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Narrativa de… David Mitrani
 

Lauros, 27 de diciembre de 2010


Los cuentos de David Mitrani reflejan un particular dominio de la narrativa, en ellos confluyen universos fantásticos, así como la climatización de un realismo casi pictórico, en tanto la ficción se sucede por la impresión de tramas sicológicas bien definidas.

Con Los malditos se reúnen1 (Premio Alejo Carpentier 2002), este autor presenta escenarios límites mediante los cuales personaliza su reflexión, proveniente de circunstancias aun poco advertidas.

Ofrecemos una de sus historias, donde el performance colinda con el absurdo, expresado desde la complicidad del arte.  

                                                  Osmán Avilés

 Pintores de corral

Con un mínimo taparrabos arropándome, deliberadamente adelgazado por rigurosos ayunos, permanezco parado sobre una silla que a su vez está sobre un dado blanco de madera. Aliosha, manejando hábilmente los pinceles, me ha dado apariencia de yeso patinado. Simulo ser una estatua, sólo cada ciertos intervalos de tiempo cambio de postura, entonces lo hago con armonía, como si mis articulaciones tuvieran un engranaje mecánico. Desde aquí puedo contemplar toda la galería. Allá, a varios metros de mí, está la mejor instalación del año: Pintores de corral. La deposición del pollo morado atraviesa la red metálica y se escurre hacia el lienzo donde hay un cráneo barbado. El ave pertenece a un hato de diez pollos. Ellos han dejado sobre el lienzo una mancha verdosa que esboza un gorro militar. Otro pollo revolotea constantemente dentro de la jaula, exhibiendo su colorido ante los humanos que admiran la obra de Aliosha, quien hoy, de tanto elogio escuchado, no cabe dentro de sí, y de vez en vez señala hacia mí con orgullo. La idea de pintar pollos fue suya, pero el dueño de los animales soy yo y, ponerlos a expresarse encima de un lienzo, se me ocurrió a mí. No soy especialista en plástica. Si me preguntaran sobre alguna corriente de vanguardia, no daría pie con bola, porque soy un burro para memorizar nombres como painting combined, ready made, y otras basuras por el estilo, sobre todo cuando la diferencia entre unos y otros conceptos es mínima, tan mínima como que si un hombre pinta en público con un pincel amarrado al sexo (erecto por supuesto) se llama performance y si lo hace mojando el sexo directamente con óleo se llama body art.

Antes, hasta el día en que Aliosha y yo pintamos la cerca de mi casa, me creía incapaz de hacer arte. Entonces Aliosha le tiró una pincelada a un pollo que andaba picando bichos mansamente por el patio, y dijo que sería un vacilón colorearlos, que estaban blanquitos como un lienzo, y cada vez que uno se ponía a tiro, mi amigo le metía un trazo verde, y, antes de terminar con la cerca, cuatro de ellos parecían aguacates con patas. Después, una de mis aves le cagó la zapatilla y entonces fui yo quien dijo que aun los animales tienen necesidad de expresión, y al instante imaginé la construcción de un pollero desde donde los pollos harían sus necesidades hacia una tela. Al día siguiente, Aliosha, amarrándole las patas y colgándolos de un palo, coloreó a cinco con tempera. Después de saciarse con mis aves, a las que de alguna manera llenó para siempre con su espíritu libertario y creativo, le propuse la instalación del pollero.

Conseguimos tela metálica de huecos grandes que dejaran caer las deyecciones libremente, y con ella hicimos la jaula. Debajo pusimos el primer lienzo que fue bombardeado durante una semana. Después, Aliosha se lo llevó para su taller y allí lo fijó con barniz. Quedamos satisfechos. Pretendíamos dejarlo como obra única, pero un dealer alemán, maravillado, soltó cinco mil verdes por la técnica mixta.

A partir de entonces mis pollos hicieron innumerables lienzos sobre los que Aliosha, inspirado por las imágenes obtenidas, descargaba su pincel. Incluimos en la dieta de los animales ciertos colorantes casi inocuos, que matizaban sus defecados, así como laxantes para ganar en productividad. Los pollos, obviamente, se encargaban de las mezclas. Llegamos a manejar las proporciones de uno u otro colorante para lograr degradaciones. Durante aquel arduo período creativo vendimos muchos lienzos. El alemán compró dos más, un yanqui tres, un italiano cinco, un español, después de mucho regateo, compró uno de pequeño formato. De modo que Aliosha se entregó plenamente a lo que él llamó: chicken painting.

Siempre consideré un acto de infinita bondad que mi amigo compartiera sus ganancias conmigo. Pero Aliosha siempre fue un inconstante, un tipo que cada vez que se rascaba cambiaba de parecer, y después de poner debajo del pollero gran parte de su obra para que fuera transformada por las deyecciones de mis aves, dijo que entraría en una nueva etapa, que prepararía una nueva serie, que sería la máxima expresión de su libertad expresiva. Consideré un atrevimiento de mi parte continuar por mi propia cuenta con el movimiento chicken painting, de hecho después hice dos obras que fueron rechazadas por los dealer.

En la obra de Aliosha comenzaron a aparecer imágenes cadavéricas. Hizo un plano de la Habana Vieja y, sobre este, dibujó cinco esqueletos danzando. Tomó la colchoneta sobre la que dormía en el piso, la desgarró, abrió un hueco, derramó sobre ella medio galón de acetato y acostó en el nicho un esqueleto de tamaño natural armado con tubos de óleo. Igualmente aparecieron en sus cuadros esqueletos con alas, esqueletos en bicicletas, esqueletos fornicando entre sí, orgías de esqueletos bajo el sol tropical. La pelona empezó a obsesionarlo y me hablaba de los sacrificios en las civilizaciones antiguas y del suicidio como máxima expresión de la emancipación del hombre, y aseguró que yo también tenía mi conexión con la pelona, porque mi nombre, vaya qué coincidencia, era Alexis, que también de alguna manera era una especie de Alexander, y que yo había nacido el mismo día que él, Aliosha, y que habíamos crecido juntos en el mismo barrio, unidos por algún destino misterioso. Sí, me habló de la libertad y de la muerte. Primero por separado, luego mezclando uno y otro concepto, inmiscuyendo mi nombre con el arte, reconociendo mis posibilidades expresivas, mi talento.

Yo nunca había reparado en muchas de las cosas que Aliosha me había dicho. Me abrió los ojos, como quien dice, hacia el verdadero arte. Así, infinitamente bondadoso una vez más, me ha permitido en el día de hoy ser, junto a nuestro pollero, parte de su exposición. Porque además del proyecto con las aves, el cual ha sido un rotundo éxito y ha merecido varias notas de prensa, Aliosha y yo hemos ideado este performance, llamado Patíbulo, cuyo desenlace, vengo a conocer ahora. El propio Aliosha, borracho y enmariguanado como otras veces, se acerca, sonríe ante mí, me guiña un ojo, y, sin volver a mirarme, patea con fuerza el dado en una de sus aristas, y este, como si hubiera esperado toda la noche por esta señal, se desarma sorpresivamente, y la silla se viene abajo, y yo, sin poder ofenderlo como quisiera, sin poder denunciarlo, quedo pendiendo de una soga que aprieta mi cuello, mientras los admiradores de Aliosha aplauden mi actuación, mis ojos desorbitados, mi lengua morada, mi pataleo inútil.

                                                               ***
David Mitrani (La Habana, 1966). Narrador, poeta y critico. Dentro de su obra narrativa se encuentra la novela Ganeden, editada en México, por la que fue distinguido en Berlín con el premio Anna Seghers 1998, que gratifica la labor literaria de jóvenes escritores. También ha publicado los libros de cuento Modelar el barro (1994) y Santos lugares (1997). Junto a Alexis Díaz Pimienta publicó Robinson Crusoe vuelve a salvarse (1995), que mereció el premio Cucalambé de décimas.

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1 David Mitrani: Los malditos se reúnen. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2003.