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Federico de Ibarzábal,  creador de nuestra primera antología de cuentos

Cira Romero, 09 de enero de 2012

No han sido pocos los escritores cubanos cultivadores de géneros literarios de ficción y también del periodismo. Sin dudas, José Martí es la prueba más convincente de que en el cuerpo creativo, ninguno de sus componentes se opone.  De igual manera se manifestó el habanero Federico de Ibarzábal (1894-1955), vinculado primero al periodismo, después a la poesía y por último a la narrativa, aunque en su caso habría que mencionar, además, una discreta aproximación al ensayo.

No concluyó la enseñanza media, y casi de inmediato comenzó su vigorosa relación con la prensa.  En 1915 fundó, junto con el asturiano Alfonso Camín (1890-1892), asentado en la isla desde 1905 —coincidentemente fue también poeta, narrador y periodista—, la revista titulada Apolo, dedicada a divulgar ese género,  donde colaboraron autores cubanos y del resto del continente. Fue jefe de información de Heraldo de Cuba, El Comercio y El País y colaboró en Social, Bohemia, Cuba Contemporánea y Carteles. El sistemático ejercicio de esta actividad, desempeñada, ante todo, para el diario vivir, no lo distanció del verso. En 1913 vio la luz Huerto lírico (1913), y poco después  El balcón de Julieta (1916), Gesta de héroes; el poema de la guerra (1917), Una ciudad del Trópico. El año lírico. Versos de ayer (1919). Años más tarde dio a conocer Nombre del tiempo (1946).

Un crítico literario tan responsable de sus juicios como Cintio Vitier, no tuvo reparos en incluirlo en su obra Cincuenta años de poesía cubana (1902-1952) (1952) con «Lienzos marinos» (II y III), «Casino tropical», «Tiempo del atardecer indefinido» y «Tiempo del impertinente retorno». El autor de Lo cubano en la poesía inscribe a Ibárzábal en lo que denomina «línea prosaísta sentimental» y lo evoca como «el poeta del puerto y los sitios coloniales. También de los tipos del vivir cotidiano». Para este estudioso «Casino tropical» es expresión de «un sabor habanero y una sensibilidad lírica en la que sutilmente afloran los primeros síntomas del desencanto republicano». Leamos este soneto:

Este casino de amplia fachada impresionista
que quiere ser a un tiempo moderno y señorial,
no es más que una casona donde algún detallista
suele pasar el rato leyendo El Imparcial.

A veces, algún alma neurótica y artista
sueña en la biblioteca con Las flores del mal,
mientras en el contiguo salón, un tresillista
comenta una jugada que le salió fatal.

Y por la noche, en tanto discurren los paseantes
por la avenida, llegan dos ricos comerciantes
que hablan de transacciones con fervor mercantil.

O bien, bellacamente, los socios del casino
 hacen chistes picantes de hondo sabor cretino...
¿Comprendes ahora, hermano, las «torres de marfil».

En su libro Una ciudad del Trópico asume una actitud menos contemplativa y acaso fluyan en algunos textos un optimismo dinámico, observable en «Esta ciudad picante y loca», del cual citamos su primera estrofa:

Esta ciudad picante y loca
que está engarzada en una roca
como un diamante colosal,
llena de luz mi poesía.
¡Alucinate pedrería!
¡Extraordinario pedernal!

De «bello soneto» califica Vitier «Tiempo del impertérrito retorno», incluido en Nombre del tiempo, donde se aúnan la fina sensibilidad del poeta y una intimidad más madura:

De niño, en el playón, trazar solía
mil garabatos sobre las arenas;
y borraban las olas de azucenas
y jacinto, lo que yo escribía.

Más tarde, al mar también, yo remitía
mis canciones sin odios y sin penas,
y me regocijé con las sirenas
de canto litoral que yo entendía.

Vuelve al mar de jacinto y azucenas,
ora, mi canto. Se disuelve el día,
como antes, transitado de sirenas,

Y retorno al playón con alegría,
para escribir. Desazonado apenas,
puro. Yo soy un niño todavía.

Ibarzábal, sin abandonar la poesía, publicó tres novelas: La avalancha (1932), «La casa del diablo», aparecida, por entregas, en la sección de folletines del periódico El Crisol, en 1934, y Tam-tam (1941).  De ellas, la más significativa es la última, inscrita en la tendencia negrista de nuestra narrativa, línea también compartida por La raza triste (1924), de Jesús Masdeu (véase en esta columna «Jesús Masdeu, novelista pertinaz»), Écue-Yamba-Ó (1933), de Alejo Carpentier, y Sombras de pueblo negro (1940), de Irma Pedroso. Opuestas entre sí en composición y en trascendencia, penetran en el doloroso desenvolvimiento de los negros en la sociedad republicana. Tam-tam se desarrolla entre 1852 y 1898 e indaga en el papel desempeñado por los ellos en nuestras guerras mambisas. Aporta un elemento a su favor: desentrañar la huella que dejaron en la formación de la conciencia nacional cubana. En un texto anterior, titulado El problema negro (Ensayo de interpretación) (1935), Ibarzábal había dejado plasmado, desde la perspectiva del pensamiento,  lo que se convertiría poco después en el motivo esencial de la novela.


Como cuentista Ibarzábal se manifestó en dos libros: Derelictos (1937) y La charca (1938), aunque dejó numerosas narraciones dispersas en las revistas Bohemia y Carteles,  rescatadas por Enrique Saínz e incluidas en el volumen titulado La isla de los muertos  y otros relatos (Editorial Letras Cubanas, 1983). Generacionalmente Ibárzábal se ubica junto a los narradores de la promoción que surge a partir de 1923, aunque es el de mayor edad junto a los nombres de Arístides Fernández, Enrique Labrador Ruiz, Dora Alonso, Pablo de la Torriente Brau, Lino Novás Calvo y Enrique Serpa. Ellos elevaron el género a un sitial hasta entonces no alcanzado en nuestro proceso literario. Ibarzábal se inicia tardíamente, pero le corresponde ser voz  de transición, pues para que el cuento alcanzara tanto vigor en la historia literaria cubana era necesaria la existencia de figuras que, como la suya, respondiera, aún tímidamente, a los cambios en los cánones artísticos por venir, sobre todo en los planos lingüísticos y de composición de los textos.

En Derelictos y en La charca  aparece una temática cara a los narradores cubanos: el mar, pero en su acercamiento a esta propuesta Ibarzábal se aproxima estilísticamente, con mayor ahínco, a los escritores de la llamada primera generación republicana, no a los jóvenes autores recién iniciados y que hoy constituyen pilares de nuestra narrativa. Ibarzábal no provocó con sus cuentos rompimientos estructurales, ni tampoco supo alejarse del tono melodramático característico de la aludida generación. No obstante, cuando abordó hechos ceñidos a asuntos inmediatos de la realidad —por ejemplo, su ciclo de narraciones relacionadas con los sucesos ocurridos en torno a la dictadura machadista, aunque no los sitúa concretamente en tiempo y lugar—, nos deja ahí sus mejores páginas. A juicio de Alberto Garrandés, el titulado «Perdido», del año 1933, constituye una de las mejores muestras de este conjunto. Presumiblemente pensó reunirlos en un libro inédito: «Antes del amanecer. Cuentos de la Revolución».

Federico de Ibarzábal tiene un mérito insoslayable en la literatura insular: fue el primer escritor cubano en preparar una antología dedicada al cuento cubano. La tituló Cuentos cubanos contemporáneos, aparecida en 1937. Autor de la selección, el prólogo y las notas, inició una línea de carácter selectivo posteriormente transitada, hasta hoy, por numerosos intelectuales.

Aunque en su introducción aclara que «no es, exactamente, una antología»», pues «una obra así, hecha con amplio y profundo espíritu crítico, me hubiera tomado un tiempo de que no dispongo [...] he preferido hacer una selección de cuentos nacionales, y tomar de cada autor aquello más típico nuestro, más vernáculo y, en alguna ocasión, más folclórico». Más adelante afirma: «Nunca antes se había hecho en Cuba obra de esta clase. [...] Por primera vez [...] se reúne en volumen la labor de los cuentistas cubanos para apreciarla de conjunto, y [...] se da el espectáculo —consolador para nuestras letras—, de probar que se puede hacer».

En sus comentarios prologales Ibarzábal se muestra analítico y certero en sus afirmaciones: «Frente a problemas angustiosos cuya solución se hace cada día más urgente en lo social, lo político, lo económico, nuestros cuentistas reflejan ahora mismo nuestra inquietud, y los aspectos cambiantes de la perspectiva nacional», y menciona, a  modo de ejemplos, los nombres de Luis Felipe Rodríguez, Armando Leyva y Carlos Montenegro, entre otros. Dentro de la línea vernácula o folclórica menciona a Félix Soloni, Gerardo del Valle, Aurora Villar Buceta y Dora Alonso y en la vertiente que denomina «internacional por la universalidad de los temas que comprende», incluye los nombres de Alfonso Hernández Catá, autor, dice, «de relieve mundial por lo vasto y difundido de su producción», Miguel de Marcos, Enrique Serpa y Félix Pita Rodríguez. Estos escritores, y otros más, están incorporados al volumen, y cada uno aparece con una nota de presentación de carácter valorativo unida a  breves comentarios biográficos. Así, cuando irrumpe Pita Rodríguez expresa Ibarzábal en la primera línea: «Escritor de extraña originalidad y de sutil humorismo irónico». Curiosamente, al leer el índice, advertimos una marcada división de género, pues aparecen, como rara avis,  las «Mujeres cuentistas», donde incluyó a Lesbia Soravilla, Aurora Villar Buceta, Hortensia de Varela, Dora Alonso y Cuca Quintana. El libro contribuye a reafirmar lo que algunos dudaban: «Nuestra literatura tiene ya una fisonomía», según apunta el antologador.

Federico de Ibarzábal dejó inéditos cuatro libros de versos, tres de cuentos y dos novelas: «Mabuya» y «La partida insurrecta». Su nombre es, siempre, uno más de entre los muchos citados en nuestras historias literarias, pero contribuyó a  anunciar, sobre todo con sus narraciones, un cambio de signo en el desarrollo del género. Unido a ello, queda su cometido, bien cumplido, de abrir la línea de las antologías del género en la literatura cubana.