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Cien poetas
ÁNGEL AUGIER
(1910)

Aunque su obra se ha inclinado considerablemente hacia lo social, reflejo de su militancia política, Augier es también un poeta capaz de recrearse en la subjetividad, en la esfera de lo íntimo, pero sin barroquismo, introspección o metafísica. No es extraño que pronto diera con un lenguaje conversacional más típico de la generación poética que le sigue, porque su interés por lo externo inmediato es mucho más fuerte que su proyección llamémosle trascendente del hecho poético. En Isla en el tacto (1965) encontró la madurez y su mejor realización como poeta; aunque todo el libro debe ser considerado como un largo poema, las primeras cinco partes conforman un texto unitario del mejor aliento de la oda patria, que ya vimos desarrollarse felizmente en el siglo XIX, y de cuya tradición Augier es continuador. Ha sido un activo crítico literario y animador de revistas.


Obra referencial: Augier, Ángel: Poesía. 1928-1978, Ediciones Unión, La Habana, 1980
.



 

ISLA EN EL TACTO


I

Cosida al mar y al viento por puntuadas olas
a puro sol prendida,
tu perfil, isla mía, tu contorno en el agua
con tu constante litoral dibujas
revuelto hacia la luz y hacia la espuma,
hacia el húmedo mundo clamoroso
donde pierden la tierra y el árbol sus fronteras,
donde encuentra el azul su razón en los mapas
y se disuelve en sal la geografía.


II

Soledad por tu sol y por tu ola:
isla sola: sol y ola
confundidos ciñendo, acariciándote
la piel mulata de la costa,
la femenina piel, fragante de tabaco,
y la piel de la playa,
cálida y temblorosa con su arena de azúcar.


III

En ti misma comienza y se reanuda
la línea en movimiento de tus bordes inmóviles,
ese voluptuoso
límite que recorre tu dimensión exacta
y aprieta con su júbilo
tu verde desnudez estremecida.
En ti nace y renace,
ondulante rodeando tu náutica estructura,
esa inundada sombra flotadora,
esa flotante sombra sumergida
que marca tu presencia
en el sitio preciso donde el agua
seca las vestiduras de su viaje marítimo
y se detiene el aire para lavar su túnica.


IV

Isla mía, resonante,
naviera y vegetal a la deriva.
Cañaveral velamen
extendido de líquida, musical transparencia.
Sonora y descubierta caracola
de sol y mar y viento traspasada.
Palmar de verdes puntas de sonidos
del aire dueño y de la enredadera.
Amo y recorro al tacto
tu ámbito circundado de acústica intemperie,
tu ámbito en que despliega
la luz de su canción el oleaje.
Ola en la luz, luz rota en la ola:
Ola, ala de sal que interminable vuela en tu cielo terrestre;
luz, ala de sol que cubre tu dimensión celeste.
Ola y luz en una única canción
que sin cesar afila su fragancia
en los clamores de los arrecifes.


V

Desde todos sus pétalos la rosa de los vientos
desde todas sus hojas
olas de verdeazul lanza cada segundo
sobre tu acantilado relieve de desnuda
y abierta geometría.
Desde qué edad remota, desde qué día sin año,
isla mía sonora,
ya en su oficio sin pausa lanza la rosa insomne
olas prefabricadas, en serie, arquitectónicas,
con sus crestas perfectas, con su lote de espumas,
con su rumor secreto de amante silencioso,
con su clamor de enfurecido amante,
con su caricia apenas insinuada,
con su látigo sordo, su lenta cuchillada, su constante golpear,
ese ceñir sin tregua con sus líquidas manos,
con sus dedos de espumas
la extensión que se alarga, se cierra, se despliega,
la extensión que está anclada
en su firme frontera submarina,
esa incansable, ciega, salvaje, tierna, dominante costumbre
de no cesar de no cesar de no cesar
en el ardiente ceñir de tu collar de olas.

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