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Cien poetas

PABLO ARMANDO FERNÁNDEZ
(1930)

El poeta ha mantenido un juego constante con la palabra, que ha sido su protagonista en las novelas de inclinaciones líricas o en los poemas con intereses narrativos. Fue uno de los primeros miembros de la Generación del Cincuenta en adoptar el tono conversacional, al que se ha mantenido fiel a lo largo de su obra, incluso en los momentos de mayor introspección. Pero Pablo Armando Fernández no es un poeta introspectivo, se afinca en la circunstancia, toma sus temas de la vida cotidiana, de la historia reciente y de la familia, en cuya temática pueden inscribirse algunos de sus mejores poemas, como "Lo sé de cierto porque lo tengo visto" y "El poeta en los días de su padre". Véase el poema “Aprendiendo a morir”.


Obra referencial: Fernández, Pablo Armando: El sueño, la razón, Ediciones Unión, La Habana, 1988
.


 

APRENDIENDO A MORIR

Mientras duermen mi mujer y mis hijos
y la casa descansa del ajetreo familiar,
me levanto y reanimo los espacios tranquilos.
Hago como si ellos -mis hijos, mi mujer-
estuvieran despiertos, activos
en la propia gestión que les ocupa el día.
Voy insomne (o sonámbulo) llamándoles, hablándoles:
pero nadie responde, nadie me ve.
Llego hasta donde está la menor de mis niñas:
ella habla a sus muñecas no repara en mi voz.
El varón entra, suelta su cartapacio de escolar,
de los bolsillos saca su botín:
las artimañas de un prestidigitador.
Quisiera compartir su arte y su tesoro,
quisiera ser con él. Sigue de largo:
no repara en mi gesto ni en mi voz.
¿A quién acudo? Mis otras hijas ¿dónde están?
Ando por casa jugando a que me encuentren:
¡Aquí estoy!
Pero nadie responde, nadie me ve.
Mis hijas en sus mundos siguen otro compás.
¿Dónde se habrá metido mi mujer?
En la cocina la oigo: el agua corre,
huele a hojas de cilantro y de laurel.
Está de espalda. Miro su melena,
su cuello joven: ella vivirá...
Quiero acercármele pero no me atrevo
-Huele a guiso, a pastel recién horneado-:
¿y si al volver los ojos no me ve?
Como un actor que olvida de repente
su papel en la escena,
desesperado grito:
¡Aquí estoy!
Pero nadie responde, nadie me ve
Hasta que llegue el día y con su luz
termine mi ejercicio de aprender a morir.


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