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De Ma Dolores a la Virgen de Jiquiabo, los pañitos de la fe

Gerardo E. Chávez Spínola, 26 de noviembre de 2013

La sanación por la fe posee remotos antecedentes, muchos de ellos registrados en antiguos textos religiosos de las más añejas y universales creencias. Sentimientos de veneración e idolatría, pero también de recelos, perjuicios y aprehensión se exacerban, casi siempre ante la presencia de individuos que afirman poseer estos extraordinarios poderes. Así ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad, y lo acontecido más de una vez en determinadas regiones de nuestro estrecho conjunto insular cubano, también lo atestigua.

Estos antiquísimos referentes de sanación por acto de fe pueden encontrarse, por ejemplo, entre los textos bíblicos. Así, en el Nuevo Testamento, el Apóstol Juan nos ilustra sobre una ocasión en la cual: “Al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento, escupió en tierra, hizo lodo con la saliva y untó con el lodo los ojos del ciego… y le dijo: ve a lavarte a la piscina de Siloé. Fue pues, se lavó y volvió con vista”.1

En este mismo libro se continúa brindando testimonio de sanación por la fe, cuando se hace referencia directa a lo acontecido entre los Hechos Apostólicos, estando el Pablo de Tarso en su tercera expedición, mientras hablaba a los gentiles de Efeso, se cuenta: “hacía Dios milagros extraordinarios por mano de Pablo, de tal manera que hasta los pañuelos o delantales que habían tocado su cuerpo, eran llevados a los enfermos, y las enfermedades se iban de ellos, y los espíritus malos salían”.2

De la misma forma y con igual vehemencia, esta curiosa variante de sanación con paños y secreciones corporales, está nuevamente registrada entre las crónicas de un erudito español, el Conde de Fabraquer, en las cuales narra sobre un sacerdote ermitaño llamado Juan, quien era guardián de la Virgen de Godes, inspiración mariana grandemente venerada en el pueblo navarro de este mismo nombre, quien “movido sin duda por su fervor a la Santísima Virgen, comenzó a bendecir unos paños, con los que obraba innumerables prodigios, especialmente en los que padecían heridas o llagas. Fue tal la fama de las curaciones que se obraban por medio de estos trozos de tela bendecidos por aquel piadoso sacerdote, y eran tantos los enfermos que acudían para hallar remedio a sus dolencias a la ermita de Nuestra Señora de Godes que, irritados los médicos y cirujanos, viendo cómo disminuía de un modo visible diariamente su clientela perdiendo el lucro que su asistencia podía proporcionarles, delataron al obispo de Calahorra y al Tribunal de la Inquisición en Logroño al anacoreta sacerdote, presentándolo como hombre supersticioso y que abusaba de la devoción de los fieles para con la Virgen de Godes”. “El obispo y el tribunal de la Inquisición mandaron comparecer a su presencia al inocente sacerdote; empero como sus curaciones se dirigían únicamente a aumentar el culto de la Virgen y no exigía retribución por los auxilios que prestaba a los enfermos, después de enterarse ambos tribunales de las oraciones con que bendecía los paños y de que la única prescripción que hacía a los enfermos era el rezo de ciertas oraciones, le absolvieron y concedieron que continuase bendiciendo aquellos paños que tan prodigiosos resultados daban”.3

El milagro de los paños salivosos

Siguiendo los pasos de aquel ermitaño de Logroño, quien perdonado fuese hasta por los severos jueces del La Santa Inquisición, célebres milagreros* tuvimos también en territorio de La Mayor de las Antillas, con similares prácticas, entre ellas se pueden mencionar al menos dos, que también apelaban a este procedimiento de los paños con saliva y de la misma forma vieron sus vidas en peligro en medio de la sublime práctica de esta pasión.

Ma Dolores y la Poza del Ángel

Ma Dolores era una negra vieja gangá, famosa curandera, que vivía en las inmediaciones de la finca Cabarnao, a mediados del siglo XIX, en Trinidad, Provincia de Las Villas en la zona central de Cuba. En su bajareque, ofrecía sanación a los enfermos y tenía allí su templo consagrado a un culto afrodescendiente. La anciana se hizo popular debido a sus poderes para la sanación. Con el tiempo, su fama trascendió la comarca y Ma Dolores se convirtió en la última esperanza para los enfermos desahuciados por la ciencia de aquella época. Realizaba milagrosas curaciones aplicando saliva y paños mojados, cuya efectividad se debía a las condiciones especiales del agua de un manantial próximo al bohío, que aun se conoce con el nombre de “La Poza de Ma Dolores”.**

Mas ocurrió que un día fue denunciada ante las autoridades españolas, por dar cobijo en su modesto lugar de sanaciones y ofrecer ayuda a los mambises heridos, delito que la llevaría a enfrentar una condena a muerte por fusilamiento. Cuenta la leyenda cómo en el último instante, casi al dar la orden de disparar al pelotón, un jinete se apareció a todo galope con un documento debidamente certificado por altas autoridades donde se le conmutaba la condena.

De esta manera fue denunciada y salvó la vida Ma Dolores, como mismo sufrió denuncias y la salvó aquel Juan de la Virgen de Godes, quien sabe si por las efectividades de sus aplicaciones, o las profundidades de sus convicciones. Tal vez por ambas. Curiosa cosa esta, pues la negra sanadora había sido abandonada por sus dueños (ya que les manchaba de sangre constantemente la ropa que debía lavarles a causa de su tuberculosis) en aquel remoto lugar donde un ángel le señaló la Poza.

Dicen algunos, que el oportuno jinete portador del documento liberador tenía el mismo rostro y apariencia de aquel ángel que, un día, mostrase la Poza milagrosa a la negra Ma Dolores.

La Virgen del Jiquiabo

Entre trinos de sinsontes y vuelos de mariposas cerraban los magníficos finales del año 1882, cuando llegó a la ciudad de Cárdenas, en la actual provincia de Matanzas, invitada por la señora María Montoya de Belaunzarán, esposa del Sr. José Belaunzarán y Galarraga, que por entonces era Alcalde de la mencionada villa, la amadísima y bienquerida, doña Rosario Piedrahita, también conocida por los nombres de: Charito la de Ranchuelo; Charito la del Roque; la Vieja de Jiquiabo y la Virgen del Jiquiabo.

Colosal recibimiento le esperaba esa mañana en el reducido andén de la estación de trenes, “siendo acogida en triunfo con un verdadero homenaje popular, por una multitud de fanáticos que acudió a la estación para verla, hablarle y tocar sus vestidos con esperanzas de salud”4, dicha  y prosperidad. La multitud avivada por las famas y glorias de la recién llegada, apenas dejaba paso a la comisión de recibimiento encabezada por la señora alcaldesa. Su historia había comenzado “en el villorrio de Jiquiabo, término municipal de Santo Domingo, su lugar de residencia; así como en los pueblos de Ranchuelo y El Roque, donde había alcanzado fama con algunas de esas curas extrañas en cuya producción entran, a partes iguales, la sugestión del enfermo y la influencia medicinal de alguna raíz o hierba de poderes terapéuticos”.5

Hay que decir en verdad, sobre la manera de ejercer Charito su talento como sacerdocio, totalmente convencida de sus facultades preternaturales y con el más absoluto sacrificio, sobreponiendo incluso esta devoción a sus propios intereses, hasta el punto de terminar arruinada, por mantener a sus expensas los pacientes que a ella acudían, al minúsculo hospital en el cual había convertido su pequeña finca. Pues La Virgen de Jiquiabo no aceptaba pago alguno por sus consultas, ni en dinero, ni en especias. Mas “la señora Alcaldesa, que padecía una afección medular, y su esposo, también sufriente de varias dolencias, burgueses enriquecidos que buscaban la salud perdida como complemento a su felicidad, habían invitado a Charito con la esperanza de que sus pócimas obrarían el milagro del restablecimiento(…). “Con este motivo se le hospedó en la suntuosa residencia de los señores Belaunzarán, sita en 4a Avenida y calle 9 y con la casa convertida en consultorio (…) al divulgarse la noticia de la estancia en Cárdenas, llegaron hasta allí elementos de todas clases, en busca del remedio a sus males, con una fe ciega en el poder curativo de “La Virgen de Jiquiabo”, la cual usaba un medio terapéutico exclusivo, único en el mundo”6, que viene a ser lo más característico de esta anécdota.

El preciadísimo y trascendental procedimiento “consistía en unos pañitos, lienzos de calzoncillos si el paciente era un hombre, o de esa prenda íntima del vestuario femenino a la que llamaban camisón, si se trataba de una mujer. Una vez se le entregaba dicha pieza, Charito se encerraba en una habitación, hacía sus conjuros y a poco aparecía con el pedazo de tela dispuesta a sanar las heridas; aliviar dolores; hacer concebir a las estériles; conceder la felicidad conyugal, y hasta mejorar la situación económica de algún crédulo. Estos pañitos, guardados en los bolsillos, aplicados a la parte afectada, o conservados tras las puertas, debían producir sus portentosos efectos”.7

El maravilloso procedimiento causó furor, la noticia se expandió por voz popular en toda la provincia “y es hecho rigurosamente histórico como la afluencia de viajeros fue tal por esta causa, que la Empresa del Ferrocarril de Cárdenas y Júcaro, después de agregar coches a los trenes ordinarios, tuvo a bien correr otros, extraordinarios, para llevar hasta Cárdenas los fanáticos procedentes de todas partes”8. Como ya se dijo y es bueno reforzar el tema: “Charito, obraba de buena fe y con absoluta convicción ejercía su oficio, no cobraba nada por ello, pero la Sra. Belaunzarán organizó el negocio y exigía tres pesos por los pañitos bendecidos en el consultorio y cinco pesos si era preciso ir al domicilio del cliente, mas estos precios regían para las gentes pobres, pues los ricos pagaban honorarios más crecidos. Cálculos moderados hacen ascender a $20 000 las ganancias que produjo este comercio en pleno siglo XIX9. Aquí parece ser el momento donde las cosas empezaron a cambiar pues esta historia comienza a tomar otros rumbos, inusitados, sombríos y tenebrosos.

A pesar de los numerosos forasteros provenientes de la provincia, para consultar la peculiar sanadora y los mismos pobladores de la villa que a diario le visitaban, algunos descontentos en los cuales este procedimiento había resultado nulo, comenzaron a comentar públicamente su desengaño. No transcurrió mucho tiempo y a pesar de los esfuerzos de “la primera autoridad local, representada por el Sr. Belaunzarán, quien alentaba y participaba de este comercio; si sus subalternos, algún profesional y hasta parte de la Prensa proclamaba los éxitos de La Vieja de Jiquiabo, Don Pedro Sust, cívico periodista local, y el notable poeta cardenense Sr. Federico Torre Rangel, entre otros, fustigaron sin piedad ese comportamiento y al cabo lograron formar un estado de opinión, lo cual, coincidiendo con las decepciones de los engañados, produjo formidable reacción que a poco culminó en una de esas terribles venganzas populares, inesperadas y ciegas, que dejan rastros de sangre”.10

De esta manera cuentan y aseguran: de una parte, reanimadores de memorias sociales, siempre inexactas, rellenas con apasionamientos, emociones y sentimentalismos, y de otra, aquellos citadores de la historia real, verídica, cronológica y completa, que “en efecto, a pesar de los pañitos: los cojos seguían renqueando; los inválidos no podían tenerse en píe; los calvos conservaban sus cráneos mondos y lirondos; el pobre quien con sacrificio adquirió un paño bendito, ese gasto le agravó la situación económica, y en fin, aquellos quienes buscando la tranquilidad doméstica fijaron tras la puerta un lienzo de Charito, continuaron con su existencia amargada y por parte alguna se advertían los prometidos efectos de los célebres pañitos.

Así fue configurándose tal desanimo hasta que cierto día, una manifestación formada por los pacientes defraudados se dirigió sobre la residencia de Belaunzarán, pretendiendo quemarla y siendo precisa la intervención de la fuerza pública, para salvarle de los furores del populacho. Curiosamente, algo después de este suceso, doña María Montoya donó $ 10 000 de lo recaudado, para la construcción en el Hospital «Santa Isabel», de Cárdenas, de una sala de inválidos que se llamó «Belaunzarán”.11 O por lo menos de esta forma lo consigna, la fuente de la cual hemos extraído el conjunto de ocurrencias presentados aquí, como ciertos y acontecidos en la susodicha localidad matancera.

Por su puesto y como es de imaginarse, Charito, quien no gustaba de verse envuelta en aquellos incidentes, tuvo a bien hacer mutis a tiempo y retirarse a su natal y bien ponderado Jiquiabo. Mas nuestro cronista no establece, ni determina lo ocurrido en las posteridades de los mencionados sucesos, ni poseemos información alguna sobre cómo terminó sus días la Virgen de Jiquiabo. Sin embargo si se nos hace saber, de la propia mano del señor Herminio Portel Vilá, en su artículo sobre el presente tema,  como “años después fallecieron en circunstancias misteriosas los esposos Belaunzarán; su nombre desapareció, con la sala que crearon, por unas reformas en el hospital, y sólo quedó, recogida en el folklore local la frase característica de: «eso es como aquellos pañitos de La Vieja de Jiquiabo», con la cual los cardenenses manifiestan su escepticismo, ante milagros que sean a base de pañitos”.12

Alegorías y pañitos de la fe

De esta manera, con toda intención y respeto, atendiendo a la dualidad del saber, a través de las dos miradas complementarias: la del creyente y la del escéptico, asistimos a este acercamiento al misterio de la sanación por la fe. Sabiéndonos grandes desconocedores aun, de algún código universal con capacidad de ofrecer respuestas certeras a todas las preguntas. Si este fuese factible de existir.

Así estos pañitos comunes a las memorias del imaginario popular aquí presentadas, que a unos cientos sanaban y a otros llevaban a la sublevación contra los sanadores, nos refiere una vez más a los principios de ancestrales filosofías que nos insinúan una y otra vez a tratar de descubrir el secreto maravilloso de la fe, para darnos cuenta que al final, este se comporta como la enigmática y tenue línea del horizonte: que mientras más uno se acerca a investigarlo, más lejos se retira.

Sobre todo hoy, que cada día se hace más fácil y rápido matar, cada vez mayor cantidad de personas en menos tiempo, aun y a pesar de todos los adelantos de la ciencia; continúa siendo tan difícil, lento y penoso sanar, “la verdadera enfermedad” de cuerpo-mente y alma, a la mayoría de los integrantes de la raza humana, tal y como lo ha sido desde el principio de los tiempos.

Así, desde aquellos pañitos de la virgen de Logroño, pasando por los de ma Dolores y la vieja sanadora de Jiquiabo, hasta las novísimas nanotecnologías aplicadas a la salud, tal vez lo que seguimos buscando en realidad es la esperanza por nacer del todo. La esperanza por terminar de crecer y alcanzar verdadera madurez espiritual. Tal vez fuese esta esperanza la sustancia de la cual está hecha la vida y quién sabe si la misma que se ha venido derramando sobre nuestros pañitos, desde aquellos sanares bíblicos hasta todas nuestras otras ultramicroanalíticas soluciones.

* Gerardo E. Chávez Spínola: “Milagreros célebres en la religiosidad popular”, Sección Imaginario Popular Cubano, CUBARTE.
** Gerardo E. Chávez Spínola: “Mujeres santificadas y bendecidas del imaginario popular cubano”, Sección Revelaciones, Cubaliteraria, 27 de junio de 2012.


Notas

1 Juan 9:1-6. en Sagrada Biblia, Ed. Regina S.A., Décima edición, Barcelona, 1970.
2 Hechos 19:11-12, Ob.cit.
3 Fernando Ortiz, “La virgen de Jiquiabo” en: Archivos del folklore cubano, vol. V, núm. 1, enero-marzo, pp. 344-346, La Habana, 1930.
4 Ibidem.
5 Ibidem.
6 Ibidem.
7 Ibidem.
8 Ibidem.
9 Ibidem.
10 Ibidem.
11 Herminio Portell Vilá en: “Los pañitos de la virgen de Jiquiabo”, Archivos del folklore cubano, Vol. III, La Habana, enero a marzo de 1928, Núm. 1. pp. 462-463.
12 Ibidem.

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