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Elemento fuego en el imaginario popular cubano

Gerardo E. Chávez Spínola, 03 de diciembre de 2013

Desde su descubrimiento, hace más de cinco mil años antes de nuestra era, junto al hipnótico misterio de la llama y el papel que jugara en el salto cultural de la raza humana, el fuego se configuró en elemento sagrado, al punto que es sumamente raro encontrar hoy dia un sistema mitológico de la antigüedad, que no posea deidad a cargo de su custodia. Al buscar en cada una de éstas mitologías su particular tratamiento, veremos cómo, en muchos casos, aparece involucrado como motivación de un robo. 

En la mitología de los griegos, Prometeo robó el fuego a los dioses para entregarlo a los humanos que estaban muriendo de frío. Júpiter lanza una vengativa maldición y cumpliendo su mandato, un hijo suyo llamado Vulcano, que era el dios del fuego, se configura en un cuerpo perfecto de mujer; Minerva le otorga un cinturón muy especial; Mecurio, el arte de mentir con seducción; Venus, la atracción infinita del sexo. Esta mujer así creada fue llamada Pandora, ella portaba consigo un recipiente. La mencionada dama fue conducida ante Epimeteo, el imprudente hermano de Prometeo, y allí abrió esta fémina su vasija, de donde salieron todos los males a esparcirse por la tierra. Vulcano terminó atrapando al ladrón, y lo encadenó a una roca, donde eternamente un águila le devoraba las entrañas.

Loki, en la mitología escandinava también roba el fuego de los dioses para dárselo al hombre. Entre los nativos de Nueva Zelanda, Maui, al igual que los anteriores lo sustrae, pero este lo hace de la Diosa que lo guarda celosamente en la punta de los dedos de sus manos y pies. En América, Coyote se lleva a los tipis de la Gente de Fuego y se los ofrece a los hombres. Así se repite la mencionada sustracción en gran cantidad de mitos creados por las más antiguas civilizaciones.

Desde luego que era el fuego de gran utilidad: para calentarse en las frías noches; para cocer los alimentos y hacerles más sabrosos, blandos y duraderos; para endurecer las puntas de lanzas y flechas, para elaborar las canoas de troncos e iluminarse en la oscuridad de la caverna, además de brindar eficiente protección contra las fieras. Pero no era la utilización práctica del fuego, sino el misterio contenido en él, lo que le situaba en la primacía cultural de casi todos los pueblos del mundo. La adoración al fuego en la mitología fenicia, estaba configurada en una curiosa tríada compuesta por,Pós (la luz), Pur (el fuego) y Phlox (la llama). Aldramelech, era el dios del fuego para la mitología asiria, se simbolizaba en el Sol con su carro tirado por cuatro caballos refulgentes, guiados por el héroe Melkarth. En la mitología egipcia, Ftha era dios del fuego y la vida, aunque con el decursar del tiempo, se reveló como componente en otra tríada (Ammón-Knef, Ammón-Ftha, Ammón-Fre). Un poco después, Ammón resumió todos los nombres, para llegar a ser el más excelso dios de los egipcios. Mientras que, para los antiguos persas, Ardibehechet preside el fuego. Como Agni lo hace en la mitología indú. Para los galos, lo era Tarán, quien además se ocupaba del rayo y representaba el mal. En contraste a lo ocurrido entre las antiguas tribus ibéricas, Endovélico estaba encargado del fuego sustentador del mundo, y era el dios más popular en las primitivas regiones de lo que hoy más o menos viene a ser España.

Desde luego que en el imaginario colectivo cubano también estará el fuego presente en los diferentes sistemas de pensamiento que se han integrado al  folclor. En nuestra mitología aborigen se habla de la misma flamígera sustracción y así encontraremos, además de su función litúrgica como elemento preponderante en el culto y el ceremonial de no pocas corrientes religiosas, poderosas deidades a su custodia, a todo lo largo y ancho del devocionario popular.
 
En la mitología del aborigen cubano

El archipiélago cubano fue habitado por varias oleadas de diferentes grupos aborígenes (guanajatabeyes, siboneyes, taínos). Como culturas ágrafas, no dejaron mucho para su estudio. Realmente, de quienes más se conoce es de los taínos, que pertenecientes a la etnia de los arahuacos, últimos en arribar a la más grande isla del Caribe, fueron quienes tuviesen mayor contacto con aquellos cronistas llegados junto a los primeros colonizadores. A través de ellos, confrontando sus testimonios con pictografías y petroglifos hallados generalmente en excavaciones y cavernas, así como también en vasijas y tallas encontradas por los arqueólogos, se ha podido reconstruir un poco de su mitología.

Bayamanaco, era para muchos taínos el Viejo Espíritu del Fuego, fiel guardián del secreto de hacer el cazabe y del ritual de la cohoba. Fue imaginado como un viejo iracundo y colérico, que siempre se negó a entregar estos secretos a los hombres, aunque mucho lo necesitaban. Por lo que Deminán Caracaracol, en complicidad con sus tres hermanos gemelos, acudió a su guarida para robarlos. Atrapado en este acto, por el rabioso celador, éste lanzó a la espalda del ladrón un formidable guanguayo (escupitajo mágico, mezcla de saliva, cohoba y semen), del cual se formó en su espalda una joroba. De esta deformación prodigiosa extrajeron sus hermanos a Caguama, con la cual copularon para convertirla en la madre del género humano, en una de las versiones de la mitología aborigen. Está Bayamanaco casi siempre representado en cuclillas, con cara feroz y cabeza casi siempre desproporcionada, sobre un cuerpo bastante esquematizado1. Así, como había hecho a su vez el Prometeo de los griegos, Deminán Caracaracol,  sustrajo para los hombres el fuego, junto al rito de la cohoba y el secreto del casabe.

Elemento fuego en los cultos mágico-religiosos afrodescendientes

Entre los cultos afrodescendientes, siempre el fuego ha de estar presente en cada ceremonia. Ya sea en la modesta y pequeña llama de una o varias velas, o en el potente crepitar de las llamaradas de la hoguera ritual. Entre los de mayor difusión dentro del amplio panorama de la religiosidad popular, la Regla de Osha, o Santería; la Regla conga, más conocida como Regla Palo monte, o mayombe; El vodú, en su variante cubana; así como la tradición de los arará, poseen en sus respectivos panteones númenes representantes del elemento fuego, y/o algunas entidades relacionadas con este. 

En la Santería o regla de Osha


Changó es el orisha que domina el fuego, el rayo, el trueno, señor de la guerra y de los tambores batá. Es la deidad africana que pelea, echando rayos por la boca, desde la palma real o la ceiba, donde vive. Es el más temible de los orishas, por lo que se presenta a un tiempo; varonil, jaranero, enamorado, terco, belicoso, así como gran bailarín, actividad caracterizada por un erotismo que suele llegar a la sensualidad más descomedida. Está vinculado al color rojo y a la combinación de este con el blanco. Sus dígitos cabalísticos son: 4, 6, 12, 21 y 36. Rige los miércoles y viernes de cada semana y el cuarto de cada mes, en tanto que su día anual es el 4 de diciembre. Se ha sincretizado en Cuba con la santa Bárbara de Betania cristiana.2

En el vodú, tal como se profesa en Cuba

En su variante cubana, el vodú tiene varias familias de luaces (deidades) relacionadas con los cuatro elementos de la naturaleza, pero en nuestro país algunos miembros de estos grupos de divinidades rompen las características generales que tenían en Haití. 
 
Los ogunes conforman toda una familia de luaces. Existe un Ogún que siente pasión por el fuego, sus poseídos se lavan las manos en aguardiente inflamado, sin quemarse; acostumbran a beber la sangre directo de la herida del animal que se les sacrifica y se ha visto como algunos, bajo trance religioso, pueden manipular barras de hierro incandescente, sin hacerse daño. Esta es una familia muy numerosa de luases, disminuida sensiblemente en el panteón del vodú cubano. Se les atribuyen notables poderes, por su condición de guerreros. El sable y la espada que portaban en Haití, fueron sustituidos en Cuba por el machete. Generalmente gustan de la bebida abundante y del tabaco.3

Criminel es también un luá de la familia de los ogunes. Tiene poderes excepcionales que pueden llevar a sus poseídos (caballos) a revolcarse en el fuego de una hoguera, o a introducir en ella a otras personas sin que ésta sufra lesiones; a ingerir aguardiente con picante, frotarse el rostro o untar con él a terceras personas. Tiene fama de bebedor incansable, fuma sin cesar y casi siempre posee un machete, con el cual realiza juegos espectaculares. Se cuenta que muestra marcada predilección por los derramamientos de sangre y la violencia. Su color simbólico es el rojo. Exhibe porte de hombre decidido y tosco. Es reconocido de inmediato al hacer acto de posesión de su "caballo" (posesionarse de un adepto), porque se sube los bajos del pantalón a la altura de las rodillas.4

En la cultura arará

Hebioso es para los ewe-fon, fodú (deidad) del trueno y el rayo. Para los ararás, el Hebioso mayor es Daddá Maggalá. Esta deidad está constituida toda de fuego. Es hermoso, valiente, mujeriego, dueño de la música y buen bailador. Se cuenta que embriaga a las mujeres con zumo de flores y framboyán.5

Entre los mayomberos (Regla Palo Monte)

Es en sus "trabajos", donde los paleros hacen intervenir aquellos poderes mágicos que les hacen famosos. Estos se realizan generalmente en una casa-templo, frente a su nganga, que es donde radica toda la fuerza de su sacripotencia, con distintas variantes según la formación del oficiante y los requerimientos del solicitante, pero siempre a luz de una o varias velas, porque la llama debe proporcionar la iluminación que precisan "los muertos" con los cuales se trabaja en esta corriente devocional.

Siete Rayos, también Munalungo, Ensasi o Nsasi, como también se le conoce; trabaja básicamente con el fuego y la pólvora. Guerrero que regularmente es llamado para los "trabajos" difíciles y rápidos. Entre los kimbiseros se conoce con el nombre de Nkita. Para muchos practicantes del sincretismo religioso, es el Changó de la santería, también santa Bárbara de los católicos. Se reconoce como uno de los más importantes dioses entre los paleros o mayomberos en Cuba.6

La otredad secreta y pública del fuego

Para muchos el fuego se asocia a la energía sexual, al amor, la pasión, la autoridad y el poder; la transformación y la purificación; la lealtad, la fortaleza y el coraje. Desde el punto de vista esotérico, la llama purifica y su luz, significa el conocimiento. Algunos maestros de las más antiguas escuelas de sabiduría afirmaban, que las cualidades vibratorias de la llama, estaban en conjunción con las vibraciones del pensamiento. No por gusto, los faraones del Antiguo Egipto organizaban nutridas marchas nocturnas con multitudes dotadas de antorchas, a la luz de las cuales repetían sus portadores una y otra vez en interminables letanías, el nombre de su señor. Es de suponer que así quedaban bien fijadas en la mente de los participantes. Líderes de las más diversas tendencias del pasado siglo XX, propugnaban también las mismas acciones, como una herramienta de gran utilidad en función de influenciar la conciencia social.

En La Mayor de las Antillas aun se hacen festividades al fuego. Quedan todavía tradiciones como las Fiestas del San Juan, en algunos pueblos del interior de la Isla, donde a las doce de la noche se procede a la quema de un gran muñeco, como acto culminante de esta festividad popular.

Además, del 3 al 9 de julio de cada año, la oriental ciudad de Santiago de Cuba se llena de color y ritmo para celebrar la cultura caribeña en la maravillosa Fiesta del Fuego, en medio de un ambiente donde se combinan, la cultura, la religión, las artes y las ciencias, con bailes callejeros, fiestas nocturnas; auténticas ceremonias religiosas;  talleres, conferencias y abundante diversión, todo lo cual forma parte de la popular Feria del Caribe, donde visitantes de muchos lugares del mundo, junto a hombres y mujeres caribeños, cantan y danzan a ritmos ancestrales durante toda la semana que duran las festividades.

Así el elemento fuego ha permanecido por siglos en la cultura tradicional de nuestro verde y alargado archipiélago. Ya sea utilizando sus místicos poderes en el culto y la ceremonia; reverenciando a sus deidades representantes en ejercicio de la fe o utilizando sus antiguos secretos en función de influenciar la conciencia social.

Notas

1 Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola en: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Ed. Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2005, pp. 90-91.
2 Ibídem, pp. 137-138.
3 Ibídem, pp. 419-420.
4 Ibídem, p. 157.
5  Ibídem, p. 270.
6 Ibídem, p. 487.

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