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Cien poetas

REINA MARÍA RODRÍGUEZ
(1953)

La variedad formal y de contenidos caracteriza su obra, que ha evolucionado desde un conversacionalismo intimista, de entorno filial, a un sentido global de la experimentación de la palabra y sus asociaciones, desde el verso libre hasta la prosa lírica. Es una de las voces más destacadas de la poesía cubana de los finales del siglo XX y principios del XXI, con numerosos premios en su haber. Véase el poema “Violet Island”.


Obra referencial: Rodríguez, Reina María : En la arena de Padua, Ediciones Unión, La Habana, 1992.


 

VIOLET ISLAND

Yo conocí a cierto hombre, un hombre extraño.
cuidaba cada día y cada noche la luz de su faro,
un faro en la medianía que no indicaba mucho,
un faro pequeño para embarcaciones de poco nivel
y oscuros pueblos de pescadores. allí, en su isla
él intercambiaba con su faro las sensaciones
esperando cada día, cada noche, esa otra luz
que no vigila la persecusión de algún objeto,
esa otra luz que no ilumina nada,
otra luz reflexiva, que cruza hacia adentro,
la distancia entre el puerto seguro del sitio
y el ojo que mira volver, por encima y transparente,
la ilusión provisional que se eterniza:
esa curva del ser tendido junto al faro
sin precaución ni límite, para ser o tener
lo que imperfectamente somos, nada más,
que soñar lo que sueñe y estar donde está
sobre las quietas aguas y apagarlo todo en el cuadro
de un día y ser nuevo otra vez hacia la madrugada
junto al faro pequeño y perdido de Aspinwoll,
sin siquiera imaginar que existe algún deseo
fuera de desear la breve luz que cae, anocheciendo,
sobre las quietas aguas y los sonidos muertos ya
de aquellas olas, que en otro tiempo, fueron su pasión;
su dolor, de gozar y sufrir, un refugio sincero.
como el guardafaros de Aspinwoll, sólo en su faro,
yo me quedo dormida, a pesar de la intensa luz que cae
y sobresale por encima del tiempo, a pesar de la lluvia
golpeando el espejo de los peces blancos,
a pesar de aquella luz espiritual que era su alma,
yo me quedé dormida entre el puerto y la luz,
sin comprender: quería, sólo quería un tiempo más
para volver aprendiendo, no sobre la resaca de la conmiseración
donde atan su mástil los desesperados;
no la fortuna auténtica de vivir sin saber, sin darse cuenta;
no la luz provisional que se eterniza y finge lo que seremos
o el miedo de poseer la realidad opaca, intrascendente.
yo quería la vida sólo por el placer de morir, sobre las quietas aguas,
junto a los peces blancos y estaba impaciente
porque sucediera todavía la reedición de mi inconsciente
para que alguien hallara allí lo no tocado, la otra voz,
no de este ser intermediario, un cuerpo para medir las grietas
bajas; un cuerpo para la violación de un yo impracticable:
yo me quedé dormida, inconsecuente, en la imaginación
de ese otro en la distancia, suficientemente avanzada
para tener iluminación propia en Aspinwoll, pero fracasada
también, oscurecida, como el guardafaros sobre las quietas aguas
de lo que imperfectamente somos, en la medianía
de un faro que no indicaba mucho, a través de la lluvia cálida y real de lo imposible.

soy Fela, no te conozco. este cuerpo con que vendré no es mío
la aparición será otra cosa: como despeñarse, una avería,
un silencio.
y si pierdo? o si gano? o si atravieso el foso vertical?

me acerco a los animales como únicos sobrevivientes
maravillados con el ocio de la luz
y estos pastos vacíos que atravieso con horror
y llamándolos, me acerco, a dónde van, a dónde van todos?
buscando donde asir lo que hubo de cierto
y sin espejismos del desastre de ser como únicos sobrevivientes
del faro en su vértigo tal vez los haga comprender mi intención
de contar todavía alguna sombra, alguna luz.
no quiero domesticar a nadie más.
que ellos penetren con su sabiduría en mis voces
y se acerquen sin ser, sin pedir, sin darse cuenta
pero conociendo desde el doblado ojo enrojecido, otro lenguaje,
otra profundidad que no marque lo seguro, ningún término,
ninguna valentía, sólo estar donde estamos y posarnos
como inteligencias diferentes en la sensación, prestándonos
dolor, angustia, alguna llama estable.

y ahora dime… gime al oído
fue una ciudad con puerto.
los nombres de sus barcos profundos
anclaron alguna vez aquí.
nombres raros con esmaltes muy fuertes
y encendidos.
estábamos rodeados de horizontes y de agua,
porque los puertos permiten olvidar y recibir
olvidar y volver.
fue una ciudad con puerto
donde ya no se ha ido ni ha vuelto nadie más.
una niebla permanente cubre la tela del fondo
todavía azul y humedecida del invierno
y el descolorido ondear de las banderas
agujereadas por las sombra.
si bien antes fue un límite
cuando salías a mirarlo y correr
ahora es sólo la apariencia de un límite
el sonido de las sirenas muertas
que ya no suenan a través de ti
ni se confunden ni te llaman.
pero en dónde está el puerto?
¿y los barcos?
¿y el faro?
¿y los hombros de los marineros convidándote
a otros puertos oscuros?



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