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Cien poetas

FAYAD JAMÍS
(1930-1988)

La poesía de Fayad Jamís evolucionó desde un neorromanticismo inicial, un posterior acercamiento al Grupo Orígenes y ganancias del surrealismo, hacia un coloquialismo a veces radical, en el que el poema participa de elementos épicos. Con ello, ha hecho aportes de mucho interés a la evolución de la poesía cubana. Su excelente poema "Cuerpo del delfín" se acerca más al entorno origenista. Se recuerda en su obra poemas como "Auschwitz no fue el jardín de mi infancia" o la "Breve historia de Cuba", en los que no hace gala de parquedad de palabras, pero sí de exactitud en su mensaje, casi siempre en diálogo entre el poeta y la historia. Jamís fue asimismo un pintor reconocido.


Obra referencial: Jamís, Fayad: La pedrada, selección poética (1951-1973), prólogo de Víctor Casaus, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1985
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CUERPO DEL DELFÍN

A José Lezama Lima

En el palacio de la memoria, en el humo del cuerpo,
una palpitación extraña, un remoto aleteo:
la sombra roja de un delfín entra suavemente.
¿Qué importa la marca del arpón?
¿Qué importa si el nombre del barco es "Little Fish" o "Cheval"?
¿Qué importa el rostro encendido del arponero?
¿Qué importa un delfín muriéndose en la memoria?
Nada. Un delfín muerto no importa nada, lo mismo que una hormiga.
El delfín y la hormiga son realmente dos monstruos, pero no importan nada.
Sin embargo, yo veo ahora un muro y escucho una ciudad;
y ahora veo una ciudad y escucho un muro.
Y pienso que sí importa la muerte de un delfín, porque su aleteo
es cada vez menos remoto en mi memoria.
Pero el delfín no acaba de morir y yo siento que me pierdo
y que mi pérdida es menos bella y menos perceptible que la muerte de una hormiga.
En el jadeo de las aguas, en la incesante eclosión de las verdosas aguas,
¿qué cuerpo es más durable que la espuma?
¿qué arrecife salta más arriba que la espuma?
¿qué templo es más inmóvil que el templo de la espuma?
La ciudad está aquí, el mar está aquí,
tú y yo estamos aquí, entre el mar y la ciudad,
miedoso del mar y la ciudad,
amando el mar y la ciudad,
y olvidando el mar y la ciudad por temernos y amarnos y olvidarnos a nosotros mismos.
¿Me oyes?, ¿me conoces?, ¿estás viva?
Mi cuerpo vacío habla para un cuerpo vacío.
Yo soy un caracol, una piedra, un simple cuerpo vacío que habla sobre el muro,
para otro cuerpo vacío que duerme sobre el muro.
Y las olas estrellándose, y la noche estrellándose,
¿qué son sino brillos deshabitados, hielo y sal sobre el muro?
Oh, cuerpo de mi cuerpo, qué lejos, imposible, la roca, henchida de la espuma,
el opulento, inmortal, blanco muro.

Un ave transparente, gimiendo, allá arriba construye un nuevo mar,
entre la vieja ciudad y el viejo mar,
encima de nuestros cuerpos y del muro.
En el pequeño mar, ¿no habrá hundimientos?,
¿no habrá delfines?
Hay el hermoso templo de la espuma, que dorándose
transfigura tu rostro, oh cuerpo de mi cuerpo.
¿Qué cosa hay más hermosa que una niña de vidrio,
inmóvil, distraída, callada bajo un velo de oro,
bajo el ave transparente de la eternidad?
En el pequeño mar un áureo delfín juega,
su música mueve tus cabellos;
(yo no recuerdo nada, no espero nada:
sueño de siglo en siglo mientras tu sombra brilla y reposa sobre el muro.)
En tu inmovilidad eres más áurea y giras con más gracia que el delfín allá en lo alto.
Despierta, entre los dos ha venido a posarse el ave transparente.
¿Qué busca?
Nosotros somos simplemente dos cuerpos vacíos que sueñan sobre el muro.
¿Habrá venido para construir otro mar entre tu sueño y mi sueño?
Mira: desaparece; su cristal se quiebra mientras tú parpadeas.
¿Adónde el ave de cristal, adónde el ave de eternidad?
Escucha, niña mía, cuerpo mío: nos llaman;
de la ciudad nos llaman, de las aguas nos llaman:
nuestros nombres, ¿serán destruidos?
nuestros cuerpos, ¿serán destruidos?
Como el ave me miras, como la eternidad al lado mío fulguras.
Oh, mi niña, mi cuerpo, mi ave transparente,
¿quién enciende nuestros nombres en la ciudad y en las aguas?
Yo siento que me gasto, que mi sombra se quiebra, que olvido.

Ruidos que no hace el viento, nosotros que ni el mar ni la memoria crean.
Todo queda muy cerca;
los barcos no se borran, las torres de la ciudad se reducen
como una llovizna, como un polvo soplado por destrucciones.
Y la noche y las aguas estrellándose,
y mis sueños estrellándose.
Oh, memoria, ¿por qué le abres al monstruo tu palacio?
Yo no sé lanzar el arpón, ni tengo arpón,
ni quiero que el velo rojizo de la muerte cubra ningún cuerpo.
¿Y huir?, ¿huir?, ¿huir?
Oh, en el tiempo no se huye, no queda ninguna chispa lejos de este humo.

Nadie está más allá ni más acá del centro.
El mismo temblor que platea las aguas llena mi memoria
y funde mi cuerpo con el viento y con el muro.
Si el moribundo delfín conquistara su muerte,
si el ardiente delfín escamara de pronto,
¿por cuántos años olvidaría sus ojos más grandes y mis ojos?
Pero la muerte duerme y el herido delfín y yo nos contemplamos resignadamente.
Oh, cuerpo mío, niña mía, oh ave,
¿qué soy sino tu sombra mecida y coloreada por la sangre?
Para tu luz inmóvil, ¿qué es ayer, qué mañana?
¿Miras? Ni la nube ni el barco se deslizan,
ni la nube ni el barco sumergen sus cenicientos vientres.
Ave mía, ¿me miras?
Yo soy un árbol rojo sobre el muro.
Allí la fría ciudad, allí las frías aguas; y entre la fría ciudad y las frías aguas,
entre los días y los días,
tu dorado cristal, tu sueño inmóvil, tu silencio.
Y mi cuerpo de árbol, mi crujido de árbol, mi paciencia de árbol, frente a tu hielo.
Pero tú no me oyes, y yo quiero dormir:
quiero soñar que un furioso delfín rompe de pronto tu sueño, eternidad.



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