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Tristán de Jesús Medina, orador sagrado, poeta y narrador

Cira Romero, 12 de enero de 2012

Dos voces autorizadas lo apuntalan: José Lezama Lima lo incluyó en el tomo II de su Antología de la poesía cubana (1965), y Cintio Vitier le dio espacio en su obra La crítica literaria y estética en el siglo XIX cubano (Volumen II, 1970), apoyándose en la afinidad que tienen sus crónicas de 1881 tituladas «Recuerdos de la patria del poeta Coleridge» y «Cervantes y Calderón», con la crítica literaria que, en esos mismos años, hacía José Martí. Sin embargo, la obra de Tristán de Jesús Medina aún espera estudios y descubrimientos, aunque a él se hayan acercado figuras como Nicolás Heredia, José Manuel Carbonell, Manuel Sanguily y en fecha reciente, el especialista Jorge Ferrer, que dio a la luz Tristán de Jesús Medina, retrato de apóstata con fondo canónico (Madrid, Editorial Verbum, 2004), que contiene artículos, ensayos y sermones de este controvertido autor.

Nacido en Bayamo en 1833, de niño se trasladó a Santiago de Cuba, donde su padre había sido designado administrador de aduana. Sus primeras letras las hizo en La Habana y en Filadelfia. Posteriormente, estudió latín y griego en el Seminario de los Escolapios de Madrid. Completó sus ejercicios docentes en la Universidad Central de esta última capital y en Alemania. De nuevo en la isla, a los dieciocho años, contrajo matrimonio con Magdalena de la Junquera, joven que, al decir de Max Henríquez Ureña, lo sedujo «por su belleza angelical». Enviudó al año siguiente, y quedó al cuidado de una hija. Abrumado por el dolor, que le condujo a escribir su romance «Adiós a Magdalena», ni siquiera el estudio del violín, su instrumento favorito, le produjo consuelo. Su decisión fue determinante: seguiría la carrera eclesiástica. Se ordenó en el Seminario de San Basilio el Magno, en Santiago de Cuba, donde ejerció también como profesor en las cátedras de Física Experimental e Historia Universal. En los periódicos El Redactor y El Orden, de dicha ciudad, publicó, en el primero, su novela Una lágrima y una gota de rocío, y en el segundo otra titulada Un joven alemán. Ambas se inscriben más bien en la narración extensa, sin llegar a constituir propiamente novelas. En 1854 editó los cuadernos No me olvides, redactados casi enteramente por él,  donde dio a conocer también los primeros capítulos de otra novela, El doctor In-Fausto, y algunas poesías. En 1856 celebró su primera misa. De nuevo en La Habana, ganó merecido prestigio como orador sagrado y colaboró en revistas y periódicos. Precedido de esa fama llegó a Madrid cuando contaba treinta años y su reputación  fue en aumento. Al conmemorarse un aniversario del nacimiento de Miguel de Cervantes, la Academia Española le encomendó pronunciar la «Oración fúnebre de Cervantes», discurso que, se ha referido, causó sensación. En el Ateneo de Madrid desempeñó la cátedra que llevaba por nombre «Símbolo de civilización». En ella se pronunció a favor de la abolición de la esclavitud, lo cual le trajo como consecuencia la animadversión de los esclavistas, que le inflingieron rudos ataques. Era visita frecuente en los círculos liberales y se proyectó en favor del partido reformista cubano, y al estallar la guerra del 68, su posición se radicalizó y se colocó al lado de los insurrectos. Su artículo «Principios fundamentales de la libertad política», publicado en La América, de Madrid, en 1865, y reproducido en la Revista de Cuba, en 1884, da cuenta de sus ideas radicales.  Esta postura, opuesta a la de sus superiores jerárquicos de la iglesia, sumada a ciertas ideas racionalistas provenientes de su estancia en Alemania, determinó que abandonara la iglesia católica. Su inclinación a la heterodoxia — razón para que el erudito Marcelino Menéndez y Pelayo lo incluyera en su monumental obra Historia de los heterodoxos españoles— y su matrimonio con una señora de familia anglicana, lo condujeron a la iglesia protestante y llegó a acariciar la idea de crear una iglesia nueva. De nuevo en Madrid, se reconcilió con el catolicismo. No abandonó los deseos de ver a Cuba independiente y se unió en la capital española a los republicanos liderados por Emilio Castelar, con quien sostuvo fuertes vínculos. Falleció en dicha capital el 2 de enero de 1886.

Tristán de Jesús Medina publicó sermones, oraciones fúnebres, cantos religiosos, himnos, la novela El doctor In-Fausto (1854?) y el cuento «Mozart ensayando su Requiem» (1881, 1964), además de algunos estudios críticos notables, como los mencionados «Recuerdos de la patria del poeta Coleridge» y «Cervantes y Calderón».

Otras novelas suyas aparecieron en revistas literarias y, como amante de la buena música, anunció una serie que llevaría por título «Cuentos de un dilettante», la mayoría sobre temas musicales. Solamente consta que llegó a publicar el primero de esos cuentos: «Mozart ensayando su Requiem», obra que resulta una muestra muy atractiva de su talento literario, manifestado en ésta, con menos carga efectista que en otras producciones suyas, cuando estaba embebido en el furor del romanticismo, aunque su estilo siempre adoleció de arranques sentimentales demasiado excesivos para el gusto actual, sin dejar de traslucir un estado del alma que provocaba una empatía con el lector.

Cintio Vitier se emocionó con esta figura y su obra, en particular con su Mozart...., al punto de expresar que «con excepción de José de la Luz y desde luego Martí, ningún escritor cubano del siglo XIX tuvo una experiencia tan rica, dolorosa y profunda de los problemas últimos del espíritu [...] y quizás ninguno en absoluto llegó a un conocimiento tan íntimo y vital de lo que podríamos llamar problemas demoníacos», como el autor de «Mozart ensayando su Requiem». Páginas de aliento místico, nos llevan al mundo de las imágenes con una intensidad emotiva donde se unen música y lenguaje en una coyuntura sentimental que marca el desarrollo de la historia. Al manejar los recursos técnicos a su disposición, Medina  «parece estar dispuesto  de forma consciente para equipararlos con las pausas de esta elegía sonora más celestial que humana que es el Requiem». Aunando la biografía del notable músico con las insondables verdades que entornan al ser humano, el autor teje y desteje su historia, donde apostrofa, señala ingratitudes y condena la envidia mediante sus personajes, devenidos en símbolos, como Constanza Weber, representante del «amor terrenal», o Enma Crisolara, ejemplo de pureza y lealtad, o Emmanuele Gentile, protagonista del «amor-amistad». El seguro conocimiento de la Biblia que tenía el autor es devuelto al potencial lector a través de una certera vastedad donde la perspectiva religiosa toma a veces un sentido diabólico, de intensa susceptibilidad, pero donde tienen abrigo la belleza artística y la actitud místico-reflexiva. Vitier llega a afirmar que con esta obra el autor «se adelanta al ciclo modernista de nuestras letras» y alude a la comunión con el «’modernismo literario’, que tiene en Tristán una ostensible convergencia, ya que el autor de esta obra quiso nada menos que fundar iglesia basada en una fe más artística que teológica [...] es decir, una figura en que ambos modernismos —el estético y el religioso—, confluyen plenamente».

Como muestra de su prosa, leamos este párrafo donde Tristán de Jesús Medina hace referencia al «Mozart ensayando su Requiem»:

Aquella música abría sepulcros y cielos, desataba ligaduras enojosas, rizaba el plumaje de muchas alas, despertaba ecos en las altas concavidades, marcaba curvas de vuelos gigantescos que abarcaban miradas de soles, disipaba nubes para dar más espacio a perfumes visibles en columnillas de humo azul celeste, y descubría maravillas sin nombre y sin palabras, que ningún sentido humano percibió jamás desde nuestro valle de sombras.

En una nota necrológica aparecida en la Revista Cubana, firmada por Enrique José Varona, se puede leer:

Quizás ningún otro cubano ha tenido mayor fama entre nosotros, en los días de su inmensa popularidad. Poeta, novelista, periodista, pero sobre todo y particularmente orador, que ocupaba la única tribuna accesible entonces a los hijos de Cuba, el púlpito, su nombre y su palabra tenían singular resonancia en todo el país. los que quizás nunca habían oído el nombre de Escobedo, escuchaban constantemente repetir el de Tristán de Jesús Medina, como el de un orador de asombrosa facundia y estilo lleno de prestigio. Habría que venir a nuestros tiempos para encontrar una reputación semejante, en la de Montoro. Un sermón de Tristán Medina fue por mucho tiempo en la Habana acontecimiento que veían llegar con regocijo doctos e indoctos, y una verdadera fiesta para la inteligencia. [...] ¿Por qué no nos ha de ser lícito creer que el silencio y oscuridad en que ha muerto fueron voluntarios, por desasimiento espontáneo de cuanto en un tiempo lo había deslumbrado y aturdido: la fama, el vértigo de la actividad, el mundo, la vida, en fin, con todos sus grandes y tentadores enigmas?

Tristán de Jesús Medina sigue en el círculo de los ignorados, a la espera de un merecido reconocimiento como patriota e intelectual.