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Centenario de Dora Alonso.
Juan Ligero o el viaje encantado

Enrique Pérez Díaz, 22 de junio de 2010

En Juan Ligero y el gallo encantado, la última entrega que en vida nos hiciera Dora Alonso, se advierte la benéfica herencia de obras anteriores como El cochero azul y El valle de la Pájara Pinta; pero aquí la imaginación se desborda con más fuerza, la voz del narrador se libera, y si antes podía hablarse de un realismo ingenuo, ahora resulta evidente que —en la aventura de este niño marcado desde su nacimiento para vivir una experiencia mística de autocrecimiento y un largo viaje iniciático hacia el mundo de la noche (imaginación, fantasía, tradición, mito, leyenda)— hay un despliegue mayor de recursos que colindan con esas corrientes literarias que los críticos han dado en llamar, quizás de una manera un poco genérica, el “realismo mágico” o “lo real maravilloso”.

En definitiva, esta entrega es un agradable paseo por la magia, que será tan agradecido por un menor como por el más exigente adulto y que ratifica a Dora con esa imaginería suficiente como para sumergirnos en cualquier entorno y salir renovados de él.

Es destacable que en esta novela la autora rescata un modus inherente a sus tres novelas anteriores destinadas a los niños. El viaje. Un viaje es el punto de partida en Las aventuras de Guille, en busca de la gaviota negra; un viaje es el que emprenden Martín Colorín y sus hijos en pos de la ilusión de encontrar un entorno mágico; un viaje es el de Isabela, a través de ese singular valle que se da en tan magistrales pinceladas.

En cada caso se tratará igualmente de un viaje iniciático, un viaje de crecimiento —incluso cuando se hace acompañado de adultos (también los adultos crecen en este viaje)—, y este recurso, no por explotado y por ser constante en los cuatro libros de referencia, deja de renovarse, sin embargo, en cada uno de ellos.

En el caso de Guille, es un viaje en pos de la aventura y del conocimiento mejor de su entorno; el del cochero azul y sus hijos, el viaje se hace en busca de un entorno diferente; Isabela, en cambio, persigue una leyenda; y en Juan Ligero… el viaje es como una cadena de acontecimientos, una especie de carrera de relevos iniciada por Pancho Poco, mero instrumento de conexión en otro viaje posterior, y seguida por Juan Ligero, marcado desde su nacimiento para realizar una misión inusual y nunca antes sospechada.

Siempre un viaje

Un viaje, siempre un viaje; donde quizás lo más importante no sean el punto de partida o el destino, sino el hecho en sí de viajar.

En la vida, un viaje suele ser movimiento, ruptura, renovación, descubrir nuevos horizontes, crecer, anhelar otras metas, andar ese camino que, como dijera el español Antonio Machado, se ha ido haciendo con el andar mismo.

Entonces, en la literatura, el viajar no puede significar nada mejor que crecerse en todos los sentidos posibles —y, ¿por qué no?, también en los imposibles— con tal de encontrar algo, aquello que ni nosotros mismos tenemos conciencia exacta de estar buscando.

En este panorámico viaje que hemos realizado por la obra narrativa de Dora para los niños, podemos advertir, como conclusión, que esta peculiar autora nunca se mantuvo tranquila; desdeñó, pues, los sitios conocidos para adentrarse por otros predios literarios quizás insospechados para ella.

Aventurera y valiente como la que más —aunque quizás algo restringida a sus referencias literarias y a su credo de qué debía ser un buen libro para niños—, rechazando cualquier esquema acomodaticio —a la vez que se mantenía dentro de un canon por ella misma establecido—, Dora siempre se atrevió a buscar nuevos caminos por los que iniciar un nuevo viaje, fue consecuente consigo misma y con sus ideas, con sus conceptos de patria, literatura, niño y Revolución.

Nos queda, para las generaciones futuras, el rico legado de todos y, a la vez, cada uno de sus libros, obras que marcaron remansos en una vida llena de hechos contrastantes, una vida agitada y por momentos difícil pero, por supuesto, una vida plena: literaria y humanamente.

Aunque Dora inició hace casi una década su último viaje, aunque por voluntad propia el viento pasea sus cenizas entre los milenarios mogotes del Valle de Viñales, cuantos la conocimos —al menos una vez— sabemos bien que su obra queda en todos nosotros, que el acento grave de su voz cálida y añosa nunca nos abandonará, que el azul inmarchitable de su mirada vivirá eternamente en el cielo y el mar cubanos, vivirá en el azul mismo, cuyo imborrable recuerdo —como acertadamente alguien ha escrito— suele ser más azul que el mismo azul en sí.

Deseo concluir este acercamiento a Dora y a su obra para niños retomando, como colofón, una acertada afirmación del Poeta Nacional Nicolás Guillén, quien, a mi parecer, la supo retratar en cuerpo y alma, le hizo entera justicia y la situó, por toda una eternidad, en el anhelado e inalcanzable Olimpo de los dioses de la literatura cubana:

Hay en la obra de Dora Alonso una fuerza que le viene de los materiales que trabaja tanto como de la manera directa y pura de hacerlo: hombres y mujeres nacidos del dolor diario, vistos en su vida simple, a veces tan compleja. Ello la ha situado en un plano de muy elevada categoría en las letras hispanoamericanas, donde acusa una desgarrada expresión del alma popular. Sería injusto repetir ante ella —como lo fue ante la inmortal camagüeyana (Gertrudis Gómez de Avellaneda)— aquella frase, modelo de presuntuosa superioridad masculina: “Mucho hombre es esta mujer”. No, Dora Alonso es una escritora profunda, que expresa con ecuménica dimensión una angustia universal, como sólo es dable a un artista verdadero, ya sea mujer, como la Avellaneda, o un hombre, como Martí.