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Con Manolo Granados
Ines María Martiatu , 09 de octubre de 2007

En 1967, ocurrió un hecho insólito y que habría de marcar un momento importante en la literatura cubana: Un poeta joven, Manuel Granados, resultó finalista del importante premio literario  Casa de las Américas y se le concedió una Mención. En el jurado, integrado por  reconocidos escritores cubanos y latinoamericanos. El argentino Julio Cortázar reconoció sin ambages el talento de aquel joven negro y desconocido.

Manuel Granados, Manolo para sus amigos, ya frecuentaba el ambiente intelectual de la época. Sus poemas habían aparecido en periódicos y suplementos literarios, pero sólo había dado a conocer un libro de poesía, El orden presentido. Ahora, con su primera novela Adire y el tiempo roto nos mostraba su indiscutible talento como narrador, que se confirmaría en su obra posterior. En esta novela nos revela, en pasajes casi autobiográficos y escritos con inusual intensidad experiencias vividas por el propio autor. Las peripecias de Julián, un joven negro, cubano, a finales de los años 50. Sus aventuras y amores, su enfrentamiento al mundo que le había tocado vivir y su decidida participación en la acción por transformar ese orden injusto. Todo ello  contado en un estilo directo y apasionado, a veces desconcertante.

Una voz y un universo que no se habían expresado desde ese punto de vista en la narrativa cubana. Según el ensayista cubano Walterio Carbonell, desde los tiempos del novelista y político Martín Morúa Delgado, no había aparecido en el canon de la literatura cubana un novelista negro de importancia como Manuel Granados. Lo cierto es que Morúa fue un hombre cuya vida se desenvolvió entre los siglos XIX y XX, (1857-1910). Manuel Granados vivió plenamente en el XX (1930-1998) lo que le hace uno de los novelistas más importante de la segunda mitad del siglo XX.
 
Manuel Granados nació en la ciudad de Santa Clara en 1930. Siendo aún niño  se trasladó con sus padres a la ciudad de Camagüey donde transcurrieron su adolescencia y gran parte de su juventud. En Camagüey, afloran sus primeras aficiones literarias y se acerca a varios jóvenes que por esa época cultivaban la poesía. 

Es en esa ciudad también donde sus inquietudes revolucionarias estimuladas por el momento que se estaba viviendo en nuestro país, lo hacen incorporarse a la lucha contra la sangrienta tiranía de Batista. La conciencia de la necesidad de un cambio le hicieron ver en el Movimiento 26 de Julio y sus acciones, la vía correcta para encauzar sus inquietudes. En La Habana, conoce el mundo de la clandestinidad, de las acciones secretas en una ciudad convulsa, donde la lucha urbana había llegado a un nivel  de participación y entrega que no daba tregua a los cuerpos represivos furiosos ante el heroísmo y sacrificio de aquellos jóvenes dispuestos a entregar hasta lo más precioso, sus vidas, a una causa que sabían justa.  Pero en esa misma época conoció el trasfondo de los marginados, de los más pobres, desheredados, que vivían en las condiciones más precarias, los excluidos de la sociedad explotadora.

Conoció el  mundo sórdido de los albergues de hombres solos, donde en salones colectivos y por unos centavos encontraban una cama los que no tenían donde vivir. Tenían que mal dormir vestidos por temor a ser despojados de sus pobres pertenencias como ocurría a menudo en esos lugares. También  penetró en los laberintos de pobreza del barrio de indigentes de Las Yaguas, la “villa miseria” más famosa de La Habana en aquellos tiempos. 
     
Eran ya los finales de los años 50. En La Habana y en todas las ciudades y pueblos de Cuba se manifiesta un clima de descontento que alcanza a diversos sectores sociales. Los obreros, los estudiantes, los intelectuales y otros grupos están dispuestos a eliminar las consecuencias de una historia de  dependencia económica y política que habían tenido a  la república sujeta, desde su nacimiento en 1902 a los designios del capital norteamericano. Se imponen profundos cambios sociales que acaben con la enorme desigualdad de clases, con la miseria, la corrupción, la injusticia social y la ilegalidad de la dictadura de Batista. Ya habían ocurrido los históricos hechos del Moncada el 26 de julio de 1953. Su repercusión fue el detonante para la lucha en toda Cuba. Y más importante que la acción militar en sí fue el reconocimiento de un liderazgo y la divulgación del  programa en el que la mayoría del pueblo vio claramente la esperanza para la solución de sus propios problemas.  Es en este contexto de acontecimientos vertiginosos en que transcurrió la vida de Manolo. Ya la lucha armada en las montañas y la guerrilla urbana habían logrado el apoyo de la mayoría del pueblo y se encaminaban hacia la victoria. Manolo Granados fue un hombre de acción en el más amplio sentido de esa expresión. Participó en la vida literaria provinciana de su Camagüey, en la lucha clandestina, se incorporó a la guerrilla en el III Frente Oriental bajo el mando del Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque. Ya con el triunfo revolucionario fue miliciano, participó en todas las movilizaciones de la lucha contra bandidos, en las de Playa Girón  y en las zafras del pueblo realizando  el trabajo históricamente más duro, el corte de caña.

Manolo Granados se convirtió en uno de mis mejores amigos. Aunque eso de “mejores”, no sé. Puede que los mejores amigos no sean precisamente los más queridos o viceversa. En este caso coincidieron ambas circunstancias.  Nos conocimos en una de las tantas exposiciones de pintura que se inauguraban en 1959 o 1960, no recuerdo bien. Era una época de efervescencia revolucionaria y cultural, había ocurrido una explosión  y todos estábamos en un estado como de  encantamiento  en el que casi todo parecía posible. Una fiebre de creación, una gran euforia comunicativa  caracterizaban en aquellos momentos el ambiente cultural. En aquella tarde de inauguración estaba Loló Soldevilla, vestida de miliciana y llevando de la mano a una nieta adolescente. Sarita Gómez y yo la acabábamos de conocer, pero Manolo, que nos observaba atentamente entre asombrado y encantado, según él mismo me contó años después, creyó que habíamos ido allí juntas con Loló y le pareció extraño ver a dos muchachas tan jóvenes como nosotras con una miliciana ya madura, un poco gorda y con dos pistolas en vez de una. Más tarde repetía aquellas anécdotas de una forma tan chispeante, con sus constantes acotaciones y su agudo y buen sentido del humor. No sé si lo que decía era cierto o lo hacía para halagarme, divertirme o expresarme su ternura y admiración o todo junto. Lo cierto es que lo lograba. Yo me reía y me encantaba que repitiera una y otra vez  las mismas historias. Siempre le introducía nuevas variaciones y detalles. Me decía que él muchas veces nos había seguido por las calles, que le encantaba nuestra forma de vestir, que nos había visto en varios teatros, cines, y exposiciones. Participábamos sin falta en los múltiples acontecimientos que llenaban a diario la cartelera cultural de todos los periódicos. Según refería Manolo, una tarde, que ya debió ser a finales de 1961, nos vio tomando café en la calle 23, frente al ICAIC en compañía de Norma Torrado, editora del famoso Noticiero ICAIC y mano derecha de Santiago Álvarez por aquellos años. Norma llegaría a ser como una hermana para Manolo.

Luego vio como las tres cruzamos la calle y entramos en el edificio ICAIC. Según él, esto le hizo tomar la decisión de comenzar a trabajar allí. Porque le gustábamos, decía, aunque seguramente no fue sólo por eso. En efecto, trabajó durante varios años en el Archivo Cinematográfico de esa institución.

La noticia de la Mención del Premio Casa de las Américas para Adire y el tiempo roto llegó cuando trabajábamos ambos en el ICAIC. Luego vino la publicación de la novela en la colección premio y el impacto de su lectura por parte de los amigos e interesados.  Manolo no se detuvo y pronto se publicó  El viento en la casa-sol, ese libro de narraciones excelentes, algunas desconcertantes. En ellas su autor no sólo confirmó la legitimidad de su talento y la voluntad de crear una obra consecuente y sólida, sino que va profundizando  poco a poco en zonas de la identidad y la espiritualidad del hombre y la mujer negros, haciendo que naciera para la literatura cubana un universo inédito y particular a través de la narrativa. Cuentos como Referencia de María Candela, dedicado a Sara Gómez, en que se muestra la trayectoria de una mujer negra que se desgarra en la ascensión hacia su identidad, o el inquietante Beny, mi socio,aquí el personaje, un negro, muestra un atisbo de su mundo, su tesoro, quizá lo único que le pertenece: el orgullo de haber estado cerca del Beny Moré. Es como si  levantara con misterio la punta de la hoja de un libro, permite  ver algo y rápidamente tapa de nuevo. Deja deslumbrado, curioso, insatisfecho a su interlocutor de otro mundo, el de los blancos.

Estaban allí otros amigos, pero fue Manolo quien me acompañó como nadie la tarde del entierro de Sarita Gómez. Recuerdo que repetía “¡Qué malo es esto! ¡Qué duro es esto!”, mientras trataba de sostenerme, de consolarme inútilmente. Estábamos juntos y lloramos y nos mojamos cuando en el momento justo en que iban a enterrar a Sara, rompió a llover de manera sorprendente. Un aguacero torrencial y no hubo modo de movernos, nadie lo hubiera hecho. El aguacero era tal, cayó tanta agua en tan poco tiempo, que las calles del cementerio se llenaron y el agua corría por las cunetas, arrastrando la tierra, llegando hasta los tobillos de los que permanecíamos allí de pie. Una despedida de Ochún y de Yemayá, probablemente. En cuanto Sara bajó a la tierra cesó la lluvia tan de repente como había comenzado. Manolo me acompañó. Pedrito Pérez Sarduy me sacó del cementerio  en su carro. En aquel año, yo creo que era el único conocido o de nuestra generación que ya poseía un automóvil.

Luego supe que los amigos que no tenían que ir a recoger niños al círculo infantil, como yo, despidieron a Sara, a nuestra querida Sarita en el apartamento de Manolo Granados en la calle 10 entre 25 y 27, a dos pasos del cementerio y del ICAIC. Se reunieron allí para consolarse, para llorar, para despedirse de ella con ron y con una rumba, con el estribillo “¡Adiós, Sara! ¡Adiós, Sara!”.
 
Manolo adoraba a Amaranta Úrsula, la perra pastora alemana que  por supuesto había llamado así por el personaje de la muy famosa novela  Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. A veces la llevaba a mi casa. Yo le tenía miedo y Manolo tenía que amarrarla con el arreo a la rejita que rodeaba  la escalera de la sala. En su casa,  nos leía fragmentos de sus novelas y cuentos, lo que estaba escribiendo.

Escribía de una manera prolífica en aquella época que no era de computadoras. Novelas que a veces ya les tenía puesto el título y luego decidía fragmentarlas. Cuentos que  llegaban a formar parte de una novela o viceversa. En fin, lo que les pasa a los narradores que tienen mucho que decir. Y él tenía mucho que decir. Leía de una manera muy expresiva, con el mismo entusiasmo y veracidad con que escribía. Ya en esa época le había dado por trabajar directamente en la producción. Trabajaba como obrero en la Industria Ligera. En esta actividad  llegó a obtener logros, a sobrecumplir metas, a destacarse en el trabajo voluntario. Recibió innumerables galardones. Participaba también como machetero voluntario en las Zafras del Pueblo, año tras año. El escritor desatendía, aunque él lo negara tozudamente, la labor también durísima, importante y responsable de escribir libros.  Él quiso identificarse plenamente con esos obreros, con su gente. No comprendía que a él sólo le tocaba escribir, y era bastante. Darles su voz, contar sobre las vidas, expresar  la espiritualidad de esa  ”gente sin historia”, esos obreros, esos negros y negras. Pero no había quien lo convenciera.
 
Si algo hay que reprocharle a Manolo Granados es su entrega desmedida a la vida que él consideró siempre como sinónimo de lucha, de trabajo, y de  identificación plena con su pueblo, con los suyos. Incansable y voluntarioso, de una energía envidiable, este hombre se entregaba a las tareas más disímiles y alejadas de la escritura y después de esas jornadas agotadoras era capaz de sentase a escribir sus cuentos y novelas. Siempre le critiqué que le quitara tiempo a su importante labor de escritor. Escribía con fervor, con sacrificio sin preocuparse del descanso ni aún del sueño. Tal parece que no fue hasta sus últimos años cuando se dedicó de lleno a la literatura. Y aunque nunca lo confesó,  quizá antes había sentido una especie de complejo de culpa. ¿No consideraba la agotadora y responsable labor de escribir como un verdadero trabajo?
   
Años después supe que Manolo se dedicaba a escribir exclusivamente. Sentía la urgencia de consagrarse a lo que él era desde siempre, un escritor y me alegré.  Por aquella época, después de haber dejado de publicar por varios años,  apareció  Expediente de hombre, una novela en la que reconocí muchos de los materiales que había escrito en sus proyectos que conocía en parte. Encontré que había desechado personajes y subtramas. Le había quedado bien, pero era parca no sólo en extensión sino en esos desbordamientos y desafueros que mejor lo caracterizaban desde los tiempos de Adire y el tiempo roto o los relatos de El viento en la casa sol. 
           
Estuvimos un tiempo sin vernos y supe que la muerte de Anaísa, su hija de veintiún años lo había golpeado duramente.
 
Manolo partió a vivir en el extranjero cosa rarísima para mí que sólo lo concebía aquí en su tierra. A pesar de la lejanía algunas llamadas telefónicas lo acercaban. Sonaba el teléfono, “¡Mami, es Manolo!”, me  gritaba alguno de mis hijos y yo le escuchaba como siempre, como si estuviera aquí mismo pero estaba en París. De veras extrañaba a todos los amigos de aquí, extrañaba La Habana, Cuba. De vez en cuando tenía la necesidad de hablarnos, de escribirnos, de comunicarse con nosotros. En algunas cartas me enviaba tarjetas de visita con su nombre, papel timbrado también con su nombre, formalidades que él nunca había tenido consigo mismo. También me decía que trabajaba en computadora y tenía todo lo necesario para escribir, que estaba escribiendo. En aquellas cartas me enviaba noticias de sus viajes a Londres, a Suiza, a Estados Unidos, comparaba a París con la más agresiva Nueva York. Me hablaba de una conferencia en Oxford, ¿o fue en Cambridge? y del viaje a San Agustín de La Florida para asistir a la ceremonia de ordenación de su hijo Ignacio Teodoro como sacerdote católico.  “Va a ser el primer Papa negro”, me escribía. Otras veces nos llegaban noticias por las visitas a Cuba de Dominique Colombani, la compañera de sus últimos años, estudiosa de la cultura cubana y que lo admiró, lo acogió y amó hasta sus últimos momentos. “Manolo está bien, está tranquilo, está escribiendo. Sólo le faltan ustedes, los amigos”. Ella nos contaba cómo Manolo asistía a las clases de francés para extranjeros, no para aprender el idioma, sino para encontrar nuevos amigos, inmigrantes que también hablaban español.

De Manolo me llegaron en aquella época además, fotografías con el pelo muy cano en compañía de amigos que iban de paso por allá. Y una vez un paquete demorado que enviara con alguien con algunos de sus cuentos, lo que estaba escribiendo entonces. No sé si todavía inéditos. Algunos cuentos y una noveleta realmente muy amargos me sorprendieron. Era una literatura cáustica, agresiva. En ellos estaba la vivencia de otras experiencias nuevas para él y la reescritura de lo que llevaba de aquí y que ya evidentemente no veía de igual manera. Había cambiado. En nuestras conversaciones telefónicas, en las fotos, yo casi no lo había percibido. Desde tan lejos y sólo con la evidencia de sus escritos, no podía calcular ni cuánto ni cómo. Pero siempre mencionaba una novela que lo atrapaba y que llevaba de aquí y estaba terminando allá. Sólo me había leído fragmentos años antes. Ahora, que la terminó, aunque permanece inédita, los que la conocen declaran que es un proyecto ambicioso y logrado, obra de madurez, El corredor de los vientos.

Cuando conocí la muerte de Manolo, me pareció un hecho irreparable por la pérdida, pero lo que más me consternó fue saber que ya no regresaría. Nunca había pensado en su muerte, sino en el regreso del que estaba completamente segura. 

Igual que no le imaginaba tan lejos, sino de paso, tampoco me convenzo de que pueda descansar allí. Descansar no puede, me imagino, en el cementerio de Père Lachaise, ni siquiera porque sé que aquel es el lugar postrero de tantas celebridades. Pero Manolo debe estar moviéndose por todas partes, escribiendo aún incansablemente o paseando por las calles que él amaba aunque en Père Lachaise estén Julio Cortázar, el gran escritor argentino que en su momento apostó por el talento de Manolo y Alejandro Dumas, el fabuloso mulato con su melena fantástica y seguramente otros cubanos  de diferentes épocas, a los que la muerte les impidió el regreso como a él mismo y la tumba perdida por muchos años y encontrada del violinista cubano José White.

Tengo la esperanza de que en algún lugar que adivino quizá sea aquí mismo, a mi lado, en este momento en que escribo, él esté sonriendo o riendo como sólo sabía hacerlo y le hayan  conmovido los recuerdos de  esa entrañable amistad entre nosotros.