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Cien poetas
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El abuso de las peculiaridades y del no negable facilismo versal de las dos corrientes, trajo un grupo de epígonos a los que se les llamó de "mal gusto", para contraponerlos a la corriente denominada "reacción del buen gusto", que adviene con la segunda generación romántica. Sin embargo, visto desde el proceso identitario cubano manifestado en la poesía, el mal gusto consiste en catalogar así a poetas y obras que en verdad están en la base de la formación de la nacionalidad y que, por otra parte, cumplen una etapa "externizadora" muy importante por razones obvias en el desarrollo de la poesía cubana. De la obra de dos poetas excelentes: Juan Clemente Zenea y Luisa Pérez de Zambrana, lo esencial no consiste en subrayar en ellos un "buen gusto", que es otra manera de expresar la cubanía, esta vez mediante una poesía que alcanza mejores calidades literarias. A mi juicio esa esencialidad debería de identificarse con el carácter elegíaco de la mejor parte de sus respectivas obras líricas.
Cuando adviene la llamada generación del Modernismo, ya existe una tradición poética cubana incluso con hitos en su desarrollo. A las puertas de su centenario, más bien faltaba el grado de universalidad que se alcanzó brillantemente, con José Martí.
En la poesía martiana no desaparece el canto a la naturaleza insular, si bien sus mejores páginas al respecto están en el Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos. Pero en Martí esta como otras líneas temáticas ya tradicionales, trascienden por el grado artístico, la elevada intensidad poética y el sentido universalista que poseen.

Las influencias foráneas, sobre todo francesas, vinieron a reunirse en otro poeta esencial: Julián del Casal. Una de las ganancias más notables que la poesía cubana obtiene con su obra, consiste en la elaboración intelectiva, artística, de la palabra como arte, no exenta de emociones, de tragicidad, de visión de la muerte.
Es natural que las muertes de Martí y de Casal ensombrecieran a la poesía de Cuba; pero no hubo un estancamiento sino un lapso transicional, si bien tampoco ella alcanzaba por entonces a las cumbres de la lírica española e hispanoamericana. Pero es demostrable que hubo desarrollo. El momento de Regino E. Boti, de Agustín Acosta y de José Manuel Poveda, tampoco fue de ellos solos, aunque en el primero y el último se concentró la más fuerte reacción llamada "postmodernista", con término discutible. Valga repetir que una tradición no se forja sólo de cimas.
El fuerte impulso que alcanzó la poesía tras la eclosión de las vanguardias artísticas y literarias europeas, también influyó en Cuba, donde apareció el llamado "vanguardismo" cubano en la segunda mitad de los años veinte, desigual en su proyección a los ismos, pero impulsor de una renovación más radical que las antes acaecidas. En verdad se estaban manifestando corrientes diversas, que se resumen en tres direcciones centrales: la poesía negra, la social y la pura. Ya se sabe que el "negrismo" llegó a ser una "moda" europea y que alcanzó a expresar asuntos esenciales de la conformación cultural caribeña; la corriente de la poesía negra, mulata o afrocubana, tuvo notable auge en la década de 1930, tras los aportes básicos de Nicolás Guillén, Emilio Ballagas, Ramón Guirao y otros muchos poetas. Una de sus características decisivas en la evolución de la poesía cubana, fue darle voz (desde su identidad) al negro y al mulato, importante sector poblacional. Nicolás Guillén descubrió la poesía del son; su grandeza como poeta, entre otros elementos, consistió en develar la poesía de lo que hasta entonces se tenía como intranscendente, superficial o apoético.

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