadas de no ser por la obra y pasión de aquellos cazadores de leyendas que las atraparon en su efímero vuelo y dejaron, para nosotros, el inestimable reflejo de estas imágenes arquetipales.

Pero este fenómeno continúa sin detenerse. Cada ciudad moderna genera sus propias leyendas. En la actualidad las leyendas urbanas se fabrican ajustadas a la necesidad del cliente. Ya no son solo las sanas e inocentes vueltas a la Ceiba del Templete; o frotar el dedo a la estatua del Caballero de París, en función del turismo, como lo hacemos a veces en la Cuba de hoy. Por desgracia, en muchas urbes del mundo, las leyendas se fabrican como cheques al portador, para ponerlas al servicio de los más diversos intereses y los medios de comunicación se encargan de divulgarlas al instante por el mundo.

En la actualidad, sublimes héroes y heroínas se crean (o destruyen) más rápido que un suspiro  y se divulgan hasta el último rincón del orbe, en menor tiempo que un pestañazo. Productos, servicios, imagen personal, dudosas cualidades, groseros chismes y asombrosas obscenidades, son engarzadas por expertos con gran habilidad como leyendas urbanas tanto para favorecer, como para perjudicar a los clientes en función de los más variados intereses.

Estas leyendas en gran medida ya no son creadas de manera espontánea y tampoco tienen como destino el grupo que las crea, sino que se fabrican a la medida para determinados nichos de mercado. En la actualidad no hay que dedicar mucho tiempo para poder determinar la fuente, la autenticidad y los verdaderos propósitos de estas modernas leyendas. Por eso, mejor tratar sobre las antiguas leyendas urbanas, aquellas que alguna vez fueron como un espejo que nos devolvía nuestra propia imagen. Aunque sin pecar de categóricos, porque en definitivas, todo lo que pueda llegar a ser valioso, útil y bello en el decurso de cualquier grupo humano, es digno de ser registrado y conservado en su ingobernable, inconsciente, prodigiosa e inagotable memoria comunitaria.


Bibliografía

Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Ed. por Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2005.