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La poesía de Alejandro González Bermúdez

Tropos, 26 de octubre de 2011

Es una marca estilística de la poesía regional agramontina, más allá del esmero en el uso del castellano de que son depositarios proverbiales, la fina imaginación compositiva. Siempre, de alguna manera, sus productos líricos son ricos en el diseño interior, en la fantasía para disponer sus mensajes. Aunque escriben, como en todas partes, textos de una sola linealidad constructiva, siempre tienen en su conjunto creador piezas que implican un montaje, por muy esbozado que sea, en el que una elegante teatralidad oculta gobierna el movimiento expresivo. Es el caso también, como buen agramontino que es, de la poesía de Alejandro González, que se caracteriza por una callada ambición estructural. Sus libros se arman y rearman, disponiéndose escénicamente, y en algunos de ellos se alcanza una bella puesta en página, que es, indudablemente, una dramaturgia sonora del asunto. Todo gesto profundamente romántico exhibe, como en la mejor poesía cubana de todos los tiempos, un sustrato de índole clásica, que crea una extraña resonancia total en la dicción. En esas búsquedas, no apriorísticas, sino inmanentes a los contenidos que se sueñan expresar, la poesía de Alejandro González encauza con éxito la complejidad psicológica del sujeto lírico, y revela aspectos sustanciales de nuestro mundo de hoy, en términos de relación humana.


Roberto Manzano

Alejandro González Bermúdez. Especialista de Relaciones Públicas del Centro Provincial del Libro y la Literatura en Camagüey. Poeta. Ha publicado los poemarios: Como un delfín después de la acrobacia (Ediciones Ácana, 1997); Fábulas del tiempo y la memoria (Ediciones Holguín, 2000); Confesiones del espejo (Ediciones Ávila, 2000); Toda la verdad del tiempo (Ediciones Ácana, 2001); Selección Poesía camagüeyana (Ed. Ácana, 2003); Cuadernos del Escriba (Ediciones Santiago, 2005). Algunas de sus obras han sido publicadas en revistas como La Gaceta de Cuba, Matanzas, Caimán Barbudo, Cauce, Cine Cubano, Antenas y otras publicaciones nacionales y provinciales. Formó parte de la gira nacional de poetas y trovadores "La Estrella de Cuba", proyecto en homenaje al bicentenario del natalicio de José María Heredia. Ha obtenido varios reconocimientos provinciales y nacionales, entre ellos: Premios de la Bienal de Literatura de la Asociación Hermanos Saíz en Camagüey (1993 y 1997), Premio Nacional Décimas a la Ciudad (Las Tunas, 1998), Premio Nacional de Poesía Adelaida del Mármol (Holguín, 1998), Premio Nacional de cuento breve Casa Tomada (Ciego de Ávila, 1999), Premio Nacional de Poesía Eliseo Diego (Ciego de Ávila, 1999), Mención en el Premio Nacional de Poesía Manuel Navarro Luna (Manzanillo, 2001 y 2002 y Premio Especial de Poesía Aniversario 490 de la Fundación de Santiago de Cuba (Santiago de Cuba, 2005). En varias ocasiones ha alcanzado el Premio de la Ciudad de Camagüey y el de la UNEAC en esta provincia. En 1999 le fue otorgado el Premio Príncipe de Televisión Camagüey. Obtuvo mención en la VI edición del Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén (UNEAC-Quintana Roo, México, 2004).

 

CONFUNDIDO EN LAS PIEDRAS

I

El hecho no era quedarse en las esquinas, sino volver a donde el tiempo masculla nuestra prisa. Volver. Siempre volver. El fin de la pesadilla. Como si no bastara el simple acto de la resonancia para caer rendido y satisfecho a tus pies, Eternidad. He de volver con los mismos pasos que alguna vez tornábanse aventuras. Volver sin rabia y sin miedo desde cualquier distancia como quien sabe que sus huesos serán los tatuajes definitivos de la tierra.

II

Después de las irremediables atrocidades del tiempo, uno se mira al espejo y comprende que todo ha sido tan rápido, tan impredecible, como brincos de sistema en sistema, de población en población que apenas ha habido tiempo de llamar, de avisar a quién, de qué… Aquel escándalo de la sangre que fluye estaba previsto y, aún así, añoramos la calma, la flotación y el sueño, ese que se espanta y apaga como un milagro, asustadizo, como un pájaro cuando, de repente, el hijo nos da una voz.

III

Nos han dejado solos con la noche entrecortada. Saco de noche para espantar inútilmente los niños a la cama, esos sabios que esperan hacer perdurar la casa mientras nosotros… ¿Quién esperará por nosotros en la lejana ambigüedad del destino? ¿Qué nos esperará después de las puertas que delinean el fin o la continuidad? ¿Qué nos hará crecer cuando seamos sólo causa y testimonio de los días? ¿Seremos los niños de la otra vez? Volveré por esos campos a sacudir la desmemoria. Ya no se quiere recordar. Ah rutina del ojo, ¿eres tú quien no nos deja ver el ángulo marrón de toda vida? ¿Acaso estamos todos hartos de esperar? Impetuosa es la cuenta. Es cierto. No soy aquel de este minuto antiquísimo ya. Expuse mi salto a la mordida y, aunque me desangraba, salí a confundirme entre las piedras, entre las últimas angustias del planeta.

CONVERSACIÓN CON MANUEL ALEJANDRO

En la memoria he visto esos anhelos
y he visto que me escancian codornices,
¿de dónde es que vendrán? Los aprendices
esperan. Ya no acosan a los celos

del cazador. La puerta es sólo de uno.
La puerta es el umbral, el decomiso
de angustias, es astucia y pasadizo.
¿A dónde piensas ir si con ninguno

de esos ocres te nombran, si no sabes
que la confianza es júbilo y vitral?
En sueño uno imagina el manantial
remanso, la inocencia toda. ¿Claves

en sí? El asombro, arrullo de unos tantos
malabares que el tiempo ha permitido.
En la bonanza justa del que ha ido
de alguna permanencia a no sé cuántos

desencuentros, mira, hijo, la saeta.
—¿Y esta marca? Otro asunto. Uno suele
volver a algunos sitios. Nada impele.
No es terco el corazón si nos aprieta.

EL TIEMPO, EL HOMBRE Y LA MEMORIA

El Hombre

Tengo al doblar el acoso
de un reclamo que me increpa
el verso, como quien trepa
mi voluntad con el gozo
de estar logrando un esbozo
de mi pasado. Yo le hablo.
Si no fecundo el vocablo
harán de la mente alpiste,
desavenencia, y qué triste
será el pretexto del diablo.

El tiempo

Iza la luz y no esperes
que el oscuro provocado
se haga reto. Ha equivocado
su papel. Del público eres.
No por lo astuto que fueres
andarás camino intacto.
Sube el telón. Primer acto.
Del pecado se mintió.
Baja el telón. Se aplaudió
por el hechizo. No hay pacto.

La memoria

Hay brindis. Cantos de parto.
El acertijo es que nazca
entre rumor y hojarasca
un ángel. Habrá reparto
de bendiciones. Un cuarto
para la danza y el juicio,
el arrecife, su vicio
por delirar. La fortuna
que se intuye es de la cuna,
no signo de maleficio.

El hombre

Ya vuelvo. Por el aviso
que significa atreverse
hago mis votos. No es verse
con la duda de improviso.
No es por el miedo. Está el piso.
Y está el conjuro del precio.
Igual tozudez. ¿El necio?
Se convertirá en demonio.
¿La reja? Su patrimonio.
Yo hablaba del otro aprecio.

El tiempo

Volvamos los dos. De agravios
nos minaron la existencia,
el empeño. La paciencia
no es del ojo. Es de los labios.
Por tu edad sé de los sabios
que guardan mucho misterio.
De palacio y cementerio
también sé. Pero me callo,
porque el silencio es ensayo
de la voz en cautiverio.

La memoria

Si todo ensayo es viraje,
¿la absolución dulcifica?
¿El alma se mixtifica
en la cruz? Al abordaje
se rememora el linaje
aunque maldigan la fecha.
La apuesta no se deshecha.
Eso permite un adagio.
Es la muerte. Solo un plagio.
Como ironía. O sospecha.

El hombre

Mas lo cierto es que resiste
la mentira sobre el óleo,
¿o es la verdad? De linóleo
hice su barca y embiste
contra mí. Es como un quiste
que devuelve en el azoro
los recuerdos. Como un coro
que murmura en el exilio
del pecho. Es que me afilio
sólo un temblor. No demoro.

El tiempo

¿Andamos solos o juntos?
¿Qué es este filo que aparta
nuestro discurso? ¿Una carta
o la envidia? Otros asuntos
nos pulsan. ¿Ven esos puntos
luminosos que parecen
pequeños puertos que crecen
allá en el cielo? Son puertos
para ahogar los desaciertos
que se mecen y se mecen…

El hombre

¿Ves?, el noble inquisidor,
el astuto nigromante,
¿de qué te sirve delante
de la sangre y el cantor?
¿Te conoce el hacedor
y el duende? Pensaba en Dios.
No les confunda mi voz.
Habrán de hurgar en el fondo,
yo tengo puertos y escondo
un arco, pero son dos.

La memoria

Pasó el olvido. Pasó
mirándonos en la enhiesta
sombra y en la pura siesta.
Nadie pregunta al que dio
su desnudez y voló
la llama, el espanto, el Cristo
mismo. Nadie. No me han visto
deshojando mis entrañas.
Adiós, dolencias extrañas;
me equivoco, luego existo.

LA CITA

Viniste a deshacer el infortunio,
a pregonar tu libre desafío
en el lugar que estuvo la humedad.

Allí me confundí con las albricias,
la conversión a riesgo fue diamante.
Procuraba la voz de los ancestros.

Yo andaba con heridas, fui a los salmos,
no me quedaban almas que invocar.
Admito que jugué cartas difusas.

Paseábame en alcurnias con monedas
y caían las hojas por costumbre,
y caían no más en otro cuerpo.

De pronto en el silencio de las manos
por simples escalones fui al destino,
que nubes me pusieron por delante.

¿Será el juicio? ¿La corte inapelable?
Subir es sólo muestra de sudores
y no el poder que augura permanencia.

La permanencia es luz y como luz
puede faltar. Apunto hacia la hoguera,
no me faltan bramidos en la sangre.

Sombras de los esclavos, ¿qué me insuflan?
Ocio de los fantasmas, ¿qué me lanzan?
¿No trafican mi nombre donde quiera?

¿Se equivoca la piedra? Soy del tiempo.
Acércate desnuda hasta mi puerta
que en mi pecho te ofrezco las aldabas.