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El pregonero, vocero anónimo del imaginario social cubano

Gerardo E. Chávez Spínola, 20 de diciembre de 2012

Como una especie en peligro de extinción, durante muchos años los típicos pregones de vendedores callejeros casi desaparecieron del paisaje resonante de La Habana, para llegar ahora en avalancha inusual, a ocupar espacios redundantes en el ambiente sonoro de sus calles y plazas. Pero en la actual sonósfera capitalina, aquellos valores mágicos y riquezas metafóricas de los pregones de antaño, se quedaron por alguna parte atascados de tal forma, que aún no pueden llegar a las voces de los pregoneros de hoy.

Los pregoneros adquirieron gran importancia en la antigüedad, cuando no existían medios de comunicación masiva. La palabra “pregón” es procedente del latín praeconĭum, y generalmente se refiere a una proclama pronunciada de manera pública, con la intencionalidad manifiesta que la mayor cantidad de personas tome conocimiento de la información difundida.

La existencia del pregonero nos viene desde la época colonial. Principalmente durante los dos primeros siglos de la colonia (XVI y XVII), cuando se convirtió en una de las formas más frecuentes para transmitir la información pública y se hiciera muy popular su utilización en los principales asentamientos poblacionales de la Isla. Si las notificaciones o disposiciones emanaban del cabildo, era esta institución la que pagaba los honorarios del pregonero; cuando las autoridades eclesiásticas dictaban una pastoral, esta no era solo leída en las iglesias, sino que los pregoneros se encargaban de su mayor difusión; por aquellos tiempos, si se trataba de cualquier interés particular, como: entierros, bodas, bautizos y festejos, el cliente era quien debía pagar lo estipulado.

Así en aquellas épocas tuvimos en San Cristóbal de La Habana, pregoneros muy solicitados por la potencia de su voz y peculiaridades de estilos. De esta manera cobraron fama en el oficio, Antón Hernández y Baltasar Rodríguez, quien, además, fuera  portero de la Villa en el “año del Señor de 1594”. Ambos fueron muy conocidos y solicitados sus servicios por el Cabildo y por la Iglesia, para dar a conocer sus disposiciones. De esta forma tuvieron los habaneros conocimiento sobre las órdenes del “Cabildo, pregonadas el 22 agosto de 1550, donde: “se ordena a los taberneros no vender ni dar vino a negros e indios guanacos esclavos, y establece las penas de cárcel y azotes para quien incurra en violaciones de la medida”.1 “También establece la prohibición de que tengan armas ofensivas y defensivas, excepto los machetes que usen para las labores agrícolas”.2 De la misma forma que esta otra, del 12 de septiembre de 1550, donde se “ordena pregonar que ningún negro puede cortar árboles de cedro o cabo para hacer bateas y lebrillos u otras obras de poca calidad so pena de diez días de prisión y 300 azotes. Si lo hace orientado por su amo, éste deberá pagar al fisco veinte pesos de oro, la mitad para su Majestad y la otra mitad para las obras públicas de la villa”.3

En aquel momento ya La Iglesia influía poderosamente en el contenido de algunos cabildos, como el emitido el 12 de junio de 1567, el cual advertía que, “por cuanto hay mucho desorden los Domingos y fiestas, las tabernas y bodegones no deben dar de comer y vender vino antes de la misa mayor”, y ordenaba pregonar públicamente que de aquí en adelante ningún tabernero o bodeguero venda vino a ninguna persona hasta ser dicha y acabada la misa mayor”.4 Otro cabildo, del 29 de abril de 1575, disponía se pregonase “que todos vengan al recibimiento de la bula de la Santa Cruzada, para predicación en esta villa. Este cabildo anunciaba una pena de diez ducados o 20 días de cárcel para quienes no asistiesen a tal recibimiento”.5

El pregón y su impacto cultural

La expresión libre, caprichosa y abierta del pregón, con sus expresiones de fino humor picaresco, que en ocasiones lograba tonos artísticos, inspiró a muchos compositores cubanos. Melodías que, a través del tiempo, quedaron grabadas en la memoria popular, algunas de las cuales perduran hasta hoy en los pentagramas de las más actuales agrupaciones y repertorios de los más conocidos cantantes: El manisero, de Moisés Simons  conocido internacionalmente ; El botellero y El escobero, de Gilberto Hernández; El florero y El zunzún, de Ernesto Lecuona; El yerberito, de Néstor Milí; El relojero, de Rodrigo Prats”6; y Los tamalitos de Olga, de la orquesta Aragón, son evidente prueba de ello.

También el Teatro dio cabida al pregón, trayendo consigo su carga espontánea e inspiración popular. “El prolífico Jorge Anckermann puso música y adaptó a la orquesta muchos aíres de pregones habaneros y los incorporó a las obras de nuestros más célebres teatros. Gracias a él: tamaleros, vianderos, dulceros, pescadores, escoberos y vendedores de periódicos, desfilaron con gracia inocente o picaresca por el escenario del Teatro Alhambra”.7

La metamorfosis del pregón habanero de hoy

Según nos cuenta el etnólogo y ensayista Miguel Barnet, El baratillero ambulante fue un elemento inseparable de nuestro paisaje cultural, un símbolo de las peripecias que tenía que hacer el hombre humilde para vivir”.8 “pregonar la mercancía era una fuerte tradición entre los baratilleros”, “en la Plaza de San Lázaro, había un entrenador de voces que lograba reunir a menudo a estos vendedores con el fin de enseñarles a decir”.9 Afirma Barnet que los pregones de aquella época, “poseían cierto valor mágico y gran riqueza metafórica”, eran valores característicos muy peculiares que les convertían en parte de nuestro folclor.

Hoy, pregoneros improvisados por la necesidad, en un desfile interminable que suele durar desde temprano en la mañana, hasta ya entrada la noche, deambulan en trotes desgastantes las calles de La Habana. Se arriesgan a diario, porque casi ninguno tiene licencia de ventas. Multas y decomiso de la mercancía es la sanción. Ninguno de ellos fue vendedor antes, pero les impulsa la necesidad de supervivencia. Por eso en la actualidad, el ambiente sonoro de la urbe capitalina hospeda también esta nueva avalancha de pregoneros. Pero los hay de varios tipos y, por supuesto, de pregón. La mayoría nunca antes fueron vendedores. Carecen de una estrategia de venta y por lo general muchos tienen la concepción, que mientras más territorio abarquen al día, más posibilidades tienen de vaciar sus mercancías, por lo que trotan las calles con gran celeridad. Lo que ocurre en realidad es que este método les hace perder más que ganar posibilidades, pues actualmente hay un período de tiempo nunca fijo, entre el momento en que el posible comprador, o compradora, escucha el pregón y decide gastar su poco dinero, luego, si en realidad toma la decisión al fin de comprar, debe dejar lo que está haciendo en ese instante, todo lo cual le lleva un tiempo. En resumidas cuentas, cuando logra salir a la calle para llamar al pregonero, ya este se ido con sus apuradas voces a otra parte.

Esta explosión de vendedores pregonantes se produce como consecuencia de varias causas, una de ellas es la existencia en aumento de productores en pequeña escala que integran, lo que podríamos llamar, una renaciente industria privada manufacturera de productos y servicios, que aún carece de la forma de anunciarse. Nuestra prensa escrita, la radio y la TV, no tienen permitido anuncios comerciales de particulares, con la excepción de Radio Taíno, que tiene como destino los centros turísticos y, de manera excepcional, saca al aire unos pocos publicitarios, pero únicamente de empresas estatales y/o mixtas.

Es posible que el más reciente de estos peculiares pregoneros actuales, lo sea uno que no vende nada, sino que pregona su disposición de comprar. En algunos lugares les llaman “pedaciteros”, pues a viva voz pregonan: ―¡cooompro cualquier pedacito de orooooo…!―. Han llegado al ambiente citadino con cierta carga de dudas, por parte de los posibles clientes. Aunque no debe ser muy mal negocio, pues cada día aumenta su número por las calles de la ciudad. Hay otro pregonero comprador, en este caso: botellas de cerveza vacías y pomos de perfume. Posiblemente no estén relacionados con la estafa de aquellas botellas de cerveza cobradas como si fuesen de marca, que en algunos establecimientos de la ciudad, sirven rellenas con cerveza a granel (de pipas); o con aquellos perfumes de dudosas diluciones y efímeras fragancias, que suelen venderse en algunos lugares de La Habana. Pero siempre dan qué pensar.

Lysbeth, la manisera de la calle Obispo

Por los días en que se teclean las primeras parrafadas para este artículo, por la concurrida Calle Obispo, en el Casco Histórico de La Habana, anda una vendedora algo inusual que, ataviada de forma peculiar, con potentísima y clara voz, pregona en canto afinado su maní, con el internacional pregón de Moisés Simons. Su venta, potencialmente está dirigida a los turistas que por allí transitan, pero más que vender la oleaginosa semilla, ella va prodigando sonrisas y alegrías; de cuando en vez pincha, provoca, fustiga, estimula o compromete a quien pasa por su lado y cualquier dicharacho se escapa con agudeza de sus labios. En realidad, Lysbeth vende simpatía. Esa es su seducción y su anzuelo. Los dineritos que le dan los turistas, son más por fotografiarse junto a tan singular personaje, que por la venta de sus cucuruchos. Hay que señalar, que ella no es una vendedora furtiva, pues realiza sus ventas de manera totalmente legal, ya que paga sus impuestos regularmente a la Oficina del Historiador de La Ciudad. Pero Lisbeth, es un caso excepcional. Pues generalmente los pregoneros de hoy, o por lo menos una gran parte de aquellos que en la actualidad recorren las calles de La Habana, no alcanzan este arte de conquistar con su pregón.
 
Metáfora del pregón habanero

No pocos esfuerzos hacen las autoridades culturales del país, para retornar al pregón a aquel lugar de “personaje anónimo de nuestro folclor” que nos contaba Barnet. Hay hasta un Festival del Pregón  (En Santiago de Cuba), que mantiene una edición anual desde hace algunos años. Es posible que la situación en otras provincias del país no sea la misma que en la urbe citadina y existan aún, de surgimiento espontáneo y natural, pregoneros con voces de anuncios sugestivos y llamados atrayentes, que puedan hacernos sentir su pregón como continuadores de aquellas antiguas tradiciones. Pero actualmente, el pregonero que trota a diario las calles de La Habana, se ha convertido en una figura bastante diferente a la que cuentan los cronistas de antaño. Y su única metáfora es la de una inconsciente conversión en vocero secreto de un imaginario colectivo, que responde más que nada a la situación por la cual atraviesa la sociedad de hoy.

El pregonero ambulante de La Habana actual puede que continúe siendo símbolo de las peripecias que tiene que hacer el hombre honesto para seguir viviendo, pero aquellos valores mágicos, de ecos fluidos, llenos de gracejo popular y riquezas metafóricas de los pregones de antaño, rara vez han vuelto a poblar el ambiente sonoro de esta enmadejada urbe. Y aunque puedan existir sus excepciones, si en un tiempo pasado aquellas significaciones poéticas impregnadas de folclor, matizaron este modo de comerciar sobre el asfalto citadino, se quedaron por alguna parte atascados de tal forma que aún no han podido llegar a las voces de quienes hoy, practican este añejo oficio.


Notas


1
Marrero González, Juan: “Los pregoneros”. Fuente: Cubarte. 2004-09-16: http://www.cubarte.cult.cu
2 Idem
3 Idem
4 Idem
5 Idem
6 Barnet, Miguel: “El braratillero ambulante”. Apuntes sobre el folcklore cubano, Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, La Habana, 5, 1963.
7 Idem
8 Ibidem, p. 61.
9 Ibidem, p. 60.

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