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Simbolismo de la ceiba en el folclor cubano

Gerardo E. Chávez Spínola, 24 de marzo de 2014

El culto al árbol ha podido comprobarse desde las edades más tempranas del hombre. En una mirada retrospectiva al desarrollo cultural de la humanidad, puede apreciarse cómo la concepción simbólica del árbol ha dejado huellas en numerosas ideas cosmológicas, antropogénicas, religiosas y mitológicas, pues de todas las creaciones de la naturaleza, esta tiene el privilegio de representar, en su visión metafísica, el lugar donde se relacionan el Universo y el hombre. «Imagen que atestigua la integridad de la visión del mundo y la definición del lugar humano en el mismo».1

Así ha llegado a ser el árbol, alegoría plenamente identificable con una concepción universal, que se ha representado en diversas variantes: Árbol de la vida, Árbol de la fecundidad, Árbol del conocimiento, Árbol de la ascensión, Árbol del cielo, Árbol místico, Árbol chamánico, Árbol de la muerte, Árbol del centro y otros, convirtiéndoles en mitologemas que como puente natural, tienen la capacidad de unir la pequeñez del hombre en lo bajo, con la sublime inmensidad de sus dioses en lo alto. 2

Cada pueblo del mundo, escoge cual especie arbórea ha de servir a sus necesidades mitopoéticas. Entre los celtas, era conocido el culto de los druidas al Roble; en la Grecia antigua, había un santuario en el que estaba prohibido bajo multa cortar un Ciprés; en el foro romano, se dio culto a la Higuera sagrada de Rómulo.3 En muchas partes del África meridional, lo es el Baobab; pero en el África occidental, desde Senegal, hasta Nigeria, ha sido la Ceiba por siglos mirada con reverencia, pues creen en estas regiones, que en ella habita un espíritu. Entre los pueblos de lenguaje ewe, en la Costa de los Esclavos, dicho morador del árbol es llamado huntin. Los ejemplares donde este vive, están rondados por un cinturón de hojas de palmeras y en ocasiones le eran entregadas víctimas sacrificadas, que se arrojaban a los píes del mencionado vegetal.4

El culto a los árboles se practicó también en la Grecia antigua y en Italia. En Lituania reverenciaban al roble, como lo hacían los antiguos druidas. Pero en todo el sistema mitológico de la América precolombina, fue también la Ceiba que ocupó este simbólico sitio. Un mito de los wapisana (arawacos) cuenta que el héroe Duid proveía a los primeros hombres de alimentos con los frutos de una planta maravillosa, pero al descubrir ellos el árbol, pretenden sustentarse de éste sin la intervención de la deidad. El númen enojado les castiga con el derribo de la planta mágica, pero antes les permite que corten cada uno una rama, para iniciar su cultivo. Otro mito de los macushí (caribes), relata sobre el hallazgo de un árbol gigantesco por un par de hermanos míticos, en el bosque, el cual contenía todas las frutas y legumbres que este grupo étnico cultivaba. Ellos lo derribaron, pero el árbol al caer, arrancó el sol del cielo.5

En Guatemala, por su ascendencia folclórica y cultural, desde 1955 la Ceiba fue declarada Árbol Nacional. Para los antiguos Mayas, también representaba la comunicación entre el cielo y el inframundo, mientras que actualmente, sus descendientes la respetan cómo sinónimo de sabiduría y resistencia. Según ellos, el reverenciado árboreo abre sus ramas mayores hacia los cuatros puntos cardinales y de esta manera se une a la cuádruple deidad, que rige los vientos y las lluvias.

En Cuba la Ceiba (Ceiba pentandra), suele adornar con frecuencia parques y jardines de las ciudades. Muchos le ven como un árbol protector, al cual se le atribuye la propiedad de brindar fuerza a quien se bañe bajo su sombra, No pocos aseguran que por sus cualidades es respetada por el rayo, lo que la hermana en esta creencia con el baobab africano y se tiene como superstición, que recibirá un fuerte castigo quien la corte. Tal vez lo que más impresione de este árbol, es que en ocasiones su tronco presenta rostros, sexos y otros rasgos humanos perfectamente delineados, configurados al detalle por la propia naturaleza, como queriendo advertir a todos de su proximidad al hombre y su carácter sagrado. Cuenta una leyenda, que los indocubanos bailaban en derredor de su fuste, pues aseguraban que representaba al sol. Actualmente, muchos consideran a éste árbol, es el más importante de toda la flora utilizada en los cultos mágico-religiosos cubanos.

En las tradiciones populares

Cada 16 de noviembre la población habanera ha convertido en tradición, acudir a dar tres vueltas en derredor de la Ceiba sembrada en el Templete, frente a la Plaza de Armas, en el llamado Casco Histórico, situado en la parte más antigua de la ciudad, que para algunos es el lugar donde se celebró la primera misa en honor a la fundación de la Villa de San Cristóbal de La Habana. El publico hace allí largas colas para cumplimentar esta ceremonia y en sano ambiente festivo pedir tres deseos. La Ceiba actual del Templete, tiene más de cuatro décadas de sembrada y es la séptima que allí se planta. La primera  fue asentada allí, por el gobernador Francisco Cagial de la Vega en el año 1754, para inmortalizar el lugar de fundación de la villa.6

En muchas regiones rurales de Cuba, el mito de misteriosos duendes nocturnos estuvo regularmente asociado a este árbol en innumerables leyendas populares. En algunas zonas de  la provincia de Camagüey se contaba que, si a las doce de la noche se daban doce vueltas al tronco de una Ceiba, saldrían los chicherecúes, especie de pequeños duendes negros, unas veces castigadores, otras jaraneros, quienes propinarán golpes a los intrusos que perturben su descanso. De la misma forma que es común ver, sobre todo en las ciudades, al pié del fuste de cualquier Ceiba, frutas con cintas rojas, “calabazas cargadas” y los más diversos artículos y bultos, resultados de “trabajos” de cualquiera de los cultos mágico-religiosos de origen afrodescendiente.7

Para algunos, quien tenga la osadía a pisar su sombra sin permiso, o tomar de sus hojas sin pagar tributo (poner monedas en el tronco), recibirá un castigo. Y es de los creyentes conocido que, todo aquel se atreva a cortarla, morirá. De la misma manera, entre los requisitos fundamentales para sembrar una Ceiba, debe tenerse en cuenta después de la excavación, que es preciso el enriquecimiento con tierras de varios lugares distintos dentro del hueco, cantar los ensalmos adecuados y verter suficientes monedas, entre otros elementos, todo lo cual debe realizarse el 16 de noviembre, día de Aggayú. A partir de su desarrollo, hay que atenderle y venerarla, porque según la tradición, de este árbol dependerá la salud y la suerte de su sembrador.8

En Caobillas, poblado al borde de la misma Ciénaga de Zapata, se afirma que brota del tronco de una Ceiba, un potente manantial; del cual dice la tradición que si alguien va acompañado de una mujer embarazada y bebe de esa agua con ella, sellarán una amistad perecedera. También se conoce que en Banes, al norte de la provincia de Holguín, hay otra de la cual se asegura, que salen misteriosamente del interior del tronco, a las doce de la noche, una gallina sale con su cría. Otra superstición afirma que si el Viernes Santo a las doce de la noche, quien diga una mentira delante de una Ceiba, recibirá un bofetón. También en Cuba se acostumbra por algunos creyentes, a ofrendarles sacrificios de aves a este árbol.9

En los cultos mágico-religiosos cubanos

Entre las comunidades descendientes de la étnia arará en Cuba, según testimonia Francisca Quevedo (1922), al llegar a Cuba ellos escogen la Ceiba como árbol sagrado porque se parecía mucho al que ellos tenían reverenciado en su tierra. Aun se le denomina Loko en lengua ewé fon y sirve de refugio a deidades en peligro, como San Lázaro.10 Aunque también, por otra versión le tenemos como Iggi-Olorun, que es Árbol de Dios en la lengua de los ewé-fon. Para otros la Ceiba, es donde vive el fodú Arému, una deidad muy identificada con la Obatalá lucumí, que aquí sustituye al Baobab africano. A su lado pernocta Yemmú. Para ellos, la Ceiba fue el único árbol que el diluvio respetó y el primer morador del preciado vegetal fue Changó, el Hebioso arará. Otro numen que vive en esta alta residencia del monte, es Bóku: de la misma manera, otros arará afirman que también Obbá-Lomi, una diosa muy antigua, es habitante de este árbol sagrado. En los rituales congos, se le conoce como Congo Azueca. Los ararás consideran que, a quien dañe o corte una Ceiba, tendrá el castigo eterno de Oloffi.

En el sistema de creencia ewé fon, de la etnia arará, el mencionado investigador beninés, Hippolyte Brice Sogbossi, nos ilustra más sobre el simbolismo de la Ceiba para las creencias del mencionado grupo social, con un canto recogido a una de sus fuentes, Francisca Quevedo, en diciembre de 1992, que narra: ­“San Lázaro tenía una guerra. Como él era cojo y no tenía píe, llamó a Ogún, que no vaciló en manifestar su disposición de servirle de caballo; Ogún se le echó y los montó. Pudo San Lázaro llegar a donde tenía que ganar la guerra frente a otro santo bravo. Cuando llegaron allí, Ogún apeó a San Lázaro al pie de Iroko (la Ceiba). Cuando esta sacó el canto: azanmado sunu gaja iroko yi gbe e loo, enarbolando el machete, enseguida se abrió Iroko, así San Lázaro entró: pensó (Ogún) que había perdido la guerra porque se  quedó trancado dentro de la Ceiba. Al volver a sacar el canto, enseguida Iroko se abrió de nuevo y salió San Lázaro enarbolando su machete y cantando el mismo canto. Iroko se asombró. San Lázaro había ganado gracias a Ogún. Por eso Ogún y él son compadres y no pelean” (sic).

Según el mito en el cual se funda la Sociedad Secreta Abakuá (Ñáñigos), Sikán, la descubridora del pez sagrado Tanze, es sacrificada bajo una ceiba, personificación de Abasi, quien vendría a ser el Zeus de aquellas tierras. Para los mayomberos (Regla Palo Monte), Mamaengundo es la Ceiba. La nganga, es el recipiente contenedor de la sacripotencia, que debe enterrarse cierto tiempo bajo una Ceiba durante su preparación.11 Del mencionado vegetal, los sacerdotes mayomberos utilizan todo para sus artes. En el tronco, ejecuta los amarres; la sombra, que le ayuda para llamar a los espíritus y baña con su efluvios poderosísimos a las “Ngangas” y a los diversos “protectores” (amuletos resguardos) que procesa el brujo y que a semejanza de pequeños santos, hacen de guardieros que tienen la misión de defender a su dueño. Las raíces colosales, para ellos llamadas: “los estribos de Mamá Ungundu”, que se hunden en la tierra, llegan hasta muy lejos, como significante que los poderes de sus “trabajos” tendrán lejanos alcances.

En las zonas rurales, es costumbre que los mayomberos (practicantes de la regla Palo Monte), guarden sus “prendas” bajo las Ceibas. Éstas iniciaciones se celebran en el monte, allí se colocan de hinojos y entonan un primer ensalmo, para ellos: mambó bangara mboyá pánguiamo con que el brujo invoca a sus antecesores difuntos, al “palo”, al espíritu del muerto subordinado y a su padrino.

Para el sistema de creencias de los descendientes yorubas (Regla de Osha), uno de sus orichas, Iroko, reside en la Ceiba. En la mitología de este grupo social, para alguno sería posible observar indicios de elementos iniciáticos, en el mito de Orula, deidad que debió pasar largos años enterrado hasta los hombros (para otros “hasta la cintura”) frente a este árbol, condenado por su padre, debido a que cometió incesto con su madre, pero al final es perdonado y regresa de su exilio, dotado del poder de las predicciones. La presencia de la Ceiba durante está prueba no es casual, pues de su madera se fabricaría el primer tablero de Ifá (sistema de adivinación), lo que sin dudas en este caso, le califica como un árbol del conocimiento.12

Pero nadie piense que la Ceiba, como integrante de la flora devocional, está reservada en Cuba solo para las deidades de las creencias de origen afrodescendiente. Existe una peculiar línea devocional, que bien puede ser tomada en cuenta como de origen cubano, pero que ha surgido en culto solo practicado por determinados grupos de asiáticos, llegados hace ya mucho tiempo a este país, por diferentes razones. Se trata de la devoción a San Fan Kong.13

Ser mítico, protector de los inmigrantes chinos en Cuba. Cuyo origen parece estar asociado con el mito creado hace muchos años en el poblado de Cimarrones, antigua provincia de Matanzas, donde Kuan Kong o Cuan Cung (que actualmente es adorado en un altar en el Casino Chung Wah, en el barrio chino habanero), legendario personaje del país asiático, brinda las bases a esta tradición. El nombre de San Fan Kon no es conocido como deidad religiosa en ninguna región de China, ni en otras comunidades orientales de ultramar. Según hace constar Antón Chuffat, en su libro Apunte histórico de los chinos en Cuba, desde el año 1880 hay constancia de la veneración a Kuan Kong en la mencionada villa matancera, la cual proviene de la historia del héroe chino Kuan Kong, que se remonta al año 220 de nuestra era, durante el combate entre las facciones de la dinastía Han, en la lucha por el trono imperial.14

El culto se instaló en La Habana y permaneció solidamente instaurado, basándose en la fe de los antepasados. Los chinos de Cuba, tienen por costumbre quemar inciensos y reverenciarlo hincándose de rodillas ante la imagen del venerado, que se representa con el rostro pintado de rojo púrpura, color que para ellos simboliza la lealtad, la fidelidad y la vida. El culto a Kuan Kong se extendió en Cuba, por medio de estas comunidades que se establecieron en la Isla, con lo cual es de suponer que muchos de estos chinos se iniciaron también en los cultos sincréticos afrocubanos, simultaneando algunos de ellos estas prácticas, con la ejecución de sus rituales tradicionales; de manera que no es casual que para algunos de sus seguidores, el venerado San Fan Kong, también viva en la Ceiba.15

Imágenes, similitudes y paralelismos

Durante el desarrollo cultural de la humanidad, la concepción mitopoética del árbol se ha reflejado en el lenguaje, en las imágenes líricas, las artes plásticas, la arquitectura, el trazado de asentamientos poblacionales, los ritos, los juegos, las estructuras sociales y otras muchas actividades humanas.16 Así el esquema arbóreo fuera ampliamente utilizado y aun lo es, para ilustrar una totalidad compuesta de muchos elementos jerarquizados en varios planos, y esquemas de dirección, subordinación y dependencia empleados en la actualidad.17

Notables similitudes y paralelismos se producen entre las mitologías del mundo, cuando adoptamos la visión del árbol como símbolo. Así ocurre con el ya narrado mito del Orula de la Santería cubana, que fuera enterrado hasta los hombros frente a una Ceiba y el de Odín de los vikingos, que debió pender de un árbol durante nueve días con sus noches. El Orula cubano regresó de su exilio ya perdonado, con el poder de las predicciones (mediante el tablero de Ifá). El Odín vikingo, retornó con el secreto de conocer el futuro (por medio de las runas).18

Es así que una vez más comprobamos, como ésta comunicación alegórica de lo oculto y lo secreto, se torna manifestación de verdades reveladas de manera sutil y misteriosa a través de los símbolos. Brindando la impresión que, desde el principio de los tiempos hasta hoy, entre el hombre y la naturaleza siempre ha estado como suprema mediadora, el alma.

Notas

1 Frazer G., James: La rama dorada, Ed. Ciencias Sociales, Instituto Cubano del Libro,  La Habana, p. 52, 1972.
2 Toporov N., Vladimir y otros: Árbol del mundo. Colección Criterios, Casa de las Américas, La Habana, p. 45, 2002.
3 Idem, p. 143.
4 Rivero Glean M. y Gerardo E. Chávez Spínola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Instituto de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, p. 134, 2005.
5 Idem, p. 134.
6 Idem,  p. 132.
7 Idem, p. 134.
8 Idem, p. 132.
9 Idem, p. 133.
10 Hippolyte Brice Sogbossi: La tradición ewé fon en Cuba, Fundación Fernando Ortiz, p. 43, 1998.
11 Rivero Glean M. y Gerardo E. Chávez Spínola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Instituto de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, p. 133, 2005.
12 Idem.
13 Idem, p. 470.
14 Idem.
15 Idem, p. 471.
16 Toporov N., Vladimir y otros: Árbol del mundo. Colección Criterios, Casa de las Américas, La Habana, p. 42, 2002.
17 Idem, p. 53.
18 Idem, p.44.

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