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Georgina Herrera, la iluminada por el fuego de su poesía

Daisy Rubiera Castillo, 20 de enero de 2011

Después de leer el poemario Gustadas sensaciones, que fue el primero que me leía de Georgina Herrera, me pregunté: “quien es esta mujer que se autodefine como:

Figura solitaria transitando
Un camino inacabable,
Sobre sus hombros lleva su mundo:
Trinos, sueños, cocuyos y tristezas.

Por fin la conocí personalmente en uno de los Talleres de Crecimiento Individual de MAGÍN, grupo en el que durante varios años nos reunimos muchas mujeres con el deseo de mirar el mundo a través de otro prisma que no fuera con el que tradicionalmente nos lo hicieron ver. Desde que la vi, sentí una fuerte atracción hacía ella por su risa suave y la ruidosa melancolía que se desprendía de sus palabras. En la medida en que la fui tratando advertí a una persona que la vida se empeñaba en doblegar, pero que se le hacía difícil de vencer.

Entonces nació mi interés en escribir un libro sobre su vida. Cuando se lo hice sabe, le gustó la idea y me dijo: “Mi vida ha sido como un árbol lamentable, en ese libro sacaré sus raíces al sol para que se sequen.” En aquel momento no entendí lo que me quiso decir, pero en la medida en que me leía toda su obra poética y profundizaba en las largas conversaciones en las que me abrió su corazón para “a golpes de memoria” narrarme su historia, la entendí perfectamente.

Así supe que desde su más tierna infancia se había creado su propio mundo en aquel hogar humilde, carente de recursos, juguetes y libros, pero lleno de trabajo, esperanzas, aspiraciones y sueños. Allí, donde, desde pequeña, con gran sentido de la dignidad e independencia, se fue formando su espíritu y temperamento: fuerte, decidido, orgulloso, trasgresor.

Me hizo saber que hacer poesía era una necesidad para ella, un don con el que había nacido, que no lo había buscado, que no escogió, que para su goce o padecimiento o, para ambas cosas, había nacido poeta; que lo llevaba en la sangre, en  los latidos de su corazón; que la poesía formaba parte de su existencia, que la escribía mientras vivía, amaba y respondía con ella a las preguntas que le hacía la vida, la gente y las cosas. 

Me di cuenta que le gustaba que sus poemas tuvieran un tono esperanzador, en ocasiones con mucha fortaleza espiritual y abnegación, que dejaran una sensación de paz cuando se leyeran. Indudablemente existe una fuerte alianza entre la personalidad de Georgina, y sus versos.

Leyendo sus poemarios me di cuenta de que detrás de esa forma sencilla en que están escritos sus versos, hay un mundo de cosas que se quieren decir y que hay que saber interpretar; de la misma manera a ella hay que saber conocerla.

En aquellas conversaciones supe del gran amor que sentía por su abuelo, a quien consideró como un rayo de sol y quien le creó un mundo mágico muy fuerte. Quiso ser como la bisabuela Victoria, de ahí su poema “Retrato oral de Victoria”; pero a Georgina no le gusta parecerse a nadie, quiere ser como ella misma, pues ese otro que muchas personas creen tener, ella también lo tiene, pero es, la otra Georgina, la que está dentro de ella misma.

Georgina tiene un gran compromiso con sus ancestros llegados a estas tierras en barcos negreros, y es a partir de su toma de conciencia con plenitud y gozo de sus raíces africanas que raza, clase y género toman cuerpo en sus poemas como “Primera vez ante el espejo”; “La dama de Nigeria”. “Oyendo hablar al viejo Owení”, “Ochún”“Fermina Lucumí” y muchos otros.

En aquellos meses de mucho encontrarnos para trabajar, compartí con ella la alegría y el orgullo con me hablaba de su hijo e hija, de cómo había disfrutado la maternidad. Me recitó su poema “Las dos mitades de mi sueño“. También compartí la tristeza y el dolor de sus recuerdos por la separación y la pérdida de esos seres queridos. Dolor y tristeza que se perciben en muchos de sus textos poéticos, especialmente en “Reclamo” y en la dedicatoria de su libro Gritos, donde plantea: “A Ignacio Teodoro, mi hijo, mi editor, mi crítico, la guerra que echo diariamente y me da nuevos alientos”.

Georgina conoció  el amor y la pasión carnal, pero no le gusta hablar de eso. Piensa que es profanar el recuerdo de su gran amor, porque ninguna otra persona pudo pasar de los umbrales de su vida sentimental e íntima. A él dedicó muchos de sus poemas, entre ellos “Duelo I” que me permito leer aquí:

Eras mi lujo
Y mi esperanza
Ir a algún sitio y regresar,
mi única guerra,
mis derrotas,
ahora, de pronto y para siempre,
eres la paz

Ella supo atrapar la felicidad en los momentos en que le llegó. Es una mujer libre, comprometida con la verdad, con su verdad. Cree en la amistad, Le gusta el otoño, los ríos. Siente temor y miedo por muchas cosas como el mar, las ranas, las noches oscuras. Es una mujer de fe, feminista. Combate con firmeza el racismo y la discriminación racial. Su punto vulnerable es la muerte.

No tengo muchas otras cosas que decirles de Georgina, solo que me permito leerles lo que para ella será su última sensación. Su poema “El día sin sol”:

La última
batalla por librar
ya terminada y por demás perdida.
Cerrar los ojos
y no saber del sol,
ni a que distancia de mis labios queda
el cielo. Deshacerme
de mis pasadas tempestades.

Traicionada por la memoria
borrando los secretos que existieron
entre septiembre y yo.

Y nada más que un poco
de cualquier flor, llenándome las manos
sin motivo.

Y ese día, mi querida Georgina, tus amigos y amigas que aún no hayamos sentido esa sensación, estaremos allí, acompañándote.

Daisy Rubiera Castillo

La Habana, 19 de enero del 2011